La verdad sobre el comienzo

YOGUI: Los Orígenes de los Canes. La Verdad Sobre el Comienzo

En nuestra última entrega, Yogui ha encontrado de nuevo a Balto, el perro que le salvó la vida, y ambos se ponen en camino, para descubrir los Orígenes de los Canes. Pero, yo, Yogui, he decidido encontrar a mis verdaderos padres. ¿Qué será lo que nos aguarda a mi colega y a mí? Desde luego, no lo que esperamos.

VI)La Verdad Sobre el Comienzo

Bocinas, claxons e intermitentes se oían por todas partes. Y a personas que gritaban:

-¡Eh, me toca a mí, mendrugo! ¡Aparta de mi camino!

-¡Que tengo prisa! ¡Llevo esperando aquí una hora!

-¿Cómo que doce euros? ¿Me está usted tomando el pelo? ¡Esto es un timo!

Yo estaba asustado con tanto griterío y alboroto.

-¿Por qué quieres venir a este lugar, Balto?

-Mira, a vista de que no estamos seguros de dónde está Murias y a pesar de todos nuestros esfuerzos por conseguir un mapa, no lo hemos encontrado. Lo mejor es recurrir a un lugar como éste.

-¿Por qué, Balto? -me cuestioné.

-Porque aquí, en estos lugares llamados “gasolineras” vienen muchísimos coches para cargar fuerzas de energía para seguir adelante. No importa que no entiendas que quiere decir “fuerzas de energía”. Pero, buscaremos un camión, que lleve una carga hasta Murias, y nos meteremos dentro.

-Ohhh…-dije yo sin entender mucho-Pero, ¿cómo sabrás que camión va a Murias?

-Porque soy adivinó-contestó Balto riéndose.

Aunque yo no compartí su risa; ser adivino es una cosa muy seria…

-Yogui, ¿querrías traerme una piedra? -dijo Balto muy estricto.

-¡Claro, Balto! Aunque no sé para que necesitas una piedra -contesté extrañado.

Mientras yo buscaba una bonita piedra, Balto fue mirando camión tras camión, hasta que al fin vio uno que le interesó. Un hombre gordo y forzudo hablaba desde la ventanilla del camión con el hombre que le cargaba esas “fuerzas de energía” mediante un tubo largo y grueso. Fue Balto el que me lo explicó ya que yo no estaba presente, y no me dijo todo exacto, pero me dijo que la conversación entre el hombre gordo y el del tubo largo y grueso era algo así:

-¡Dése prisa, hombre! Necesito llegar cuánto antes a la mina para cargar el carbón.

-No se preocupe, enseguida termino, señor. ¿Hacia que mina se encamina?

-Voy hacia “La Carbonerina”, la mina de Murias.

-Genial… ¡Oh, mire, señor! ¡Ya está! ¡Ya tiene suficiente gasolina! ¡Ya puede irse!

– De acuerdo… Gracias por el servicio, aunque hayan sido un poco pesados -dijo el camionero por último mientras intentaba alejarse, a pesar de que el hombre del tubo le advertía y le gritaba que se olvidaba de pagar.

Balto tampoco podía hacer nada para detenerlo.

Por suerte, llegué yo, una vez más, para curar la situación, con la piedra que Balto me había encargado. Y mira que había tardado porque había estado buscando la piedra más guapa de todas para mi amigo Balto, y además, era tan grande que la arrastraba a duras penas.

Pero, Balto, al verme, me arrebató la piedra, sin ni siquiera darme las gracias por esforzarme tanto en buscar, y con la boca, se la lanzó al camión antes de que hubiese salido siquiera de la gasolinera.

-¡Ahora es nuestra oportunidad! -dijo Balto, y se escondió bajo el camión.

El camionero se bajó del camión muy enfadado y acusó al hombre de la gasolinera de haberle lanzado una piedra a su camión. El hombre lo negó y ambos comenzaron a discutir.

Balto se dio cuenta de que la puerta del compartimento del camión no estaba abierta, por lo tanto no podríamos entrar. Así que tuvimos que esperar dos minutos a que la situación se calmase, cuando el hombre de la gasolinera exclamó que a él le había parecido que el ruido provenía del compartimento del camión.

