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Capítulo 19: Epílogo

XVIV) Epílogo


A la noche siguiente del Día de Reyes, todos salimos a dar una vuelta hacia mi parque preferido.

Lazzie se había quedado a dormir conmigo en mi cama, aunque ninguno habíamos dormido demasiado, esperando ansiosos a que los Reyes Magos, acompañados de los Reyes Perrunos, llegasen.

Mi familia había decidido que cuidar a dos perros a la vez era demasiado trabajo. Pero, por supuesto, no pensaban abandonar a ninguno de los dos. ¡Mi familia no es de esas…! Así que se pusieron en contacto con unos de sus amigos que deseaban tener un compañero de fatigas, un perro, y les confiaron a Lazzie. Todos quedaron de acuerdo en que cada día las dos familias, con sus respectivas mascotas, Lazzie y yo, saldríamos a dar una vuelta juntos, para que así ambos nos pudiéramos ver. Y así ha sido.

Ese día nos acercábamos al parque.

Todos mis amigos me miraban alucinados de que hubiera podido regresar a mi casa… ¡Si yo les contara…!

Lola estaba tonteando con Coco, como siempre, y no se había enterado de nada.

Lazzie y yo nos acercamos a verla.

-Hola, Lola-dije.

Lola se dio la vuelta.

-¿Yogui? ¿Has conseguido regresar?

-¡Oh, sí! ¡Por cierto, tu palito!-y dejé a sus pies el palo de Látigo, el encargo que ella me había pedido, y causante de todos los hechos.

Lola miró incrédula hacia el palo.

-¡Oh, Yogui! Es… Es increíble.

-Gracias, ahora tengo que irme con Lazzie. Si me disculpas…

-Pero espera, Yogui. ¿Adónde vas? ¡Si estamos hechos el uno para el otro! ¡Yo te quiero, mi trocito de canela! ¡Vuelve aquí, si no vuelves, no saldré contigo! ¡Vamos, ven aquí, Yogui, podríamos hacer muy buena pareja…!

Pero yo ya no le hacía caso. En mi Gran Aventura había madurado lo suficiente como para sentar la cabeza, y saber quién me convenía de verdad.

Mientras me alejaba con Lazzie, oí un ruido.

Pero no había de que preocuparse. Era la “Peligrosísima” Banda de Gatos de la Ciudad, siendo perseguida por Don Raposu. Habéis de saber, que contraté a Don Raposu Arteru de Arredrayáu para que se burlase y mofase un poco de la Banda de Gatos una vez cada dos días aproximadamente, a cambios de cinco galletas de chocolate semanales. Un buen precio para él, para mí, desmesurado. Pero, ¡qué se le va a hacer!

Don Raposu había decidido mudarse a Oviedo, porque decía que la ciudad era lo que realmente iba con él, y no un pueblucho de poca categoría. Además, ya estaba libre de las amenazas de mi padre, y no tenía que obedecer a nadie.

Habéis de saber también que nunca olvidé lo que me dijo Balto, y algún día espero volver a reunirme con él. Así que, cada noche, me asomo a mi ventana, y observo el Cielo repleto de Estrellas.

Allí, está el viejo Ahahaar, el Viento que Suspira. Balto, el Perro de la Aurora Boreal, del Valor y la Esperanza. Y, Truhán, mi padre, el Perro del Trueno. Que tendrá que hacer mil cosas grandiosas y bondadosas durante un solo año. Hasta que no consiga llegar a ese número durante ese limitado tiempo, no se librará de su condena. Pues ahora sufre arrastrando cadenas como lo hizo Ahahaar con vida, y es un alma en pena. Espero que no tarde en ser un alma libre, pero comprendo que El Señor de los Huesos, hizo lo debido. Además, mi padre ha de pagar por sus pecados.

A pesar de que a veces me han dicho que me había vuelto loco, que solo decía chifladuras… Os voy a contar una cosa:

Algunas noches pienso que estoy soñando, que me he dormido, o que estoy viendo visiones, pero, juraría, que, tanto el Perro de la Aurora, como el del Viento que Suspira, y que el del Poderoso Trueno, mientras yo les observo, ellos, me sonríen.

Bueno, colegas, espero que os haya gustado la historia. Y gracias por seguirla durante todo un año.

Quisiera aclarar una cosa: Digan lo que digan algunos incrédulos y malas lenguas, esta historia es REAL. Y se desarrolló del 1 al 5 de Enero de 2010.

Y, bueno, lo siento por todos los corazones rotos, pero, definitivamente, Lazzie será mi novia para siempre. ¡Mi verdadera y única novia!

Y, lo dicho, pasé muchas penurias, pero, al final, me convertí en un héroe gracias a esta aventura.

Patitas.

Yogui.


Capítulo 18: Batalla por el Hueso

¡¡¡Desenlace!!!

Después de un año en el que habéis seguido fielmente mi Gran Aventura sobre mis Orígenes, REAL, digan lo que digan algunos incrédulos, llega el ansiado desenlace, en el que tendré que decidir, si ser el nuevo Señor de los Huesos, o volver con mi familia.

Os dejo con la Lucha Final por El Hueso, y la Gran Batalla contra mi Padre.

XVIII) Batalla por El Hueso

Avancé un paso hacia mi padre. No estaba dispuesto a que le hicieran daño a Lazzie. ¡No lo consentiría!

Pero Balto me cogió por el rabo. No quería que me moviese más.

-¡Hay que darle el medallón, Balto, es nuestra única esperanza!

Balto no movió ni un dedo. Al parecer, aún no había cogido tanto cariño a Lazzie como yo, hasta el punto de querer salvar su vida, aunque todo el Reino Animal se hundiese en la discordia.

-No podemos darle el medallón, pequeño-dijo Balto-La matará igual.

-¿Cómo lo sabes?-susurré.

-No vamos a darle el medallón. Es cierto el refrán humano de los judíos, que dice “Quién salva una vida, salva al mundo”, pero es que si ahora salvamos una vida, el resto del mundo perecerá-dijo El Señor de los Huesos.

-Pero… ¡Señor!

-No te preocupes, Yogui. Ya se nos ocurrirá algo para despistarlo-dijo Balto.

-Créeme, Elegido Mío-volvió a hablar El Señor de los Huesos-No matará a Lazzie. No se atreverá a hacerlo, porque, en caso de que se le ocurra, ya no podrá continuar con ningún chantaje para conseguir El Hueso, y, además, tampoco podrá protegerse a si mismo, como está haciendo ahora, con la condición de dejar con vida a la niña si no le atacamos.

-Pero…

-Nada de “Peros”, Yogui-dijo Balto firmemente.

-¿Con que no queréis darme el medallón, eh?-dijo Truhán-Recordad que puedo apretar mis afiladas garras contra el sensible cuello de esta perrita en cualquier momento.

-Jamás conseguirás El Hueso-dijo Lazzie-Mátame. Pero después de hacerlo, serás tú el que muera a manos de nuestro Dios, El Señor de los Huesos, y no podrás hacer daño a más inocentes.

-¡Calla, perra! ¿No me vais a dar el medallón de verdad? Yogui, cariño…-se puso a reír como un loco-Si no me entregáis ese medallón, mataré a la chiquilla.

Nadie hizo ademán de intentar ofrecérselo, ni siquiera yo.

-Contaré hasta cinco, y si no me lo dais, esta niñita morirá-mi padre comenzó a enfurecerse-Uno, dos, tres, cuatro… Y…

En un rápido movimiento, como poseído por una fuerza mayor que mi voluntad, llamada “Amor”, salté sobre Balto, le arranqué el medallón, y se lo lancé a mi padre.

Él tiró al suelo a Lazzie, y se puso orgulloso el medallón.

-Un momento, aquí no hay ningún mapa. Solo es una maldita joya humana con un grabado mediocre. ¿Qué es esto? ¿Me habéis estado mordiendo la Pata Torcida?*¡Os voy a…!

-Detén tu furia, Hijo de los Lobos-dijo solemnemente El Señor de los Huesos-El camino hacia El Hueso, que en ese medallón está inscrito, solo podrá ser visto, por El Señor de los Huesos, es decir, yo, o el Descendiente Elegido.

-¡Ahhh! ¿Con que sí, eh? Yogui, tu papi y tú, vamos de excursión a buscar El Hueso. ¿Te parece bien?

Yo no contesté.

El Señor de los Huesos, me guiñó un ojo, y asintió.

-Será un placer…, señor-contesté.

Truhán me agarró bruscamente del cuello como había hecho con Lazzie, y me puso el medallón.

-Y ahora, dile a tu papi. ¿Qué ves?

*Expresión canina, que, para las personas, significa “Tomar el pelo”, y en la que se basaron los ingleses para crear su equivalente “Morder la pierna”.

Yo no veía nada especial. Simplemente, la gruta en la que estábamos. Esperaba que una especie de luz o fuego iluminase el camino que había de seguir. Pero nada de eso ocurrió.

Ocurrió, algo muchísimo más fascinante.

De pronto, una luz fantasmal me cegó. Mis ojos cobraron un color azul pálido, como si estuviese dominado, y una especie de increíbles espíritus sin una forma permanente, surgieron del medallón, mientras emitían extraños cantares y rarísimos sonidos. Tendrían un tamaño aproximado, pues podían cambiar de forma y altura, de unas treinta patas torcidas, casi como una casa humana. Los espíritus, mediante sus extraños cantares, me invitaron a que les siguiera.

-Dile a tu papi. ¿Qué ves?-repitió mi padre, ya que yo había estado ausente durante más de dos minutos.

-¡Por aquí! ¡Hay que ir por aquí!

Y así, siguiendo a los espíritus, mi padre y yo nos adentramos en la mística gruta.

La cueva estaba llena de pinturas y grabados de la Historia de los Canes desde el Alba de los Tiempos. No pocas veces tropezábamos, y caíamos por grandes “toboganes” y cuestas empinadas.

Hasta que nos paramos. Una gigantesca roca, no nos permitía seguir. Los espíritus habían desaparecido, y el camino se acababa.

-¡Me has engañado! ¡Estúpido! ¡Todas esas caídas y esos tropiezos los he soportado para nada!

Y me iba a dar un gran zarpazo, cuando… Me pareció que la roca se iluminaba.

-¡Espere un momento, padre!

-¿Qué?

-He visto algo.

-¿El qué?-mi padre no podía ver a los espíritus, que volvían a aparecer de la nada, ni siquiera el enorme resplandor que la roca desprendía.

-¿No lo ve, padre? ¡Todo es real! ¡Es la roca de la historia! ¡Con la que El Señor de los Huesos mandó tapiar la entrada hacia El Hueso! Con los milenios que han pasado, la cueva se ha convertido en una gruta bajo tierra, pero ahí sigue la roca, y tras ella…

-¡El Hueso!-exclamamos los dos a la vez.

-¿Y cómo vamos a entrar, cariño mío?-dijo sarcásticamente, mientras rechinaba los dientes.

-La roca abrirá el paso al Heredero del Trono.

Me acerqué a la roca, y ésta, milagrosamente, se desplazó a un lado, para dejarme paso.

-Usted primero, padre, o el camino se cerrará.

Ambos entramos.

Estábamos en la Cueva de El Hueso.

Pero, ¿dónde estaba El Hueso?

Frente a nosotros. Allí, como para los humanos la Espada del Rey Arturo, El Hueso lucía esplendoroso suspendido en el aire, sobre una piedra, mientras una Luz Celestial lo iluminaba.

Mi padre se acercó sin precaución alguna. Parecía que se le había olvidado que podía haber trampas, y que yo, El Elegido, había de ir delante de él para protegerle.

Truhán se acercaba velozmente hacia El Hueso. Ya estaba llegando. Subió unas escaleras.

-Ahí está, ¿lo ves, hijo mío? El Hueso está esperando a que alguien lo luzca en su Pata Torcida, y su espera va a terminar dentro de poco. ¿No te hace feliz, que tu padre haya cumplido su sueño? Ya verás, ya verás… Cuando yo sea El Señor de los Huesos, los tres, mamá, tú y yo, viviremos como reyes, aquí, en la cueva. Y ya nada nos separará, seremos muy felices. Y tú, podrás jugar con un Hueso de mentira para ti solo. Ya verás, ya… Y todos, esos malditos, que me tacharon de loco y maltratador, de lunático, de malvado, tendrán su merecido. Todos sufrirán la ira, que no pude descargar contra mi cruel padre. Él sí que era cruel. Pero, no te preocupes, mamá y tú, seréis la excepción. No tendréis nada que temer. Viviréis casi tan bien como yo.

Cada vez estaba más convencido de que era un verdadero lunático. Mucho más equizorrénico que aquellos desgraciados monitos tan agradables. Pero esta vez no me enfrenté a Truhán, por miedo. Tenía que esperar el momento oportuno.

Mi padre ya estaba delante de El Hueso, a punto de realizar su sueño y pesadilla que no le dejaba dormir.

-¿Lo ves, hijo? Nunca había visto nada igual. Su resplandor me ciega.

Y eso si que era cierto. Nadie vivo sobre la Tierra había visto nada igual. Ese resplandor, era divino, digno de pertenecer a los dioses. A simple vista, era un hueso natural, normal, vulgar y corriente, colocado en vertical. Pero, sin contar que estaba flotando en el cielo, algo te decía, que no era un hueso corriente, de esos que se han de roer.

Mi padre estiró su garra para cogerlo. Y cuando lo tocó…

Un ruido ensordecedor se oyó.

Subí las escaleras para acercarme a mi padre.

-¡Ahhhh!-Truhán pegó un gran alarido.

Se miró su zarpa. Un enorme escozor la recorría. Esperaba ver sangre. Pero vio una brillante cicatriz, que relampagueaba, y que cruzaba su zarpa entera. También la herida parecía ser celestial, como se la hubiese hecho un ser de otro mundo. Además, era un milagro que hubiese cicatrizado tan pronto. El Hueso era peligroso. No me cabía duda. Las advertencias de las Antiguas Leyendas no eran en vano.

-¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no he podido tocar El Hueso?

-Padre. Solo El Elegido puede sacar El Hueso de su Lugar Sagrado. Una vez que así lo haya hecho, solo lo podrá tocar el que El Elegido decida, entregándoselo de su pata (Entregándoselo de su mano, para los humanos).

-Bien, hijito mío. Entonces vas a coger El Hueso, y vas a dármelo a mí, ¿verdad? Que soy el que más lo necesito…-Truhán sonrió malévolamente.

Miré hacia El Hueso. Una fuerza divina me invadía y me hipnotizaba. El Hueso me atraía literalmente hacia él. Tenía miedo.

Lo cogí cuidadosamente con la boca. Cerré los ojos. ¿Qué iba a ocurrir? ¿El Hueso me mataría? Los abrí. No había ocurrido nada. Bueno, una cosa. El Hueso brillaba con más resplandor que nunca.

-Mi amor…-Truhán movió su zarpa en señal de que se lo entregase-Dámelo. Dame El Hueso-sus ojos relucían.

Me lo pensé. Miré hacia El Hueso. Miré hacia mi padre.

-¡Cójalo!

Y lancé El Hueso por los aires.

-¡Ya eres mío, por fin!-gritó mi padre.

Pegó un ágil salto, y lo cogió con la boca.

Durante unos segundos tampoco ocurrió nada. Mi padre se relamía.

Entonces, unas luces iluminaron la sala. Miles de espíritus, diez veces más grandes que los que me habían guiado hasta El Hueso, comenzaron a salir del Sexto Elemento. Mi padre comenzó a elevarse por los aires. No se atrevía a soltar El Hueso.

-¡Suéltelo, padre! ¡Suéltelo!-grité.

-¡No lo haré! ¡Esta es otra de tus tretas! ¡No seré tan tonto de soltar mi amado tesoro una vez que lo he encontrado!

Un gran agujero negro se abrió a lo lejos, en el cielo.

Mi padre siguió ascendiendo, y ascendiendo hacia él.

-¡Socorro! ¡Socorro!-gritaba exasperado.

Los espíritus se lo llevaban.

Éstos empezaron a invadir su cuerpo.

De repente, sus ojos se cayeron uno tras otro. Y sus orejas, fueron lo siguiente. Después sus patas torcidas.

Todo su cuerpo se fue mutilando poco a poco, dolorosamente para mi padre.

Su nariz, su hocico, su mandíbula, su cuello.

Parecía un verdadero monstruo.

Su cabeza quedó suspendida en el aire, mientras sujetaba El Hueso.

Cada vez estaba más cerca del agujero negro.

Los espíritus comenzaron a entonar otro de sus impactantes y extraños cantares.

Revoloteaban alrededor de la cabeza de Truhán.

-¡¡¡¡¡Socorro!!!!!-seguía gritando mi padre sin recibir ayuda.

-Lo siento…, padre.

-Yogui, ¡¡¡Yogui!!! Espera, hijo. Veo la Luz. Quiero despedirme de ti. ¡La Luz! ¡La Luz me persigue! ¡Toda mi vida ha pasado en un segundo por delante de mi mente! Lo veo todo con claridad… ¡Dios, Dios me espera! ¡Y me mira con compasión! ¡Mi vida! ¡Toda mi vida desperdiciada! ¡Una vida sin sentimiento, llena de sufrimiento, obsesiones y maldad! ¡Todo está lleno de errores! ¡De malos actos! ¿Qué he hecho? ¡He seguido el camino de mi padre! ¡Me he convertido en el ser que odié! ¡Y he matado a docenas de mis hijos! ¿Qué he hecho? ¡He sido peor que mi padre! ¡Horror! ¡No! ¡¡No!! ¡Yogui, ¿me vas a perdonar?! ¡Porque tú eres el que me tiene que perdonar! ¡No yo a ti! ¡Tú me has querido, te hiciese lo que te hiciese! Pero yo a ti no… ¡Solo he sido un viejo lunático! ¡Durante toda mi vida! Y ahora ya no hay vuelta atrás… ¡No he tratado a mis hijos como se merecían! Yogui… ¡¡¡Hijo Mío!!!

Uno de los espíritus, el más gigantesco de todos, adoptó la forma de un gran hombre, con cabeza de carnero, unos grandes cuernos, y unos afilados dientes.

Y se abalanzó sobre mi padre.

-¡Ahhhhh!-fue lo último que dijo Truhán, antes de que el Carnero se lo tragara y se adentrase en el Agujero Negro, que desapareció en el acto.

Una luz fulminante iluminó la sala. Yo no podía ver nada.

Cuando se apagó, todo estaba como si no hubiera pasado nada. El Hueso se encontraba a mis pies, y en frente de mí, todos mis amigos: Lazzie, Balto, El Señor de los Huesos, y Laica, la abuelita de Lazzie.

Fue en ese momento, cuando me di cuenta, de que no solo estaban ellos. El lugar había cobrado vida.

Toda esa gruta vacía, se había transformado en un Verdadero Paraíso, repleto de prados, y angelitos y espíritus corriendo por doquier.

-Ahora sí…-dijo El Señor de los Huesos-¡Bienvenidos a Canis Natura!

-Señor-dije yo triste-¿Habéis otorgado un alma a mi padre?

El Señor de los Huesos bajó la cabeza.

-Estas cosas se deben hacer en el mismo instante en que uno muere. Además, ha de haber hecho algo muy importante en la vida. Algo bondadoso, y lleno de valor.

-Mi padre se ha arrepentido de todo en el último momento, con valor. Lo único que deseaba era que yo le perdonara. Rectificó, aunque fuese al final de su vida.

-¿Y quién te dice, Yogui, que los demás no lo hagan, cuando son iluminados por la Luz de El Señor?

Me arrimé a El Señor de los Huesos.

Él me abrazó.

-Bueno. Al menos permíteme felicitarte. Si bien es cierto que has matado a tu padre, has conseguido que se arrepintiera, y has salvado, no solo a mí, ni a Canis Natura, si no a todo el Mundo. Si tu padre no llega a morir, nunca hubiese encontrado la Luz. Es increíble como te diste cuenta. Tu inteligencia es asombrosa. Sabías que, El Hueso, una vez sacado de su Lugar Sagrado, no puede ser tocado por nadie, a menos que El Elegido se lo dé directamente a quien lo desee. Pero, tú lo lanzaste al aire. Es decir, en realidad no se lo diste a nadie. Solo dejaste de tenerlo entre tus patas. Y nadie puede tocar El Hueso a menos que El Elegido se lo dé. En El Hueso se guardan las memorias de las Divinidades y Reyes, de los Ancestros del Pasado. Allí se conserva su espíritu. Y es lo que hace al Mundo girar. Si bien mantiene el Delicado Equilibrio de la Naturaleza, es un Elemento Peligroso, lleno de Poder. Como lo es el Arca de la Alianza para las personas.

Por mucho que El Señor de los Huesos me felicitase, yo no dejaba de sollozar en su regazo.

-Bueno, Hijo de los Canes. Ahora, es tu Deber, y un Gran Honor, colocar El Hueso en el Lugar que le corresponde, hasta que otro Elegido, de buena fe, y bondadoso, venga a sacarlo de aquí.

Cogí El Hueso. Esta vez ya no temblaba. Estaba seguro de mí mismo. Por fin sabía quien soy, cuál es mi lugar, y cuál es mi destino. Con valor, coloqué El Hueso en su Lugar Sagrado, y Él solo, comenzó a flotar.

El Señor de los Huesos asintió.

Lazzie y Balto me sonrieron.

-Bueno, Hijo de los Canes. Ahora, has de pedirme algún favor para que te lo conceda-dijo El Señor de los Huesos-Te lo mereces.

-Yo solo quería que mi padre tuviese un alma.

-Ya que tú no pareces muy dispuesto a pedirme un favor, te lo concederé yo por mi propia cuenta.

Desde el cielo, vinieron flotando pequeños angelitos. Eran perritos, cachorritos que al parecer habían fallecido muy jóvenes. Pero eran una multitud. No sabría contarlos.

Me alegraron mucho. Eran muy mimosos, y cariñosos. Me robaron el corazón. Uno de ellos quiso jugar a tirarme del rabo, y otro a tirarme de la oreja. Tres o cuatro se tiraron encima de mí.

-¿Quiénes son?-dije riendo.

-Son tus hermanos fallecidos. Todos los hermanitos que tu padre mató. Sabía que te haría ilusión verlos aquí tan felices. Ellos sí que consiguieron un alma. Después de todo, son mis descendientes, y sería una injusticia dejarles a los pobrecitos sin vida tan jóvenes. ¿No?

-¡Oh, Señor! ¡Miles de gracias!-exclamé extasiado. Me fijé en que tenían una pequeña torcedura de pata.

-Y otra cosa más…

Una preciosa perrita pequinés se fue acercando hacia nosotros. ¡Era mi madre!

-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Te quiero!-me abracé a ella, y volví a sollozar.

-No llores, mi niño. Mi condenación ha acabado. El Señor de los Huesos me ha liberado. La muerte ha sido un regalo para mí. Y Él me ha curado de todas mis heridas. Ahora estoy sana y contenta.

-¡Oh, madre, estoy tan feliz por ti!

Me di cuenta de que su enorme cicatriz que le recorría el cuello había desaparecido.

-Bien-El Señor de los Huesos suspiró-Y ahora ha llegado el momento de tu decisión final. ¿Te quedarás aquí, serás el nuevo Señor de los Huesos? ¿O volverás con tu familia, que te quiere y te añora?

Recordé mi visión en el ojo de El Señor de los Huesos.

Dí un paso al frente.

-Señor, cuando empecé esta aventura no me lo podía creer. Sentía que estaba soñando. Estaba alucinado, porque pensaba que por fin había encontrado mi verdadero lugar en la vida. ¡Yo era nada menos que el descendiente de El Señor de los Huesos, y Su Elegido! Estaba convencido que me quedaría a vivir con vos, y sería El Señor de los Huesos. He pasado muchas penurias, pero también he conocido a muchos compañeros agradables. Algunos consideran al hombre una bestia, otros aseguran que tiene corazón. Cuando llegué con vos, lo último que me esperaba era que fueseis del segundo bando. Y ahora me preguntáis, ¿de qué me ha servido, pues, este viaje? Y yo os responderé… Me ha servido para saber que nadie se ha de avergonzar por lo que es. Porque, hasta el detalle más extraño, y que puede parecer horrible, es el que más especiales nos hace sentir. ¿Quién iba a pensar que una Pata Torcida, era Símbolo de Dioses? En esta travesía, me he dado cuenta de que en la vida, hay que mirar siempre hacia adelante. Hace unos días, mi pequeña concepción del mundo era de un parque donde jugar, de una casa donde comer, y de una cama donde dormir. Para mí, los humanos eran unos seres que se limitaban a comprarnos, y a darnos mimos, y nosotros éramos, su entretenimiento. No nos importaba. Los perros, las mascotas, nos conformábamos con rebozarnos por el barro día y noche. Nuestra vida no es complicada. Es despreocupada. Y así pensaba que había de seguir. ¿Qué más da lo que haya tras unas vallas, si sé que jamás voy a cruzarlas? Vos, Señor de los Huesos, me habéis enseñado algo muy distinto. La vida es una aventura, y hay que saber disfrutarla. Cada día, es un nuevo día, cada día, un sueño se cumple. Hay que mirar más allá de lo que ves, y disfrutar cada aventura que corres. Porque cada día, ha de ser mejor que el anterior. Pero, lo más importante de todo, es que hay que tener a alguien con quien compartirlas: Los amigos. Pero, ¿Qué importa si esos amigos son gatos, tigres, perros, marcianos, gordos o bajos? No importa si son diferentes a ti, por el exterior, lo que importa es que puedas confiar en ellos. El viaje me ha servido para saber esta Gran Verdad, Conocer la Aventura; Conocer como se ha de Vivir. Y si bien ahora sé que mi destino es volver allá donde viví la mayor parte de mi vida, y aprender a disfrutar la vida con mi familia humana, no me importa haber hecho este viaje, que me ha llevado a regresar al lugar dónde partí. Porque esta Gran Aventura, es la que me ha enseñado por qué lo he de hacer.

Volveré con mi familia, que, humana o no, es mi familia, y estoy dispuesto a pasar allí los últimos días de mi vida, y gozar allí de esa Carretera Sin Fin que es la Vida.

El Señor de los Huesos me miró con orgullo.

-Habéis elegido sabiamente. ¡Oh, Señor de los Huesos!-me dijo él.