El camionero se encaminó hacia él, y abrió las puertas. Miró a un lado y a otro y no vio nada. En un despiste del camionero, Balto dijo “Esta es la nuestra” y se metió dentro del camión, justo antes de que el camionero cerrase las puertas. Éste miró enfadado al hombre de la gasolinera y le pegó una torta. Acto seguido, se fue conduciendo en camión. Y, para quienes se lo pregunten, no, no llegó a pagar.

El viaje se me hizo, al menos a mí, bastante pesado y largo. Intentaba dormir, pero no podía. El camión pegaba demasiados meneones.

De repente, Balto me susurró al oído:

-Ya debemos haber llegado a Murias. Tenemos que bajarnos ya. No podemos ir hasta la mina.

-¿Y cómo podremos bajar ahora, Balto? -pregunté, entendiendo el peligro que suponía llegar hasta la mina y que todos los bipes que allí hubiera nos acorralarán.

-Tú solo escucha y tápate los oídos como puedas -me dijo. Se quedó callado un instante, y después tomó aire.

De repente, pegó un aullido tan grande y desgarrador que me pareció que el suelo temblaba y el cielo se nos iba a caer encima.

Entonces, notamos un violento frenazo, y oímos los gritos del camionero mientras bajaba de la cabina, gritando “¡¿Pero qué?!”

Unos segundos después, abrió las puertas del almacén del camión, pero solo le dio tiempo a exclamar “¡¿Qué demonios?!” y ver como Balto y yo salíamos más rápido que canta un gallo y escapábamos corriendo de las garras de aquel colosal hombre.

Llevábamos una hora recorriendo el lugar sin ver a nadie, ni siquiera un alma, hasta que, de repente, Balto me dijo:

-Huelo algo. Ven, por aquí. -y echo a correr.

Yo le seguí como pude.

De pronto, Balto se detuvo, para mi alegría, y me murmuró:

-¿Ves allí? Allí hay un animal. -Era un zorro. Parecía comer algo. Pero, de repente, pareció oírnos, pues puso las orejas para atrás, y comenzó a correr patas en polvorosa con su presa.

-¡Espera, Amigo Zorro! ¡No te vayas! ¡No queremos hacerte daño! ¡Queremos pedirte ayuda! ¡Estamos perdidos! -exclamó Balto.

El zorro paró en seco, e inmediatamente dijo:

-¿Código Animal?

Balto puso una pata en el corazón y dijo seriamente:

-“Todos somos iguales, nacimos iguales, vivimos iguales, y un día seremos parte de la naturaleza. Igual que tú, hermano”.

El Código Animal, según he aprendido en mi Gran Aventura, es una especie de frase de paz y juramento entre los animales callejeros, que utilizan para relacionarse entre ellos en son de paz, cuando sus intenciones son pacíficas. El Código Animal te hace jurar por el Señor de los Huesos, por lo que has de cumplir tu promesa. Pero volviendo a nuestra historia…

Después de recitar el juramento con la pata en el corazón, Balto, habló así al zorro.

-Hermano Zorro, baja de ese árbol, por favor, hemos de hablar contigo.

– Vaya, vaya… Con que una pareja de perros de ciudad perdidos en el pueblo, ¿eh…? -dijo con una maliciosa sonrisa.

-Necesitamos saber dónde estamos -le dije yo al zorro.

-Pues, en Murias, claro -el zorro rió.

-Trátale de Hermano Zorro -me dijo Balto en voz baja -Hay que respetar el Código Animal -Que, por entonces, yo no sabía lo que era.

Balto subió la vista, y volvió a dirigirse al Zorro.

-Hermano Zorro, ¿conoce la casa donde habitan los padres de mi acompañante? Según me ha contado, su padre es de un gran parecido a él.

-Por favor. -dijo el zorro con su habitual sonrisa maliciosa -Llámame Don Raposu Arteru de Arredrayáu. -y tendió una pata a Balto.