Me acerqué a mis amigos.

-Adiós, mamá. Te echaré de menos.

-Algún día nos volveremos a ver, mi niño, y entonces mi felicidad será la mayor. Aunque tenga que esperar quince años para que esto ocurra.

-Adiós, Lazzie.

Ella no dijo nada. Solo acercó su boca a mi hocico, y ambos nos dimos un Profundo Beso.

Y llegó la despedida que más dolor me producía, por mucho que amase a Lazzie.

-Adiós, Balto.

-Adiós, mi pequeño.

-Me llamo Yogui-sonreí nostálgico.

-Balto. Yo me llamó Balto-me dio un abrazo-Yo volveré a la Aurora Boreal…, Yogui. Pero nunca me separaré de ti. Desde los altos cielos te observaré nostálgico día y noche, esperando que un día nos volvamos a reunir, y también esperando que no te metas en ningún lío, no vaya a ser que tenga que volver a rescatarte-los dos reímos-Pero, Yogui. Por las noches, antes de acostarte, no te olvides de mirar por tu ventana, porque allí estaré yo, y mi Aurora Boreal, resplandeciente, sonriéndote.

Y de nuevo comencé a sollozar. Esta vez más que nunca.

-Balto, creo que esto te pertenece. Supongo que se lo devolverás a El Señor de los Huesos-le ofrecí el collar y el medallón.

-Yogui, para que nunca te olvides de mí mientras vivas, y para que veas que siempre estaremos juntos, te doy mi preciado collar. Espero que cuando te asomes a la ventana cada noche, pueda ver como de maravilloso lo luces.

-Balto, no sé qué decir.

-No digas nada.

Nos dimos otro caluroso abrazo.

Pude notar, como el calor del cuerpo de mi querido Balto, iba convirtiéndose en aire que yo trataba de estrujar contra mi pecho.

Las maravillosas luces de la Aurora Boreal recorrieron el umbral.

Supe que Balto se había marchado.

Me acerqué a El Señor de los Huesos.

-Adiós, Señor.

-Llámame Yocki.

Me giré.

-¡Adiós a todos!

Lazzie lloraba en brazos de su abuela.

Yocki o El Señor de los Huesos me habló.

-¿Ves esa pequeña roca de la que mana agua?

-Sí, Señor… Este… Yocki. Señor Yocki, permítame al menos…

-Crúzala. Cruza la pequeña cascada que forma el agua que cae de la roca, y te encontrarás allá donde tus dueños estén.

Y cuando yo parecía dispuesto a cruzarla…

-¡Yogui, espera!-Lazzie se bajó del regazo de su abuela-Abuelita Laica, esto es lo que llevo soñando durante mucho tiempo. Tenerte junto a mí. Y espero que cuando yo muera, pueda volver a hacerlo, pero, por el momento, creo que mi destino está junto a Yogui-y me dio un nuevo beso-Perdona que esta necia te rompa el corazón.

-Me rompería el corazón que te quedaras si ese no es tu deseo. Porque lo que más anhelo, es la felicidad de mi única nietecilla.

Y Lazzie y su abuela comenzaron a cantar cogidas de la patita.

La niña duerme, bajo el azul del cielo,

Y sueña con las doradas estrellas.

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella…

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella…

-Adiós, abuelita.

-Adiós, mi querida nieta.

Y se separaron.

Y, Lazzie y yo, juntos, el uno con el otro, cruzamos la pequeña cascada.

El otro extremo no era ninguna otra gruta. Ya no estábamos en ese Mundo Mágico. Nos encontrábamos bajo una pequeña fuente de la que caía agua sin parar.

Mucha gente se movía por las calles aquel día. ¡Claro! ¡Era Noche de Reyes! Y todas las personas acudían a ver la Cabalgata de los Reyes Magos.

Entre todas las personas que pasaban, vi a unas que me resultaron muy familiares. ¡Era mi familia! Corrí a saludarlos.

-¿Yogui? ¿Yogui? ¡Es Yogui!-gritó el niño.

-¡Yogui! ¡Yogui!-exclamaron todos los demás-¡Oh, qué alegría verte, mi amor! ¿Dónde te habías metido? ¡Llegas justo a tiempo! ¡Serás un verdadero regalo de Navidad! ¡Estábamos muy preocupados buscándote! ¡Qué susto nos has dado! Por cierto-dijo mi dueño dirigiéndose a otro de mis familiares-¿Sabías que el otro día la Mansión de Johny Quebrantapiedras, ese falso protector de animales, se derrumbó? ¡Y todo apunta a que fue provocado a posta por los animales, que no querían morir! ¡Son verdaderamente listos! Lo más curioso de todo, es que la “Rebelión” parecía ser dirigida por un perro con una pata torcida. ¡Ni que fuese nuestro Yogui!

Entonces, mis dueños vieron como una perrita se acercaba tímida y asustada hacia ellos.

-¡Oh, que cielo de perrita! ¿Así que te has traído a una amiga, eh, picarón…? ¡Que ni castrado…! Me recuerda mucho a la perrita astronauta protagonista de una serie que veía de niño… ¡La llamaremos Lazzie! Y ahora, corramos todos juntos a ver la Cabalgata, o llegaremos tarde.

Y todos fuimos corriendo a ver la Cabalgata de Reyes.

Es maravilloso compartir las ilusiones de otros con las nuestras.

Mientras veía la asombrosa cabalgata, que me fascinó por completo, pensaba en lo fantástico que sería que los Reyes Perrunos apareciesen en el regazo de los Reyes Magos. ¡Seguro que estaban muy ocupados organizando los regalos para la noche!

Capítulo 17: Truhán

La frustración de un padre



¡Quedan dos capítulos para cerrar la historia! El próximo será el último. En este fragmento de mi aventura os explicaré la historia de mi malvado padre, un personaje realmente complejo, que, si bien no tiene compasión, también tiene una larga vida llena de depresión que le ha convertido en lo que es.

Lo que planteo en este episodio es lo siguiente: ¿Quiero realmente a mi padre? Tengo que decidirlo pronto, pues probablemente tenga que luchar contra él.

XVII) Truhán

-¿Qué pasa, Yogui, no saludas a tu querido padre? Ja ja ja ja… Vamos, Yogui… ¿Y tú, tatarabuelito? ¡Soy tu querido tataranieto! ¿No me saludas tú, tampoco? ¿Y qué me dices tú, noviecita de Yogui, eh? ¡Qué buen partido te sacaste con mi hijo! –decía sarcásticamente Truhán- ¡Y tú,-sus ojos se volvieron rojos- Estúpido perro lobo ratonero sin raza! ¡Perro sarnoso! TÚ, secuestraste a mi hijo. ¿Te ha hecho algo, querido?

-Balto no me ha hecho nada. No se preocupe, señor.

-Bueno. Espero que así sea. Y ahora, ¿por qué no vienes aquí a mi lado, y así nos iremos juntos a buscar El Hueso?

-No. No voy a ir contigo.

-¿Cómo que no? No digas tonterías, hijo. ¿Qué te ha hecho este desalmado perro lobo? Ya me ocuparé de él más tarde. Tú… Ven con tu papaíto, ¿eh?

-Usted no es mi padre.

La sonrisa de Truhán, se borró de su rostro.

-¡Maldito hijo desgraciado! ¡¿Qué te he hecho yo, para que me trates así?! ¡Ven conmigo inmediatamente! ¡Inepto asqueroso! ¡Desagradecido! ¡Llevo más de dos años buscándote! ¿Y así es como me lo agradeces? ¡Vas a venir conmigo, aunque sea agarrándote por el cuello hasta hacerte sangrar!

-No, Truhán. Usted no me va a hacer nada-me arrimé a El Señor de los Huesos.

-¡¿Cómo que no?! ¡No tienes idea de lo que te puedo hacer!-y saltó sobre mí.

Pero entonces, El Señor de los Huesos, alargó su Pata Torcida, y una luz blanca lanzó a mi padre cuesta abajo.

-¡Basta ya!-gritó el Gran Perro-¡No te acerques a mi hijo!

-¡Él es hijo mío, no tuyo! ¡Aparta de mi camino, viejo!

-Apártate tú del camino que no marca El Señor.

-No me des órdenes.

-Yo no doy ordenes, solo consejos.

-Déjame en paz.

-Si yo no te doy órdenes, no me las des tú a mí. Si me vas a dar órdenes, yo también te las daré. Y te diré que dejes en paz a mi Protegido. O sufrirás la ira de El Hueso.

-El Hueso, ¡Ja! Por cierto, tú, perro lobo. ¿Vas a darme ese precioso medallón, no?

Balto no contestó.

-En fin-siguió diciendo Truhán, mi malvado padre-Vamos, Yogui. Ven conmigo. Hazlo por mamá.

-¿Mamá? ¿Qué le has hecho a mamá?-salí de entre las patas de El Señor de los Huesos, aunque este no quería permitírmelo.

-Oh, tan solo lo que tú sabes. La he dejado desangrándose. Si tú vienes conmigo y me ayudas a conseguir El Hueso, cuando yo lo tenga, podremos curarla, ¿eh?

Estuve a punto de aceptar, de no ser por que…

-Es mentira-dijo El Señor de los Huesos.

-¡Tú calla!-dijo Truhán furioso.

-Estás… Loco-añadí yo asustado y aterrorizado.

-Tú también, hijo mío… Vamos a ver, explicádmelo… ¡Llamarme loco! ¡A mí! ¿Qué te he hecho yo? ¡¡¡¡¿¿¿¿Qué te he hecho yooooooo?????!!!!!

Me volví a meter entre las piernas de El Señor de los Huesos.

-Deja al niño en paz, no te ha hecho nada-dijo Balto.

-¿Qué no me ha hecho nada, dices? ¿Qué no me ha hecho nada? ¡No tienes ni idea de lo que me ha hecho! Me ha llamado loco…

-Tal vez si no lo estuvieses no te lo llamaría-dijo Lazzie.

-¡Calla, perra!-bramó Truhán-¿Creéis que yo no tengo razones para ser como soy? Para… Hacer tantas maldades por conseguir El Hueso… ¡La vida ha sido injusta, ha sido perra conmigo! Lo mínimo que puedo hacer para desahogarme es ser injusto con la gente. A ver, ¿acaso no había de haber sido yo el que hubiese conseguido El Hueso? ¡¡¡Miradme!!!

-Te miramos, y no vemos nada en ti que te haga digno para conseguir El Hueso.

-¿¿Cómo que no?? ¿¿Cómo que no?? ¡Miradme! ¡Mirad mi Pata Torcida! ¡La tengo tan torcida como ese chucho desagradecido que se hace llamar mi hijo! ¡Incluso puede que la tenga un más que él! ¡La tengo tan torcida como tú, viejo!

-Eso no te lo he negado.

-¿¿Cómo que no?? ¡Has dicho que nada en mí cuerpo me hacía digno de conseguir El Hueso!

-Yo no he dicho nada de tu Pata Torcida, ni de tu cuerpo, ni de tu exterior.

-¿Entonces que demonios querías decirme, viejo idiota?

-Es que no me refería a tu exterior. Me estaba fijando en tu interior. Tu corazón no es digno de conseguir El Hueso. Y El Hueso no mira solo hacia la Pata Torcida de mis descendientes. Para escoger a El Elegido, El Hueso también mira dentro de tu ser. Yogui es bondadoso, inocente, y un buen amigo. Valiente, leal, sincero y responsable. Tal vez él si tenía lo que había que tener, lo que El Hueso buscaba, para encontrar a El Elegido. Después de todo, es tu hijo. Deberías sentirte orgulloso-El Señor de los Huesos hizo una mueca burlona.

-¡Ahhhhh! ¡Viejo! ¡No te burles! ¡No te cachondees de mí! ¡No sabes con quién tratas!

-¡Claro que sí lo sé! ¡Con mi querido tataranietecito!

-¡Miserable!-Truhán le mordió una oreja a El Señor de los Huesos, y le pegó un zarpazo. Las uñas se quedaron marcadas en su rostro, pero no tardaron en desaparecer como si nada hubiese pasado. Lo que acababa de hacer Truhán era como tratar de herir al aire.

-No hagas daño a quien nunca ha intentado hacértelo.

-¡Bahhh! ¡Tú no sabes por lo que he pasado! ¡Orgulloso de mi hijo! ¡Bahhhh!-pareció calmarse.

Truhán cogió aire, y volvió a hablar.

-Lo único que ansiaba mi padre, Llameante, era que uno de sus hijos fuese El Elegido, y éste, le diese El Hueso, para que él pudiese tener el poder sobre el Mundo Animal. Tuvo varios hijos, tres para ser exactos, entre los que estoy incluido. Ni el primer hijo ni el segundo, acapararon sus expectativas. Mi padre se indignó profundamente, y entró en una enorme depresión. Sin embargo, meses después se enteró de que iba a tener otro hijo. Era su única esperanza. Cuando yo nací, mi padre se ocupó día y noche de mí. Me cuidó, me mimó y me quiso con locura. A las dos semanas de mi nacimiento, llegó el momento de hacer el Ritual, para saber si yo era El Elegido. Mi padre estaba convencido de que lo sería, e incluso consideraba innecesario hacer el ritual, pero su mujer, Grisácea, insistió en ello. Al hacerlo, al romperme la pata, descubrieron que yo no era El Elegido.

Mi madre ya era mayor y ya no podía tener más hijos. Yo no había podido complacerles en su obsesión, ni saciar sus ansias. A partir de entonces, Llameante me atormentó desde que los primeros rayos del sol salían por el horizonte, hasta que volvían a salir. No me dejaba tranquilo un segundo. Me insultaba, me despreciaba, decía que yo no era digno de ser hijo suyo, que era un vulgar perro por no ser El Elegido, y… me pegaba. Me pegaba y me maltrataba, me mordía y me pegaba zarpazos hasta dejarme malherido. Incluso mi madre, Grisácea, intentaba detenerle, pero también a ella la pegaba.

Él había vivido toda su vida con el único deseo, sin éxito, de encontrar El Hueso. Su mente retorcida y malvada no le dejaba pensar en otra cosa…

Toda mi infancia la pasé así. Siempre que mi padre llegaba por las noches, me pegaba a mi madre y a mí. Siempre era lo mismo. Llegaba borracho. Toda mi niñez, ¡¡¡fue así!!! ¡Y ahora vosotros me acusáis de estar loco!-volvió a intentar calmarse y controlarse-Podría decirse que lo único que hice fue sobrevivir, porque había veces, que mi padre casi conseguía matarme.

Logró meterme por la cabeza que yo era un inútil, por no haber conseguido ser El Elegido. Atormentándome, yo crecí con esa frustración: No haberle sido útil a mi padre.

Tanto Llameante como Grisácea murieron ya hace mucho. Pero yo, no olvido. Y si bien no han conseguido un alma, y si bien ya no podrán verme conseguir El Hueso, me da igual. Quiero demostrarme, aunque sea a mí mismo, que ese hijo de… , que era mi padre, estaba muy equivocado. ¡Yo seré capaz de conseguir El Hueso, y de haceros ver que yo tenía que haber sido El Elegido!

Se ha convertido en mi obsesión, y dudo mucho que me la quitéis de mi mente. Mi padre nunca se sintió orgulloso de mí, pues al menos dejadme que yo me sienta orgulloso de mí mismo. Cuando tenga El Hueso en mis patas, descargaré toda mi ira, toda la ira que se acumuló en mí mientras crecí por culpa de mi padre, sobre todo ser vivo que encuentre en mi camino. Mi reinado será una época dorada para mí y para todos mis seguidores Lobuistas. Para los demás inocentes que se interpongan entre El Hueso y yo, la vida se convertirá en un infierno. ¡No me importa que no me hayan hecho nada! Todos esos inocentes serán para mí mi padre, y todos lo pagarán caro, como si de él se tratase.

-¡Estás aún más loco de lo que temía!-dije yo.

-¡Malvado, fuera de aquí!-gritamos, esta vez, todos juntos: Balto, El Señor de los Huesos, Lazzie, su abuelita y yo.

Fue espectacular ver todas nuestras fuerzas juntas y unidas.

Mi padre rió malévolamente, y regresó a su anterior sarcasmo.

-Oye, por cierto, viejo. ¡Vaya guardián de pacotilla que te has echado! Ha dejado la puerta abierta ja ja. No solo he podido estar espiándoos un buen rato, sino que he podido entrar sin percances por entre los Huesos, sin que él se enterase ja ja.

-¡No te metas con mi guardián!

-Al menos permíteme que me meta con tus tres protegidos, que me han guiado hasta aquí durante todo el tiempo, sin enterarse siquiera de que yo les seguía.

Primero, entré en el ferrocarril de Johny Quebrantapiedras, cuando me capturaron, igual que vosotros. Pero, ni siquiera os enterasteis de que entré. Vosotros seguisteis a vuestra “bola”. Después, pude dedicarme, a “cotillear”, si me lo permitís, los besos tan apasionantes que mi hijito se daba con su noviecita.

-¿A eso os dedicasteis mientras Crinés y yo buscábamos la entrada a la Tumba? ¡Ahora tendré que suponer que el lío que se tenía montado con todos aquellos coches policía era también culpa vuestra!, ¿no?-nosotros no respondimos.

-Pero, ¡espera, perro lobo sarnoso! Para remate, tú, especialmente, te ocupas de dejar la puerta abierta a la Tumba, para que yo os siga sin problema alguno, ¿eh?

Balto bajó la cabeza.

-Lo siento, Señor-dijo dirigiéndose a El Señor de los Huesos.

-Bueno, bueno-continuó mi padre-No quisiera que por mi culpa entrarais en una discusión, ¿no? Así que lo olvidado olvidado está, ¿eh?

Y, de pronto, con un rápido movimiento, se abalanzó sobre Lazzie, y apretó sus afiladas garras en el cuello de la cachorrita.

-Pero, yo, nunca olvido. Y creo haberos pedido antes el medallón, ¿a que sí? Voy a conseguir El Hueso. Y ahora, buen perrito lobo, dame ese “Mapa hasta el Tesoro”, ¡o hago que la tráquea de esta preciosa perrita se le salga por la nariz!

CONTINUARÁ…

Capítulo 16: Bienvenidos a Orbis Natura

¡A por El Señor de los Huesos…!


¡Estamos a punto de encontrar nada más y nada menos, que a El Señor de los Huesos! Queremos que nos diga cuales son nuestros verdaderos papeles en la vida, que nos de un cargo entre los Perros la Luz. Ya que no podemos regresar con los malvados humanos, pero, cuando lleguemos, él nos dará una gran sorpresa…

¡Nunca olvidaré el tiempo que estuve junto a él!

Pero, bueno, no os diré más… Descubridlo vosotros mismos…

XVI) Bienvenidos a Orbis Natura


Avanzamos por la mística gruta, sin saber adónde íbamos. Todo era oscuro. Los suelos estaban húmedos, y las paredes llenas de esqueletos. Sin duda, era una verdadera tumba. De pronto, nos paramos frente a unos huesos desperdigados por el suelo.

-¿Será alguno de estos El Hueso?

-No lo creo. Esto es… Un cadáver… -sugirió Balto.

-Es… Hachiko.

Inmediata e instintivamente, todos nos apartamos del muerto. Decidimos seguir caminando.

En la tumba reinaba un silencio sepulcral.

Pasado un tiempo, nos dimos cuenta de que la gruta se dividía en dos caminos, y decidimos seguir el derecho, ya que es el lugar que ocupa mi Pata Torcida.

Al seguir esa ruta, notamos como una especie de canto espiritual, propio de los fantasmas, resonaba en la lejanía. Aceleramos el paso. Hasta que nos paramos. No había salida. El camino no seguía a ninguna parte. Se terminaba.

Quisimos dar la vuelta, pero algo nos lo impidió. Ese “algo” era un… ¡Espíritu!, el cual no paraba de roer un hueso de jabalí. Nos quedamos observándole largo y tendido, sin que él se percatara de nuestra presencia. Cuando pasaba un rato, y le parecía que había roído bastante un extremo del hueso, se dedicaba a roer la otra punta.

Estaba sentado encima de toda una montaña de huesos y esqueletos, de más de veinte patas torcidas, como habíamos comentado hace tiempo, medida perruna equivalente a casi cuatro metros humanos.

Y a pesar de disponer de todos los huesos que desease, solo parecía querer roer, ESE hueso. Su apariencia es difícil de describir. No tenía color, era transparente. Sus ojos eran lo único en color que tenía. Unos ojos amarillos azulados.

Tenía el aspecto de un viejo labrador, con unos largos bigotes descomunales que le llegaban hasta las rodillas, y unas uñas afiladas como sables. Toda una aparición. De vez en cuando, aparecía y desaparecía, cambiaba de forma, o dejaba solamente visible su cabeza, que daba vueltas como una pelota, hasta que volviese a aparecer su cuerpo entero. Eso sí, siempre sin soltar su hueso.

Ya que nos estaba dando la impresión de que pretendía seguir allí hasta la eternidad, fui yo el que intenté iniciar la conversación.

-Mi muy amable señor, ¿podría indicarnos a mis compañeros y a mí, dónde se encuentra El Señor de los Huesos?

Sus ojos se abrieron como si de pelotas de tennis se trataran, se quedó un rato pensativo y exclamó…

-¿Estáis muertos?

-No… Creemos que no, señor.

-¿Que hacéis aquí, pues?

-Veníamos a buscar a El Señor de los Huesos.

-¿Por qué queréis encontrarlo?

-Porque pensamos, que yo soy El Elegido, ya sabe, el Descendiente que tiene la pata tan torcida como su ancestro, y que podrá obtener El Hueso.

-¿Lo pensáis, o lo sabéis?

-¿Por qué siempre contesta con otra pregunta?

-¿Acaso no puede tratarse de mi manera de ser?

Me resigné.

-¿Sabe usted dónde está El Señor de los Huesos?

-¿Por qué lo iba a saber… Yo?

-Bueno, pues, porque hemos entrado en los dominios del Gran Perro, ¿no? Y usted es un espíritu…

-¿Y no creéis que para dejaros entrar, he de saber si de verdad eres Su descendiente?

-Bueno… Tal vez…

-¿Me dejas ver tu pata, por consiguiente?

Dio la vuelta al hueso que estaba royendo.

-Claro, aquí tiene…-y estiré mi pata torcida.

Se agachó, y la analizó minuciosamente.

Entonces, comenzó a hacerse invisible lentamente.

-¡Espere, señor! ¿Cómo encontraremos a El Señor de los Huesos?

-¿Y no deberías mejor, dejar de hablar, y ser más observador?-fueron sus últimas palabras, antes de desaparecer del todo.

Y, puede que tuviese razón, pues la enorme montaña de huesos, fue abriendo un hueco en su interior, que nos absorbió a todos, en un descuido.

Pensamos que este era nuestro final, pero cuán equivocados estábamos, porque, una vez encerrados entre los esqueletos, el hueco se volvió a abrir, y nos expulsó hacia fuera.

Pero, al salir, no nos encontramos de nuevo con la tumba dónde habíamos estado antes, sino que nos encontramos justo enfrente, de un can que bien podría haber sido El Señor de los Huesos.

Era un perro viejo y grisáceo, con unas largas barbas, pero era muy, muy similar a mí. Un gran manto de piel de lobo, cubría su espalda. Sobre su cabeza, lucía una corona fabricada con ramas, y pequeños huesecitos que la decoraban. Se encontraba echado, con una pose que me recordó también a mí. Todos nos situábamos, en una cueva, que parecía la boca de un perro, repleta de estalagmitas que formaban los dientes, de las que caía agua a un ritmo regular.

Nos miraba atentamente mientras se mesaba las barbas. Sin embargo, fue él esta vez el que inició la conversación.

-¿Balto? ¿Balto? ¿Eres tú?

-¿Señor?-dijo Balto-¿Señor de los Huesos?

-¡Balto!

-¡Señor!

-¡Que alegría verte por aquí! ¡No recibía una visita como esta desde hacía miles de años!

-Disculpadme si he dejado mi puesto como Perro de la Aurora Boreal, que vela a todos los Canes de la Tierra. Si lo he dejado, ha sido solamente por unos días.

-¡No tienes por qué disculparte! ¿Acaso uno no puede tomarse unas vacaciones decentillas? Además, es un placer para mí que hayas venido a visitarme.

El que parecía ser El Señor de los Huesos, se agachó buscando algo. Pareció encontrarlo, cuando cogió un colmillo de elefante hueco, y lo puso bajo las estalagmitas, esperando a que el colmillo se llenase de agua.

-¿Te apetece un poco, de Agua a la Estalactita?

-¡Claro! Pero… ¿Vos no bebéis, mi Señor?

-Yo no necesito beber ni comer…

-Yo tampoco, Señor, estoy muerto igual que usted…

-¡Claro! Pero yo llevo millones de años sin hacerlo, tú solo unos ochenta, y nunca sienta mal un buen cuenco de Agua a la Estalactita, ni siquiera a los muertos… Y, perdonad el recibimiento de mi guardián… Siempre ha sido así… Pero es un perro de muy buen corazón, los años le han vuelto un poco majara… Se llama Adjudant, Khan de los Canes, y es el perro doméstico que más años ha vivido en la superficie terrestre… Es un perro indio, y salvó a un pequeño niño de un gran incendio… Cuando intentó salvar a los demás, murió entre los escombros del fuego. Pero yo, como El Señor de los Huesos, tenía pensado darle mucha más vida… Bueno, lo dicho, ¡Bienvenidos a Canis Natura!

-¡Un momento! Pero… ¿Sois vos en verdad El Señor de los Huesos?-interrumpí yo la conversación.

-¡Claro que sí, pequeño!-dijo Balto-¡Te presento al mismísimo Gran Perro, El Señor de los Huesos!

-¡Caramba, encantado de conoceros!

-¡Oh, que muchacho más majo! ¡Me recuerdas a mí cuando era chiquito! ¡Si hasta tienes la pata torcida! ¿Cuántos años llevas muerto? ¡No recuerdo haberte quitado la vida! ¡Ni a ti, ni a tu compañera!

-Bueno, es que…-contestó Balto-Para eso venimos. Señor, Yogui y Lazzie son… Mortales.

-¿Mortales? ¿Están vivos? ¡Pero, Balto! ¿Cómo se te ha ocurrido guiarles hasta aquí? ¡Es un grave desacato a las reglas!