Pero Balto, por el contrario le miró, y dijo:

-¿Cómo…? ¿Don Raposu de qué…? -dijo Balto hecho un lío -Preferiría llamarle Hermano Zorro.

-Como gustes -dijo Don Raposu secamente mientras encogía la pata que antes había estirado y se la lamía.

-Bueno -dijo Balto empezando a cansarse-¿sabes dónde podemos encontrar a sus padres-y me miró a mí.

Don Raposu Arteru de Arredrayáu, se quedó silenciosamente mirándome un momento. Después exclamó:

-Vaya, vaya. Creo que sí sé dónde están tus padres. Tú eres el hijo de Truhán y Perla. El aspecto de los Truhán es fácilmente distinguible ja ja. Sobre todo por esa pata torcida -dijo con su habitual sonrisa maliciosa burlándose de mí. Después se calmó y prosiguió -Aún recuerdo cuando os regalaron a todos. Aquel día Truhán estaba de muy mal humor.

-¿Estaba triste porque nos llevaban lejos? -pregunté nostálgico.

-Triste, triste, lo que se dice triste no. Pero sí hecho una furia. No había visto ser más enfadado en toda mi vida. Bueno, lo dicho. Resulta que precisamente vengo de esa casa de conseguir este jugoso pollo. –y pegó un mordisco a aquella presa que llevaba en la boca -Veréis, desde el día en que os separaron de vuestros padres, Truhán no ha hecho más que buscaros desesperadamente. Me contrató a mí, de hecho -y se señaló con el dedo índice muy orgulloso de si mismo -para rastrear toda la zona hasta encontrar a sus hijos, a cambio de un pollo diario si cumplía mi trabajo. Tiene especial predilección por uno llamado Yocki. -y puso la cabeza en alto, muy altivo.

– ¡Yogui! -dije yo emocionado -¡Se acuerdan de mí! ¿Lo has oído, Balto? ¡Se acuerdan de mí! ¡Me quieren! -ahora ya comenzaba a sentirme como algo más que un paticorto.

-¿Dónde viven? -preguntó Balto.

-Es fácil. ¿Ves esa senda de baldosas amarillas…? Como en el Mago de Fox jo jo. Síguela hasta que la senda se divida en dos caminos. Entonces párate. A la izquierda, está la casa de los Truhán. Es muy fácil, y el camino es muy corto. No tiene pérdida. -Después me miró a mí y dijo -Así que tu eres el famoso Yocki. Bueno…, tu padre se pondrá muy contento de verte, ¿eh…? -y me sonrió de nuevo maliciosamente. Después murmuró por lo bajo – Aunque a mí se me acabó el chollo de los pollos -Volvió a subir el tono de voz -Pero, bueno, decidle a Truhán de mi parte que mañana, ración especial, ¿eh? Por encontraros, que de no ser por mí… Doce pollos, ¿eh, que os parece?¡Pero, que digo, veinte!¿Se lo diréis?

-¡Claro que sí, Señor Zorro! -le dije yo tan alegre…

-De acuerdo, ¡Ciao! -fue lo último que le oí decir al zorro antes de que él se adentrara en la maleza y yo me alejase…

Balto y yo nos encontrábamos junto a una gran pero destartalada casa de campo. La casa era de madera, y se le veían varios agujeros en el tejado. Alrededor de ella, toda clase de animales del ganado se paseaban comiendo hierba y paja. Pero, para entrar a la granja, había una verja. Sin embargo, esta puerta era de madera, y estaba rota, con lo cual Balto y yo pasamos sin problemas.

Los animales que por allí había, ni siquiera nos vieron pasar. Todos pasaban enfrente de nosotros como si nada especial ocurriese. Una vez que llegamos hasta la casa, Balto empujó la puerta suavemente, después de picar con la pezuña y ver que nadie contestaba.

Al entrar, ¡nos encontramos con otra granja, pero metida dentro de la casa! Las gallinas correteaban, desplumadas, de aquí para allá, las ovejas, se acomodaban en los sucísimos sofás de la casa, que estaban a medio romper. Los gatos, se subían a las ventanas y se balanceaban en las cortinas, arañándolas y rasgándolas. Estos últimos, parecían buenos, pues estaban acostumbrados a la presencia de perros, y, como los demás, ni siquiera se inmutaron al vernos. Veíamos toda clase de animales y seres vivos, menos a humanos, y, lo más importante: mis padres perros.