-Lo sé, Señor… Pero este es un caso especial, Señor…

-¿Cómo va a ser especial?

-Señor, hemos pasado muchas penurias para llegar hasta aquí… No nos puede expulsar ahora. Verá, hemos averiguado el enigma, y hemos entrado a la Tumba de vuestro descendiente Hachiko, el Perro del Polen, que no se separa de sus amigos, el cuál, casi tiene la pata tan torcida como vos, y casi logra ser el que obtendría el Hueso. Pues… Lo que sucede… Es que Hachiko, no es el Elegido. Pero, Yogui, es también un descendiente suyo.

-Ya, ¿y qué? ¡Este chucho! ¿No pretenderás decirme que él sí es el Elegido?

-Pues, Señor, es justo lo que pretendía decirle.

El Señor de los Huesos, se quedó atónito. También se quedó un rato observando mi pata.

Cuando parecía haberse calmado, clamó.

-¡¿Y lo has traído aquí?! ¡¿Sabiendo el peligro que eso supone?! ¡Hay miles de descendientes detractores, crueles, infieles y blasfemos, que desean hacerse con el Hueso! Y tú les guías hasta aquí. Pues te diré una cosa, Balto. Este chucho, desaparecerá de aquí, en cuánto de una patada con mi Pata Torcida en el suelo. ¿Queda claro? ¡Y muy probablemente, te quite tu alma, Balto, o al menos tu Aurora Boreal! ¡Has puesto en peligro a El Hueso! ¡Y con él a todo el Mundo Animal! ¡Y a la Ciudad de Canis Natura, dónde ahora estamos, el Paraíso en el que los perros han de descansar en paz…! ¡¡¡Eternamente!!! Pues mi querido Elegido, va a dejar de serlo en cuánto se muera… ¡¡¡Eternamente!!!

-¡Espere! ¡No, Señor! Yogui solo quiere encontrar su destino. Ha sido una mascota toda la vida, y considera que quiere ser algo más en la vida, quedarse con usted a vigilar El Hueso. Él no quiere nada de apoderarse de los animales.

-Tienes razón, Balto… No creo que este encantador cachorro quisiera hacer daño a nadie. Pero es que esos bárbaros, me persiguen. No pueden encontrar El Hueso, o será el fin para todos los animales que habitan este planeta.

-Pero… ¿Vuestros propios descendientes, quieren hacer el mal?

-Sí, Yogui. Te lo explicaré todo desde el comienzo. Hace millones y millones de años, los perros aún no eran perros, sino lobos. Lobos salvajes. Y no tenían contacto alguno con los humanos. Pero hubo un lobo, llamado Pata Torcida, que tenía la pata más torcida que jamás se hubiera visto, y que era discriminado por sus compañeros. Sin embargo, Pata Torcida, trabó amistad con los humanos, y a pesar de que esto provocó un rechazo aún mayor entre sus congéneres, logró, después de una ardua batalla contra malvados y envidiosos lobos, que iniciase una época de paz entre los humanos y lobos. Todos se ayudaban mutuamente, y uno era imprescindible para la supervivencia del otro. Pata Torcida era el rey. Además, también consiguió que las diferentes tribus de lobos no se peleasen por ser ellos quienes tuvieran en su poblado el Hueso para vigilarlo. Como sabrás, El Hueso fue otorgado a los Reyes Perrunos, fieles ayudantes de los Reyes Magos, por el Dios Cristiano, para que ellos se ocupasen del Mundo Animal, y ellos, a su vez, confiaron la tarea de vigilar El Hueso, a sus congéneres Canes, sin dejar de proteger ellos también El Hueso.

-Sí, me sé la historia.

-En fin, el reinado de Pata Torcida fue una Época Dorada para el mundo, y el perro comenzó a nacer. Pero, una vez muerto Pata Torcida, algunos lobos se revelaron contra su ley, y secuestraron a los descendientes que él había dejado, educándolos en maldad y en la propia filosofía de los lobos, solo unos pocos lograron escapar. Así pasaron varias generaciones, habitando los descendientes del pobre Pata Torcida, entre los lobos, con sus mismas sanguinarias ideas, y sin saber siquiera quienes eran en realidad. Hasta que yo, hice lo que hice, ya conoceréis la historia, y vencí a los lobos, regresando con mi verdadera familia. Como sabéis, me enviaron para que les trajese información sobre El Hueso, y para que les guiase hasta él. Pero me enamoré. Y me arrepentí para siempre de lo que estaba haciendo. Como veis, todos merecemos una segunda oportunidad. Somos libres de escoger, y podemos cambiar. Pero todos cometemos errores. A pesar de que, cuando les dije la verdad a todos los animales del bando de los Reyes Perrunos, se enfurecieron, me ayudaron, gracias a mi amada, que les convenció a todos, y a que vieron que estaba profundamente arrepentido. Por ello, volví con los lobos, y les llevé hasta una cueva, dónde les encerramos. Pero me oculté en esta gruta para proteger El Hueso, y nunca más volví a salir. Fue un paso más hacia la formación completa del Can. Sin embargo, los perros no se formaron del todo hasta los tiempos del famoso Rey Yogui I, el primer perro que existió, miles de años después de que yo me ocultase aquí. Tu nombre desciende de ese perro, Yogui. Es un honor llamarte así, como él.

-Gracias…

-Pero, has de saber, que ese nombre desciende a su vez de Yocki, que significa en una antigua lengua, “Pata Torcida”. Yo me llamo Yocki.

-¿Yocki?-recordé a Don Raposu instantáneamente.

-Sí, Yocki. Tu nombre, en efecto, proviene del mío-sonrió-Además, ¿nunca te has parado a pensar que eres un perro muy especial?

-Bueno… Todos somos especiales.

-Exacto. Pero un perro tan especial como tú, ha de tener una raza. Y así es.

-¿¿En serio??-estaba fascinado.

-En serio. Tu raza es la más maravillosa y legítima de todas las razas caninas, ya que, posees la raza de ese primer perro que existió, Yogui. Por eso te llamas así. Tu raza proviene del aspecto original de los primeros canes.

-¡Guau! ¿De veras?-cada vez me asombraba más.

-Ajá-asintió El Señor de los Huesos-Pero, no cambiemos aún de tema. Yo volví a conseguir, bueno, más o menos, lo que hizo mi ancestro Pata Torcida, del que proviene mi apellido: Que no hubiese guerras entre los lobos y los perros o sus diferentes tribus. Sin embargo, a pesar de que los lobos están desterrados a los bosques, en los rincones más recónditos de la Tierra, condenados a no relacionarse con nadie que no sea de su especie, existe un grupo llamado “Lobuista”, que curiosamente está formado mayoritariamente por mis variados descendientes, que desea conseguir El Hueso para fines bélicos.

-Sé lo que es eso… Mi padre… Es uno de ellos…

-¡Oh, que terrible! ¡Pobre cachorrito mío! Bueno… Así que lo que quieres, es vivir aquí conmigo. Te advierto que es horriblemente aburrido… Pero… ¿acaso no tienes familia?

-Bueno, sí, mi Padre, el Lobuista, y…

-No, no, no, no me refiero a esa clase de familia… Cuando yo vivía muchos perros habitaban con los humanos, como si fueran sus hermanos, y nunca se separaban de ellos. Hace mucho que no salgo fuera, ¿acaso las cosas no siguen siendo así?

-Sí. Sigue habiendo humanos y perros juntos-dije yo.

-¡Pero son unos monstruos!-“saltó” Lazzie-¡Tienen a sus mascotas como juguetes, y no les dejan conocer la libertad! ¡Les hacen creer que ellos también son personas, y no les cuentan ni tan solo quién sois vos!

-Tal vez si no les cuentan quién soy yo… Es porque no lo saben.

-¡Ya, pero son malvados, y…!

-¿Y qué, mi pequeña? Desde los tiempos de Pata Torcida, los humanos y los perros han sido como auténticos congéneres. Ellos son diferentes de nosotros, y a veces pueden cometer errores. Pero nos quieren, al igual que nosotros les queremos a ellos, y a veces somos injustos. Tienen errores, pero… ¿quién no los tiene? Ni siquiera las divinidades son perfectas… Pero nos perdonamos los unos de los otros, y aprendemos, enmendamos errores… Y admitirlo es de sabios. Que haya humanos malvados, no significa que sean todos igual. ¿O acaso entre los perros no están los perversos Lobuistas? Los seres vivos somos libres de decidir que camino hemos de tomar… Algunos se hacen malvados, otros sabemos escoger el camino correcto… Estoy seguro de que tú, mi niña, podrás encontrar una buena familia humana, que te acoja…

Yo agaché las orejas. Estaba más confundido que nunca. La mayoría de animales a los que había conocido habían tratado a los humanos de “Bárbaros”. Esperaba encontrar mi camino, con El Señor de los Huesos. Que él me guiase y me ayudase también a plantar cara a los humanos, y a iniciar un Reinado de los Perros sobre los humanos. Lazzie y otros tantos me habían incitado a ir por el camino de la guerra, del odio, del rencor. Y cuando he encontrado por fin a El Señor de los Huesos, me dice que he de volver con los humanos, mi verdadera familia.

-Así que te has escapado de casa, ¿eh?

-¿Cómo sabéis vos eso?-pregunté sorprendido.

-Yo lo sé todo. Y tus dueños anhelan verte otra vez. No importa la raza, ni la especie. Todos somos hermanos. Y ellos también son tu familia.

-Pero…

-Vé, mi pequeño, por el ojo de la sabiduría.

Entonces, se arrancó el ojo de cuajo, y me lo acercó. En él veía, a mis tristes dueños, sollozando por mí.

Yo no sabía que pensar. Verlos tan tristes me dio muchísima nostalgia y lástima. Sentía que debía regresar con ellos, pero… ¿Había hecho este viaje para nada? ¿Cómo era eso posible?

El Señor de los Huesos, se volvió a colocar su ojo.

-Haz lo que desees. Eres libre de decidir. Pero, ellos, han sido los que te han criado, y lo que han vivido toda su vida contigo. Los perros, necesitamos a unos hermanos de otra raza para ser felices, y compartir nuestros sentimientos. Los perros y las personas, estamos unidos. Por cierto, Yogui, supongo que sabrás que eres el Elegido, y lo que conlleva serlo. Si deseas quedarte, tendrá que ser como El Señor de los Huesos, y yo descansaré en paz. Si decides convertirte en lo que yo soy ahora, no podrás irte. Tienes que proteger El Hueso, hasta que un nuevo Elegido, decida ocupar tu puesto. Pero solo hay un Elegido cada cien millones de años. Hasta entonces tendrás que esperar.

Me quedé pensativo.

Pero los milagros no habían hecho más que empezar.

-¡Ah, socorro! ¡Me duele! ¡Me duele mucho! ¡Creo que voy a morir!-exclamaba Lazzie.

La garrapata había conseguido adentrarse en su corazón, y sacarle toda su sangre.

-¡No puedo más! ¡Estoy muriéndome! ¡Socorro! ¡Que alguien haga algo!

-¡¡Apartaos!!-gritó El Señor de los Huesos.

Se acercó a Lazzie.

-Insecto cobarde y minúsculo, que te atreves a perjudicar a los demás de la única manera que puedes, alimentándote vilmente de su sangre. Sal del cuerpo de mi hermana, de mi hija legítima. Sal de su alma, porque jamás te apoderarás de ella.

¡Polvo eres, y en polvo te convertirás!

Un rayo de luz invadió la estancia. Lazzie abrió los ojos que antes, sin que le quedasen fuerzas, había cerrado, y sonrió.

-¡Hija mía! ¿Estás bien?-El Señor de los Huesos la abrazó.

-¡Lazzie! ¡Querida!

-Yogui, gracias por estar a mi lado.

-Jamás te abandonaré.

-Querida hija-interrumpió El Señor de los Huesos-Algo me dice, que deseas que te conceda algo.

-Sí, Señor. Mi madre murió asesinada cruelmente por unos humanos, que me hicieron coger odio hacia ellos. Vos me habéis hecho ver, que no todos han de ser así. Muchos, pueden comprendernos, y amarnos, igual que los canes, nos amamos entre nosotros. Sin embargo, mi familia se ha ido encontrando a lo largo de los años, únicamente con hombres despiadados, según tengo entendido. Mi amada abuelita, a la que yo, ni siquiera conocí, falleció también por culpa de humanos. Mi mamá me decía cuando era niña, que ella había conseguido un alma, que vos le habíais otorgado. ¿Es eso cierto? ¿Podré ver a mi abuelita? ¿También a mi madre?

El Señor de los Huesos agachó la cabeza.

-Lamento lo de tu madre, la cuál arriesgó su vida por salvarte. Pero, no fue suficiente para que le pudiese otorgar un alma. Solo puedo dar un número limitado cada cierto tiempo. Pero tu abuela… Al parecer no sabes su historia. Ella arriesgó su vida por el mundo. Y hay posibilidades de que la conozcas-sonrió.

El Señor de los Huesos se apartó.

Tras él se encontraba una anciana perrita, tan linda, que podría ser un hada.

-Hola, mi niña-dijo dirigiéndose a Lazzie-Mi querida nietecita…

-¡Abuela!-Lazzie corrió a abrazarla.

-Tu abuela, querida cachorrita-dijo El Señor de los Huesos- Es la Perra de las Estrellas, el más importante puesto que se le puede conceder a un espíritu. Se llama Laika, y nació en Moscú. Fue enviada desde Rusia, por los humanos, en un aparato volador, como un ave, al espacio. Fue el primer ser vivo en ir al espacio. Desgraciadamente, la avaricia de esos humanos no conoció límite, y volvieron a enviarla en otra misión, para que llegase hasta la Luna, y la pisase. Ella luchó por conseguirlo. Pero murió a las pocas horas del despegue. Me compadecí de ella, y le di un alma sin pensármelo. Es el mayor y más importante Perro de la Luz de todos.

Pero Lazzie no escuchó mucho a El Señor de los Huesos. Ella había encontrado a su abuelita, que además, era mucho más importante de lo que ella hubiese imaginado nunca. Pero se conformaba con haberla encontrado. Y juntas comenzaron a cantar…

La niña duerme, bajo el azul del cielo,

Y sueña con las doradas estrellas.

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella…

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella…

-Me alegro de que todos hayáis encontrado lo que buscabais. Creo que ahora ya habéis dado con vuestro destino. Será un placer teneros aquí como huéspedes-dijo El Señor de los Huesos.

-Aún no hemos terminado de pediros todo lo que queremos-dijo Balto.

-¿Ah, no? Te escucho encantado, Balto. ¡Habla! ¿Qué ocurre? ¿No quieres volver al cielo, ni abandonar a tus amigos? ¿Es eso, verdad? No te preocupes, puedo conseguir que alguien ocupe tu lugar en el cielo. Puedes quedarte aquí, y ser… El Perro de la Lluvia, y el del sentimiento, que llora, y que ama. ¿Te parece bien? Si en unas semanas alguien no ha ocupado tu puesto como Perro de la Aurora Boreal, de la fidelidad, y la valentía, entonces tendrás que volver. Pero te prometo que en unos meses encontraré un sustituto.

-No es eso, Señor. ¿Usted se acuerda?

-Bueno… ¿Acordarme de qué, Balto?

-De que, bueno, en mi forma inerte, invisible, incolora.– En fin, en mi forma de espíritu que he de adoptar para ir al cielo… No puedo llevar objetos conmigo, porque yo no tengo peso. Soy como el aire.

-Ya lo sé. Yo también puedo adoptar esa forma, claro. ¿A qué viene todo esto?

-Vos me prometisteis que cuidaríais mi preciado medallón, y que le daríais un lugar muy especial. No voy a descuidar mi puesto. Tan solo ver por última vez ese medallón de mi querido dueño. Poder volver tenerlo en mis patas, aunque sea por última vez, y me iré.

-Vaya, con que te refieres a eso.

-No pretendo ser desconfiado. Sé que vos le disteis un lugar especial y lo estáis protegiendo, pero quisiera poder verlo.

-Verás, Balto. Es un deseo imposible. ¡Por mi Pata Torcida! No puedo concedértelo.

-¿No me lo habéis guardado? ¿Me engañasteis?

-¡No pienses eso de mí, por favor! Es solo que… Tú me lo confiaste, y yo te lo guardé. Ese era el trato. No vas a poder volver a verlo en toda tu vida.

-¿Cómo? ¡No me hagáis esto, Señor! ¡Necesito verlo! ¡Tocarlo! ¿No le guardó ese lugar especial…?

-¡Claro que sí…! ¡Y tanto…! Pero… Verás, Balto. Nadie podrá volver a tocar tu medallón.

-¿Y eso por qué?

-No te lo puedo decir…-El Señor de los Huesos agachó la cabeza.

Me arrimé a Balto.

-Lo siento mucho, de verdad. Lamento que tu viaje hasta aquí no haya servido de nada… Pero nosotros te apoyaremos.

-No os preocupéis. Este viaje me ha dado uno de los mayores regalos que pudiese desear: Teneros a mi lado.

-Si El Señor de los Huesos, no te da el medallón, Balto, yo me marcharé contigo. Moriré si es necesario. Tengo un alma garantizada ya que soy el Elegido, e iré contigo al cielo. No te abandonaré.

-Gracias, Yogui. Pero tu destino está aquí. Si El Señor de los Huesos no me da el medallón tendrá algún motivo. No se ha de despreciar. Quédate con él, Yogui.

-No, estoy muy indignado. El Señor de los Huesos ya no es mi amigo.

-¡Os lo suplico! No malinterpretéis las cosas. Yo también lamento no poder darte el medallón.

-Y si tanto lo lamentáis, ¿no podríais al menos explicar a sus humildes siervos la razón de su elección?

-No. Lo lamento.

-Pues nos da igual que lo lamentéis. Yo me voy con Balto.

-¡No os vayáis! No es por cabezonería por lo que no os muestre el medallón.

-¿Por qué, pues, Señor?

El Señor de los Huesos suspiró.

-Porque… el medallón muestra el camino a El Hueso. ¡Es un mapa! He convertido el medallón en un objeto mágico, que muestra la ruta hacia El Hueso, y que solo puede ver, guiado por espíritus, El Elegido.

-¡Por favor, Señor! ¡Solo déjeme tocarlo!

-Lo siento mucho, pero no.

Tanto Balto como yo empezamos a comprender sus razones. Nadie podía saber donde estaba El Hueso, ni podía dejar de estar en un lugar seguro que El Señor de los Huesos tuviese bien vigilado.

-No importa, Señor-dijo Balto-Yo lo comprendo. Bueno, Yogui, Lazzie, espero que viváis muy felices aquí y desearía veros de nuevo algún día.

-Supongo que esto es una despedida-dijo Lazzie-Eres uno de los más maravillosos perros que he conocido.

-Gracias, Lazzie.

-Yo me iré contigo-exclamé.

-No, Yogui. Hazlo por mí. Quédate.

-Te echaré de menos, Balto… Hasta siempre.

-Hasta siempre, mis pequeños.

Balto estaba a punto de marcharse. El Señor de los Huesos estaba realmente apenado.

-Espera, Balto-dijo el Gran Perro mientras volvía a suspirar.

Se quitó su manto de piel de lobo, y dejó ver el colgante sujetado por su cuello. Se lo arrancó y se lo puso a Balto.

-Tenlo tú. Confío en ti, y sé que no caerá en manos de ningún desalmado Lobuista. Tienes entre tus patas el mapa hacia El Hueso. ¡Protégelo!

-Vaya, vaya… ¡Que interesante, abuelito mío!

Todos nos dimos la vuelta y miramos hacia el fondo de la cueva.

Era mi padre.

CONTINUARÁ…


Capítulo 15: Hachiko

Y por fin encontramos la Ciudad Perdida…


Pues eso… ¡Por fin encontramos la Ciudad Perdida! ¿Qué sucederá después? ¿Nos encontraremos con El Señor de los Huesos?

XV) Hachiko


La sombra, se ocultó rápidamente al oír aquella voz.

-¡Yogui! ¡Lazzie! ¡Venid, rápido! ¡Hemos encontrado algo!

La voz que gritaba, pertenecía a Balto.

-¡Balto, Balto! ¿Qué ocurre? ¿Habéis entrado en la Ciudad Perdida?-dijimos Lazzie y yo, a la vez.

-No, pero estamos a punto.

-¡Bravo!-dijimos, Lazzie y yo, de nuevo.

-Espero que os hayáis portado bien, y que no hayáis cometido ninguna travesura, ¿verdad?

Nos reímos, mientras nos guiñábamos un ojo.

-Si nosotros te contáramos.

-En fin… Tenemos que ir con Crinés. Nos está esperando.

-¿Adónde vamos, Balto?

-Ya lo veréis…

Salimos del parque, y comenzamos a caminar otra vez, por las despobladas calles de Odate.

-¡Qué raro!-exclamó Balto-¿Qué hacen todos esos coches de policía por ahí? ¡Parece que hayan detenido a alguien!

Lazzie y yo, nos miramos el uno al otro.

Pudimos escuchar algunos gritos que provenían del camión de policía, algo así, como:

-¿Quieren dejar de gritar que no quieren que este chihuahua les vigile en el coche, por si acaso se escapan?

-¡No! ¡No queremos! Los perros organizan una revolución, ¡son más inteligentes de lo que pensábamos! ¡Tienen una mente privilegiada! ¡Nos persiguen por todas partes…!

-Pues hoy por la mañana, bien que no tuvieron remilgos en ponerse a perseguir a unos animalitos inocentes por toda la ciudad.

-¡Pero aún no sabíamos de la revolución! ¡Hasta saben hablar! Estamos seguros, pero nos lo quieren ocultar…

-Me da a mí, que más que a la cárcel, ustedes tienen que ir al manicomio… En fin, me da igual si les da miedo nuestro querido chihuahua. Hay órdenes de que les vigile el perro, y yo no puedo quebrantarlas…

-¡¿Quebrantarlas?! ¡O no, Johny Quebrantapiedras, el Amo! ¡Su fantasma también nos persigue! ¡Usted es la reencarnación de Johny Quebrantapiedras!

-¡Al diablo! ¿Quieren estarse callados de una vez?

-¡El fantasma del Amo! ¡Socorro!

-¡¡¡¡¡Cállense!!!!!!

De todos modos, nosotros dos sabíamos muy bien de quienes eran esas voces.

-Bueno, Balto. No podemos esperar ya más… -dijo Lazzie.

-Sí-añadí yo-¿De qué se trata la sorpresa?

-Veréis… Crinés me llevó al Cementerio de Perros, como me había prometido. Pero allí solo había tumbas y tumbas de perros vulgares y corrientes… Nada, comparado, con esto…

Nos enseñó un folleto con Johny Quebrantapiedras en la portada.

-Lo encontré en el cementerio. ¿A que no adivináis de que se trata?

-¡No, Balto! ¿De qué se trata?

-Bien, resulta, que nuestro querido Pez Gordo, Johny Quebrantapiedras, iba a organizar esa reunión, la conferencia, “Pequeño Corazón Animal”, en la estación de la ciudad, frente a una estatua, la estatua del Gran Perro.

-¡Sí, el Gran Perro! ¡Es verdad! ¡Él me lo contó! El Gran Perro… Pero, ¿qué quería decir?

-Cuando los japoneses dicen Gran Perro-continuó diciendo Balto-Quieren decir… Hachiko.

-¿Hachiko?

Pero Balto, no me contestó, porque en ese momento, apareció de entre la niebla, Crinés Rinés de Inés.

-¡Caramba! ¡Cuánto habéis tardado!

-Es que tardé en encontrar a Lazzie y a Yogui… Mea culpa-Balto sonrió.

-Bien, ¿les has contado lo que hemos averiguado?

-En ello estaba…

-No importa, comenzaré desde el principio.

-¡Gracias, Crinés!-dije-¿Quién es Hachiko, pues?

-Hachiko, el perro fiel, fue un perro de raza Akita, nacido en 1923 en la ciudad de Odate. Fue trasladado a Tokio por Eisaburo Ueno, su dueño, cuando apenas era un cachorro. Un amigo se lo había regalado. Pero, surgió un problema. El profesor fue destinado a Tokio, para impartir sus clases del departamento de agricultura. Y él, tuvo que aceptar. Así que, decidió llevarse a Hachiko con él, dos días en tren, metido en una caja.

-¡Qué crueles humanos!-dijo Lazzie.

-Cuando los sirvientes del profesor fueron a dárselo a éste, se dieron cuenta de que estaba muerto. El profesor, disgustado, lo cogió en cuello, y se lo llevó a su casa. Cuando llegó a su nuevo hogar, lo primero que hizo, antes de organizar todo, fue sentar al perrito en su regazo, y darle un poco de leche caliente. El cachorrito fue abriendo los ojos, y fue despertándose de su triste sueño.

El profesor, vio que tenía una de sus patas delanteras torcida, y se le asemejó a un Kanji, letra japonesa que representa al número ocho, y decidió llamarlo Hachi, que significa, Ocho en japonés… Había nacido, Hachiko, el perro fiel.

Hachi y el profesor enseguida cogieron un gran afecto el uno por el otro, de una forma que jamás se vio entre un animal y una persona.

Todos los días, Hachi iba con su amo a la estación de tren, y allí se despedía de su amo, que iba al trabajo. No necesitaba correa, se quedaba esperando a su amo tranquilamente en un banco de la estación. A la hora de comer, Hachi se levantaba y se aproximaba al tren. Allí, esperaba de entre todas las caras, ver aparecer a su amo. Cuando ambos se veían, los dos corrían para alcanzarse, y se daban un caluroso abrazo. Después, iban a casa, mientras charlaban amistosamente. Aunque ninguno pudiese contestar a lo que decía el otro, se entendían, ya fuese por sus expresivos rostros, o porque eran como un solo ser en diferente raza.

Así pasaron más de cinco años.

Un día normal como otro cualquiera, el perro vio desaparecer a su amo en el tren, como un día normal como otro cualquiera, se sentó en el banco, como un día normal como otro cualquiera, y cuando llegó la hora de comer en un día normal como otro cualquiera, se aproximó al tren como un día normal como otro cualquiera. Pero, a diferencia de un día normal como otro cualquiera, entre todas las caras que salían del tren, no había ninguna conocida.

-¡Lo abandonó!-dijo Lazzie furiosa-¡Será hijo de…!