Así que, cruzamos hasta la cocina, en dónde estaba lleno de cacharros sucios y desordenados. Pero, allí, por fin había alguien de mi especie. Ví, una preciosa perrita pequinés, más o menos de mi tamaño, que miraba triste y melancólica hacia la ventana.

Me aproximé a ella, y suavemente, dije:

-¿Mamá?

Ella se dio la vuelta para mirarme, y se quedó callada unos instantes. Parecía sorprendida. Después, dijo con un hilo de voz:

-¿Yogui?

-¡Sí, soy yo! -exclamé.

Pero, ella no contestó se limitó a levantarse y decir: “Seguidme. Tú también”, dirigiéndose a Balto.

Yo le seguía mientras le preocupaba preocupado:

-¡Mamá, mamá! ¿Qué te ocurre? ¡Soy tu hijo, Yogui!

Ella volvió a cruzar el hall de entrada, y salió de la casa. Pero, en vez de seguir adelante y sacarnos fuera de la granja, nos llevó hasta el establo, diciéndonos:

-¡Rápido, escondeos ahí! ¡Yo entro detrás!

Balto obedeció, y yo le seguí, pues. Después, entro ella, como había prometido.

Fue Balto el que tuvo las palabras siguientes. Y dijo muy enfadado:

-¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué después de más de tres años sin verle, es así como saludas a tu hijo?!

Mi supuesta madre solo suspiró:

-¿Qué tal, Yogui, hijo? -dijo con voz ahogada.

Balto no parecía satisfecho con eso. Por eso mi supuesta madre volvió a hablar:

-¡Claro que no! ¡Ojalá hubiese podido ser… una madre corriente, como todas las demás! Criando a mis hijos, y… -su voz se apagó.

De haber podido un perro llorar con facilidad, mi madre hubiese llorado más que ningún ser humano.

Ella consiguió tomar fuerzas para continuar:

-Mi marido está loco. Loco por el poder, loco por la ambición, loco por ser el más malvado. Año tras año, me obligaba a tener con él una camada de cachorros, y después los mataba.

Yo me había quedado asombrado. Balto gritó:

-¡¿Por qué?! ¿Cómo podemos saber que dices la verdad, y que tiene que ver eso con lo que te he preguntado?

-¿Conocéis la Leyenda?-dijo ella.

-¿Del Hueso? -pregunté yo, y ella asintió con la cabeza -Pero… ¿Eso quiere decir que lo soy? ¿Soy el descendiente del Perro de la Pata Torcida? -a pesar de todo lo que había dicho antes mi madre, por lo que habría suficientes motivos para llorar, yo me quedé cautivado con la noticia de que yo era el descendiente del Señor de los Huesos…

-Hijo mío -dijo ella -Es por eso que debieras estar más preocupado que feliz… Cuando tú naciste, mi marido, Truhán, efectuó el habitual ritual para saber quién era el Elegido para poder obtener el Hueso, y controlar el Mundo Animal. Como sabréis, el descendiente habrá de tener una Pata Torcida, pero no una torcedura cualquiera, tan torcida, como el Señor de los Huesos. Aquel al que al romperle la pata, no emita un alarido de dolor, y no le restallen los huesos rotos, será el Elegido. Al efectuar el ritual, tú, hijo mío, no te quejaste, y Truhán descubrió que eras el que buscaba. Así que, decidió secuestrarte, y obligarte a llevarle hasta donde está el Hueso, pues se dice que los Elegidos tienen un instinto que les lleva hasta él, a cambio de no matarte… Tú habrías de darle el Hueso, pues eres el único que lo puede sacar, de dónde está introducido. Así, conseguiría tenerlo en sus patas, y dominar el Mundo Animal.