-¡Chitón! ¡No blasfemes! ¡Murió! ¡Falleció de un ataque cardiaco, y, como todos, no pudo resucitar!-fue Crinés el que se puso más furioso aún-Cada día, Hachi volvía a la estación, y esperaba a que apareciese su amo, a la hora usual. Cuando se hacía de noche, se echaba en el felpudo de su casa.

Así transcurrieron, días, semanas, meses… Pero Hachi, cada vez se sentía más débil. Sin embargo, eso tuvo su solución. La historia de Hachiko, cruzó los mares, y las montañas, se extendió por todo Odate, por toda la región, por todo Japón, y por el mundo entero. Todos conocían a Hachiko, y todos se preocupaban por él. Siempre le traían deliciosas comidas para que probase, le traían compañeros perrunos para que jugase, le daban mimos y caricias, hasta le intentaban llevar a su casa… Pero Hachi solo quería esperar a su amo. Los ciudadanos de Odate, acabaron apodándole, “El Perro Fiel”, que en japonés, se pronuncia con una sola sílaba: Ko… Hachi-Ko. Hachiko.

Pasaron diez años, y Hachiko falleció. Todos los ciudadanos de Odate, lloraron por su muerte, y todos decidieron, erguir una estatua en su honor. Y es ésta estatua, que veis aquí…

Crinés Rinés de Inés, avanzó un poco, traspasó la niebla, y se detuvo frente a una gran estatua de bronce.

-Éste es Hachiko.


-¡Oh, diablos! ¡Qué crueles son los humanos! Estoy segura de que el profesor no murió, y que le abandonó a su suerte…

-Lazzie-dije yo-No estoy de acuerdo. La verdad, llevaba unos días, en que estaba convenciéndome de que los humanos son malvados y terribles, pero esto me ha abierto el corazón. Ya no sé qué pensar… Mis dueños, ¿me quieren en verdad? ¿O no se preocupan por mí?

-¡Todos los humanos son unos bárbaros!-siguió diciendo Lazzie.

-Yo lo dudo-contestó Balto.

-¡Silencio!-dijo Crinés-Veréis, nosotros, los caballos, seguimos una religión.

-Pues espero que no sea como la de Monóru…

-¿Disculpa? Nosotros no creemos en la guerra entre una raza y otra. No creemos que haya razas malvadas, y razas buenas. Nosotros creemos en la paz.

-Pero… Tú viste lo malvado que es Johny Quebrantapiedras, el humano. Viste como trata a los animales-señalé yo.

-¿Y qué? ¿Acaso eso va a influir para que yo piense que todos los humanos son como él? Eso es no tener personalidad, y dejarse llevar por lo único que ves, cuando aún no has descubierto ni la mitad de las cosas. ¿Tu padre acaso no es malvado, según me contó Balto?

-Bueno, sí, pero…

-¿Y, alguna vez tus dueños te han tratado injustamente? Los caballos creemos que cada uno es distinto. Todos tenemos nuestros propios pensamientos, puntos de vista, y personalidad. Al igual que hay animales malvados y buenos, también hay humanos bondadosos y humanos despiadados. La vida de los caballos, depende también de los humanos.

-¿Cómo…?

-Nosotros creemos en la igualdad entre todas las especies. Por ello, creemos que cuando un caballo nace, está conectado con un humano, un humano, que es diferente a él físicamente, pero que está ligado fuertemente al caballo. Así nace la primera gran amistad de un caballo.

-¿Cómo sabes cuándo es tu humano?

-Se sabe. Solo hay un Jinete para un Caballo, y un Caballo para un Jinete. Cuando el Jinete se monta sobre ti, lo sabes. Sientes que estás fuertemente conectado con él, y aunque no puedas hablarle, uno siente los mismos sentimientos del otro. Le comprende, y aunque no pueda consolarle hablándole cuando está triste, solo necesitas dejarle que se suba a ti, porque eso es lo que le hace consolarse: Estar contigo.

-¿Ya has encontrado a tu Jinete?

-Aún no. Pero ya me han montado muchos humanos. Algunos eran crueles, como los sirvientes de Quebrantapiedras, otros, simplemente, no eran mi Jinete. Mi Jinete tendrá mis mismos sentimientos, buscará ansioso un caballo con quien compartir sus mejores momentos, y será dulce de corazón, igual que yo. Nos sentiremos unidos, como uno mismo.

-Vaya, Crinés, eso es… Maravilloso-dijo Lazzie.

-Sí.

-Pero,-dijo Balto-Sigamos hablando de la estatua. Frente a esta estatua quería celebrar Johny Quebrantapiedras, su famosa reunión, en honor al amor por los animales. Pero aquí viene la parte interesante… La estatua, fue construida en abril de 1934, pero fue fundida y convertida en armas de guerra, como el resto de las estatuas de Japón, a causa de la Segunda Gran Guerra Humana (O “La Segunda Guerra Mundial” para las personas). Por lo tanto, el hijo de Teru Ando, constructor de la primera estatua, decidió volver a construir esa escultura. Da la casualidad, de que ambos, padre e hijo, eran unos grandes amantes y protectores de los animales, hasta tal punto, que cuenta la Leyenda, que El Señor de los Huesos, les encargó la misión de proteger a los perros y animales en general. Les nombró Hijos de las Estrellas, más concretamente, Hermanos del Aire, que vela por la seguridad.

-Exacto-añadió Crinés.

-Creemos-Balto volvió a hablar-Que al arrancar la primera estatua de su Lugar Sagrado, quedó una entrada a una gruta. Afortunadamente, todo el mundo “sabía” que eso no era más que la Tumba de Hachiko, y no les agradaba la idea de entrar allí. Pero el constructor de la estatua, sabía que allí se ocultaba la Ciudad Perdida, y que era un Lugar Sagrado…

-¡Guau!-exclamamos Lazzie y yo-¡Increíble!

-Los habitantes de Odate, decidieron volver a construir la estatua. Así que, el constructor, antes de fallecer, le pidió a su hijo que se ofreciese voluntario para construir la estatua. Con que, el hijo del escultor, tapó la entrada de la Ciudad Perdida, pero, dicen los mitos, que, si aplicas la adecuada contraseña, la tapa se abrirá, y podrás entrar en la Ciudad Perdida.

-¿Una contraseña?

-¡Claro! Hachiko murió al pie de dónde se levantó después su estatua, porque sabía que era Tierra Sagrada, y que se llevarían su espíritu a la Ciudad. Pero, entonces la entrada estaba tapada con tierra. Cuando fabricaron su tumba, debieron ignorar la gruta que conducía a la Ciudad Perdida, y no quisieron investigar hacia donde conducía. Pero, al fundir la escultura, la entrada quedó abierta. Nadie se acercaba allí, porque no tenían ganas de ver un cadáver descompuesto.

-Pero… Un momento-dije yo-¡Ahora todo cobra sentido! ¡Claro que sí!

Dónde el Reino Perdido esté

Y también el Hueso verás,

Estarán los huesos,

De alguien más…

Bien, eso ya sabíamos que era una tumba, pero…

El mejor amigo del hombre,

Nunca se separará,

De lo que por la Muerte,

Separado está…

Y este viejo acertijo prueba,

El Dicho, que dice verdad.

¿Es que no os dais cuenta? ¡Se refieren a que aunque su amo hubiese muerto, Hachiko nunca perdió la esperanza de encontrarlo! Siempre se quisieron, aunque estuviesen separados, siempre hubo una conexión entre ellos. Hachiko, un perro, tuvo por mejor amigo, a un hombre.

-¡Exacto! Pero aún seguimos sin saber cómo entrar…

-Creo… Creo que tengo algo… Sí…-dijo Balto.

-¿Qué tienes?

-¿Recuerdas, Yogui, lo que ponía mi collar? “Balto: : Resistencia- Fidelidad- Inteligencia. Perteneciente a Boby Kamarát”. Pues aquí, en el folleto, pone que…

-Un momento, un momento… ¿Sabes leer humano?-dijimos Lazzie y yo.

-¡Pues claro!-dijo Crinés.

-¡Por supuesto! ¿Cómo queríais si no que Crinés y yo nos enterásemos de todo lo que os hemos contado? En el cielo, se aprende mucho, niños. Como dije un antiguo proverbio japonés: “Hay cosas que se aprenden hasta muerto”.

-Vaya…-ambos nos quedamos patidifusos.

-Bueno, lo que quiero decir, aquí pone también algo parecido a lo que ponía mi collar: “Hachiko: Amor- Lealtad-Valor”. Y, si os fijáis, en la base de la estatua. Hay una especie de imágenes que juegan el papel de jeroglíficos. Son un corazón, un león, un perro, una aguja, una mariposa, una paloma, y una nube. ¿Qué creéis que pueden significar?

-¡Claro! Hay que apretar los dibujos, en el orden correcto. Pero alguno, sin duda sobra. Creo que… Amor, se describe con un corazón.

-Bien-dijo Balto, y lo apretó.

-Lealtad, con un perro, nosotros somos muy leales, aunque también somos muy valientes… Pero sin duda, el papel de Valor, se le asigna… ¡Al león!-Lazzie parecía haber resuelto el misterio en menos de un minuto.

Balto apretó el último dibujo, e intentó levantar la tapa.

-¡Ahhh! ¡No se puede! Creo que mi idea no iba bien encaminada.

-Yo creo que sí-dije-En las películas humanas de aventuras, muchas veces, se dan vueltas a ruletas, o esculturas, para abrir una entrada, y ya que son, tres dibujos, podremos darle tres vueltas.

Así que todos nos dispusimos a girar la estatua de Hachiko, con toda nuestra fuerza.

-Y ahora… ¡Hay que levantarla! Una, dos y…

-¡Bravo!-gritó Crinés-¡Lo hemos conseguido! ¡Hemos abierto la entrada!

-Sí,-dijo Balto-Pero hemos pegado un buen golpe al levantar la estatua, y las luces de los edificios se están encendiendo. Hay gente asomándose por las ventanas, y gente saliendo de sus portales. ¡No tardarán incluso en venir guardias!

Efectivamente, la gente se había despertado con todo el alboroto.

-¡Rápido! ¡No hay tiempo que perder! ¡Entrad!-gritó Crinés.

-¿Tú no vienes, Crinés?

-¡No! Yo tengo que encontrar a mi Jinete, y no creo que El Señor de los Huesos, se dedique a resolver problemas de caballos, precisamente.

-¡Espero que lo consigas!-gritamos.

Crinés Rinés de Inés se alejó, y nosotros lo perdimos de vista.

Pero, con las prisas, se nos olvidó de volver a tapar la entrada a la gruta.

Los tres, nos adentramos en la misteriosa gruta oscura, con la esperanza de encontrar a El Señor de los Huesos.

CONTINUARÁ…

Capítulo 14: Amor

Castrado y con nueva novia…


Vuelvo a las andadas. Aunque ahora que estoy castrado tengo que decir que soy un perro verdaderamente feliz, ya que no tengo que preocuparme por las chicas ni por hacer cosas con ellas. Pero una cosa es eso, y otra cosa es el amor. Y es que por Lazzie, no era “excitación” lo que sentía, sino amor, un gran amor, afecto y cariño. Un amor que no había sentido por nadie. Así que, perdonad por las cursilerías que voy a decir en este nuevo capítulo, pero esto es un diario, y lo que voy a contar, refleja a la perfección lo que sentí aquella encantadora noche.

Os dejo con…

XIV) Amor


La misteriosa figura dio media vuelta y se escondió entre los arbustos.

-Juraría haber visto algo-dijo Lazzie.

-¿Algo? No… Estooo… No, no. Yo… no he visto nada.

-¡Qué extraño!

-Bueno. Habrá que ir… caminando hacia el parque. ¿No? ¿O… prefieres… ir a otro sitio?

-No. No. Podemos perdernos, y a ver cómo nos organizamos para encontrar a Balto.

-Como… prefieras.

-Pues pongámonos en marcha.

Una sonrisa de satisfacción se representó en el rostro de la misteriosa figura.


Estaba anocheciendo, y la niebla cubría las calles de Odate, en Japón. Lazzie y yo, veíamos bien poco, y nos costaba caminar sin tropezar con alguna piel de plátano, o alguna cáscara de nuez, que los humanos habían desperdigado por ahí.

Las aceras estaban despobladas. Caminábamos solos, aunque, al menos a mí, me daba la impresión de que alguien nos seguía los pasos. Pero, caminar al lado de Lazzie, era más de lo que había soñado nunca, y hacía esfumarse a todos los temores y males que rondaban en mi pequeña mente.

Estuve pensando en ello durante casi una hora, hasta que, por fin, nos detuvimos ante un gran recinto repleto de prado y jardín. Desgraciadamente, estaba vallado, y un fornido guardia, vigilaba la entrada.

Un cartel indicaba: NO PERROS.

Y aunque entiendo todos los idiomas, no sé leer humano, y la señal siempre se ha representado con un perro haciendo sus necesidades y una raya diagonal tachándole.

Era algo así, pero con letra japonesa:


El guardia parecía no habernos visto, así que nos aproximamos, pero… ¡notó nuestra presencia!

-¡Ey, chuchos! ¡Venga, fuera! ¡Alejaos! ¡Rápido! Se prohíbe la entrada de perros, ¿o es que no lo veis aquí? ¿Eh?