Pero yo no podía permitir que te hiciese daño, mi niño, ni a ti, ni al resto de mis hijos supervivientes. Esta vez no. Así que, antes de que se escapase contigo, ideé un plan. Me hice pasar por agobiada y estresada por culpa de mis hijos. Hice que pareciese que pasaba una depresión. Mis dueños me llevaron al médico, y él pensó que lo mejor para mí sería que ellos se deshiciesen de mis cachorros.

Así que, mi familia los fue regalando a todos, uno tras otro. A ti, te llevó una profesora de mi dueña. Vi como te marchabas aquel día, vi como te ibas en un coche que desaparecía a lo lejos. Tú, criatura inocente, había conseguido salvarte por fin. Te había preparado con un jerseicito de lana y un yoyó -y soltó un gemido de desesperación. -Cuando mi marido llegó a la hora de comer, ya era demasiado tarde para encontrarte. Aquel día, él me hizo esto…

Yo me quedé petrificado, al ver como mi madre señalaba con su pata una larga cicatriz que recorría todo su cuello.

-Pero estoy bien –murmuró -Solo me preocupa la felicidad de mi hijo -y me sonrió como pudo.

Balto le había escuchado todo el relato sin abrir la boca, al igual que yo. Se dirigió a ella:

-Mis disculpas, señora. Lo lamento muchísimo. No tenía ni idea de su historia. Me presento: Soy Balto -le extendió una pata -¿Y usted?

Mi madre iba a contestar cuando las campanadas de un reloj sonaron a lo lejos. Su rostro empalideció. Parecía haber recordado algo.

-¡Las dos! –exclamó -¡La hora de comer! ¡Mi marido no tardará en llegar! -e inclinó sus orejas hacia atrás -Después de estar toda la mañana buscándote, y cazando, ha llegado aquí para que yo le dé más comida que yo haya encontrado para él. ¡Llegará en cualquier momento! ¡Tenéis que huir! -y nos miró fijamente a los dos.

-¡Seguidme! –ladró -Nos sacó del establo mientras nos iba contando detalles -Por alguna razón esta mañana me he acordado de mis hijos. Tenía la extraña sensación de que algo especial pasaría.

Nos llevó a través de la huerta, y nos hizo saltar las vallas que cercaban la granja, aunque yo me arrastré por debajo… Nos escondimos tras unos matorrales de un gran prado salvaje, ajeno a la casa.

Nos iba a hablar, pero de pronto, pudimos oír unos ladridos:

-¡Cariño! ¡Ya estoy aquí! ¿Está lista la comida? ¡Eso espero! Un momento… ¡HUELO A CACHORRO! ¿Quién tienes aquí, idiota? ¡Maldita perra insolente! ¡Cómo traes animales a mi casa sin mi consentimiento! ¡Estúpida!

Mi madre nos volvió a mirar fijamente. Todos estábamos asustados. Incluso Balto.

Mi madre le habló a él:

-Balto, date prisa. ¿Ves ese bosquecillo a lo lejos? ¡Ve por él! ¡Es un atajo! ¡Os perderá el rastro si vais por ahí! Pero, ante todo, no vayáis por el sendero de la carretera, ¡os encontraría enseguida! ¡Huid! -dijo aterrorizada y muy apurada.

Pero, antes de que nos fuéramos, dirigió unas últimas palabras a Balto:

-Balto, eres mi única esperanza. En tus patas te dejo mi tesoro más preciado. Por favor, protégelo.

-Descuida, así lo haré. Confía en mí.

Entonces, Balto me cogió por el cuello como a un cachorro, y echó a correr, a pesar de que yo insistía en que podía andar solo.

Pero todo esto, solo fue unos momentos antes, de que mi malvado padre volviese a gritar:

-¡Te huelo! ¡Mujer mía! ¡¿Qué demonios haces tras ese arbusto?!

Y de repente, apartó el arbusto tras el que se escondía mi madre, y mi fornido padre le pegó un cruel mordisco con el que la dejó desangrándose tirada en el suelo, mientras gritaba:

-¡Perra traidora! ¡Mi cachorro! ¡Está huyendo!

Y, entonces, como un rayo, echó a correr tras nosotros, con ira y venganza en sus ojos.


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