Llevaba una enorme porra, a la que yo tenía miedo, y con ella señaló el cartel que antes tanta rabia me había dado.

Lazzie y yo, retrocedimos un poquito.

Entonces, noté como un elegante señor, vestido de etiqueta, se acercaba con su elegante mascota perruna: Un cursi caniche de pelo blanco, que andaba firme y coquetamente. Su dueño se dedicaba a pasar las hojas de un libro sobre cómo educar a los perros, y de vez en cuando, le soltaba a su mimado can, algún comentario, como si le fuese a contestar.

-¿Y ahora que vamos a hacer para entrar ahí?-me dijo Lazzie, mirando al señor de la porra.

Pero yo había estado todo el rato, reflexionando sobre el hombre elegante, así que le contesté:

-Tú… Espérate aquí… Creo… Creo que tengo algo.

Y me acerqué al guardián.

-¡Espera, Yogui, no! ¡¿Estás loco?!-me gritó ella.

-¡Eh! ¡Perro! ¿No te dije que te alejaras?-y me amenazó con su porra.

Acto seguido yo me tiré al suelo, y comencé a gemir lastimosamente.

El hombre elegante oyó los gemidos y se acercó corriendo.

Se agachó a verme:

-¡Oh, cielos! ¡¿Qué le ha hecho a ese pobrecito perrito?! ¡Está malherido!

-Yo… nada… Solo levanté un poco mi porra-dijo el guardia desconcertado.

-¡Los perros son muy sensibles!

-Pero, es que de alguna forma tenía que impedir que entrase en el parque, ¿o no?

-¡Asesino! Le ha asesinado-arrimó su oreja a mi pecho-¡No le late el corazón! ¡Oíd todos los que estéis por aquí! Este hombre que veis aquí, es un asesino de animales-comenzó a dar voces- Se dedica a hacer daños a canes inocentes con la excusa de que han quebrantado alguna norma.

-¡Oiga! ¿Quiere callar?-el guardia le tapó la boca-¡Deje de armar tanto alboroto, o seré yo el que le denuncie por escándalo público!

-¡Asesino!-siguió gritando.

-¡Oiga! Si tanto le interesa ese perro, ¿por qué no se lo lleva a su casa y le da un tazón de lechita caliente?

-¡Tiene dueño! ¿No ve que lleva collar?

-Pues llevéselo a su casa de verdad, pero a mí déjeme en paz.

-Eso es lo que haré-dijo muy convencido el hombre elegante.

-¡Pues al diablo!-e hizo un gesto grosero.

Pero, entonces, yo me levanté de un brinco, y, junto con Lazzie, pasamos por debajo de las piernas de los dos humanos, y conseguimos traspasar las vallas, metiéndonos por entre los barrotes.

-¿Lo ve? ¡Ha huido de usted! ¡Le tiene miedo! ¡Gracias a sus “delicadas” formas, se ha espantado, y ha reunido todas sus últimas fuerzas para escaparse!

-¡Sí! ¡Y un cuerno! Esos chuchos no tienen nada que ver conmigo, lo único que me interesa es que salgan ahora mismo del parque-y quiso penetrar en el parque.

-¡Usted lo que va a hacer es ir a comisaría y declarar que hay un perro desaparecido en el Parque Okina Ki, y voy a ir con usted, para asegurarme de que lo hará!

-¡Usted déjeme en paz! ¡Cogeré al perro y lo sacaré del parque! ¡Usted haga lo que quiera con los dos! ¡Pero a mí déjeme en paz!-pegó un resoplido-¡Odio los perros!

-¿Lo ven? ¡Ciudadanos de Odate! ¡Este hombre acaba de confesar que no le gustan los animales, y que por eso se dedica a torturarlos como actividad de ocio!

-¡Oiga! ¡Eso es mentira! ¡Baje el volumen! Y le diré que sí me gustan, y mucho, los animales. Los perros son otro cantar. No tergiverse las cosas, ni meta por medio a esos horribles animales piojosos.

-¡Ahhh! ¡Ha insultado a los mejores amigos del hombre! ¡Blasfemo!

Y el hombre elegante se tiró encima del guardián, y le empezó a dar librazos a diestro y siniestro. El caniche, mientras, animaba a su amo.

-¿Ya has robado ese periódico?

-Sí, Jack.

-¡Pues tráemelo de una vez!

-Aquí está.

-Gracias… ¡Genial! ¡El notición del siglo! Los animales organizan una revolución… Y… se busca, a dos inconscientes Yakuza, causantes de un gran revuelo y desorden en la ciudad de Odate, durante esta mañana. ¡Fantástico! Hoy hemos tenido un día de perros. Nunca mejor dicho. No solo sufrimos accidentes, se nos estropea el coche, una banda de simios nos ataca, y yo, me caigo a una fuente, sino que, después de que esos tres chuchos y ese maldito caballo, se nos escaparan, toda la policía de Odate se pone a perseguirnos. Y nosotros, tenemos que huir, a patita, como animales…

-Bueno, hay que mirar el lado positivo de todo.

-¡¿Y cuál es?!

-Le he robado la cartera a un guardia del Zoo, con el coche en marcha.

-¡Déjame verla! ¡Oh, pero si le has hecho un agujero, con tu maldita navaja! ¡Se ha caído todo el dinero! ¡Solo queda su carné…! ¡Eres un iluso!

-Lo siento, Jack…

-Anda, vámonos. Hay que escapar de la policía. Nos están buscando por toda la ciudad. Hoy dormiremos en algún banco, de algún parque oscuro. No pueden vernos.

-Está bien…

-¡Oh, Joe! ¡Esto es increíble! ¡En un solo día, después de tener una tapadera perfecta durante años, estamos buscados, despedidos, acabados! Se ha muerto el Amo Johny Quebrantapiedras, y si nos llegamos a enterar unos minutos antes, no nos hubiesen liado en esa alocada persecución para dar con esos animalejos inútiles, y nada de esto hubiese pasado.

-Lo siento, Jack.

-¡No sientas nada! La Mafia Yakuza, también está pasando un momento duro. Como su Rey, el Amo, ha muerto, se tardará en elegir un nuevo rey*, y probablemente comience una guerra Yakuza… ¡Eso tenlo por seguro!

Y es que quienes estaban conversando misteriosamente, eran aquellos Yakuza que nos habían estado persiguiendo por la mañana, y que ahora estaban siendo ellos perseguidos, por la Justicia. Estaban buscando un lugar de refugio, y se estaban acercando, ¡al parque dónde Lazzie y yo paseábamos!

Ambos estaban de un humor de gatos (“De perros” para los bipes).

Su aspecto hacía deducir que no se trataba de buenas personas, y que no tenían precisamente “el día”. Eran misteriosos, y muy oscuros, y observaban todo con una mirada criminal.

Por fin, llegaron, a dónde el guardia y el hombre elegante se estaban tirando de los pelos, dándose librazos, bastonazos, porrazos, y mordiéndose como si de congéneres míos se tratara.

Ambos miraron a los recién llegados. Estaban ataviados de negro, como ya comenté en numerosas ocasiones, y parecían una verdadera aparición en mitad de la noche.

-Bueno… Je je…-dijo el hombre elegante-Yo… solo estaba recogiendo mi libro, que se me había caído al suelo… Ya me marchaba… Vámonos, Pudoru…-exclamó el hombre elegante temblequeando.

El guardia se colocó en el centro de su calva su gorra visera, se arregló un poco, se estiró la ropa, y por fin, dirigió la palabra a los hombres vestidos de negro.

-Y bien, ¿qué desean?

-Entrar-dijo frívolamente Jack.

El hombre de la porra, observó detenidamente su apariencia, y “pinta” de maleantes, y finalmente, dijo sonriendo…

-Lo lamento. Pero, como he comentado hace rato, no se permite la entrada de perros-y volvió a señalar el cartel.

-¿Se permite la entrada, de perros con pistola?-Jack le devolvió la sonrisa, y sacó de su gabardina una pistola.

-¡Yogui! ¡Vaya alboroto has conseguido armar! ¡Pero has conseguido que podamos entrar…! ¡Eres… Bueno…! ¡Qué ingenioso eres!

-Bueno-me sonrojé-Se me ocurrió.

Lazzie me guiñó un ojo.

Una figura misteriosa nos observaba escondido tras unos arbustos.

-¡Ja ja ja, hay que ver qué cara se le puso al guardia cuando saqué la pistola!

-¡Qué buena idea has tenido, Jack!

-¡Bueno…! ¡No es para tanto! Aunque para ti sí… ¡Ya quisieras tener tú mis grandes ideas y mi mente privilegiada!

-Bueno… A mí también se me había ocurrido una idea…

-¿Ocurrírsete? ¿Ocurrírsete? ¡A ti lo único que se te puede ocurrir es que es mejor para todos que no se te ocurra nada… ¡Me abrumas con tus idioteces!

-Oye, amigo. ¡Yo no estoy ayudándote en esto para ver cómo me insultas!

-¿Ayudar? ¡Ja! Tú solo has ayudado a que los policías descubriesen nuestro escondrijo… ¡Contigo no hay manera de que seas discreto! ¡Tuvimos que huir de allí… corriendo! ¡Como el diablo! Los “polis” iban en buenísimos coches, y casi consiguen alcanzarnos. Si tú hubieras frenado cuando te dije, tal vez el coche no se hubiese estropeado del todo.

-¡Te dije que no había freno! ¡Los monos lo habían arrancado!

-¡Pues haberles arrancado tú los sesos! ¡A ver si tu inteligencia mejoraba en algo!

-¡Oye, no estoy dispuesto a que…!

-¡Tú no tienes que estar dispuesto a hablar más! ¡Y así me dejas tranquilo un rato! O te juro que te entrego a la policía. ¡Estoy harto!

-¡Son los Yakuza!-dijo Lazzie.

-¡No hay duda!-dije yo.

Ambos nos habíamos escondido en unos arbolejos que estaban cerca…

-Esos malditos perros-siguió diciendo Jack, o Yakuza Nº 1-¡Oh, diablos! ¡Tenía que ser hoy!

-¿El qué, compadre?

-¡Tú calla! ¿No ves acaso, que estamos rodeados de estatuas de perros?

En efecto, la pequeña plaza del parque dónde todos nos encontrábamos, estaba rodeada de estatuillas de perros por todas partes, y en el centro, había tres bancos, y una estatua de Johny Quebrantapiedras, en referencia a su gran “amor” por los perros y animales en general…

-¿Bueno, y por qué eso te molesta?

-¡Aparte de que tengo alergia a los perros, les tengo una enorme aversión a los tres chuchos de esta madrugada, y no me los puedo quitar de la cabeza! ¡Los veo por todas partes! ¡Mira, los veo allí, a lo lejos! ¡Y aquí, al lado mío! ¡Y en tu cabeza!

-Es verdad, son visiones… ¡Horribles! Yo también los veo detrás de esos arbolejos…

-¡Un momento, son ellos! ¡Están ahí!

-Sí, son un “esjepismo”…

-¡No, idiota! ¡Son ellos de verdad!-y le dio un puñetazo en la cabeza.

-¡Qué no! ¡Qué son una visión!

-¡Imbécil! ¡Yo soy el jefe, y te digo que son de verdad!-esta vez le dio un tortazo que resonó por todo lo alto-¡Esos malditos chuchos están a tres pasos nuestros, y nos miran con ojos suplicantes…!

¡Eso era mentira! Lazzie y yo los mirábamos con furia… Ese tipejo no tenía ni idea de expresiones faciales perrunas… Pero sigamos con nuestra historia…

-¡Oh, que tiernos!

-¡No, estúpido! ¡Son tiernos hasta que envían una jauría de monos para que te trituren! Pero esta vez no se escapan… ¡Ohhh!

-¿Y qué vas a hacer?

-Pues… Perritos, perritos… Venid con papá…

Pero Lazzie y yo, aprovechando que había anochecido del todo y ya no se veía nada, corrimos hasta otros arbolejos para escondernos…

-¡Maldición! ¿Dónde se han metido?

-¿Y ahora qué hacemos?

-Creo… Creo que tengo una idea… Aquí, en el bolso… Tengo algo…- y se sacó de su bolsillo derecho un delicioso muslo de ternera. Pero resistí la tentación de salir, más que nada porque Lazzie me agarró por la cola.

-Bueno, y ahora dejamos el delicioso muslito al pie de la estatua de nuestro querido Ex-Amo, que en paz descanse…Y ahora escóndete tras la estatua, Joe, rápido…

-¿Y qué? Son demasiado rápidos y sigilosos. De seguro cogerán el huesecito y volverán a esconderse, sin que nosotros nos hayamos dado cuenta siquiera.

-Pensándolo mejor… Tengo otra idea. Tú, deja de esconderte tras la estatua…

-Pero si acabas de decir que…

-¡Olvida lo que haya dicho! Tengo otro plan mejor… Ja ja…-se frotó las manos.

-¿Ah, sí?-dijo Joe escéptico.

-Quiero que te metas en esa papelera.

-¿Estás loco?

-¡No!-y, sin remilgos, lo metió dentro-Vas a sacarme de ahí la cuerda más grande que encuentres, y, todas las botellas o latas de metal que encuentres.

Después de un rato buscando, Joe extrajo de la basura los requisitos que Jack exigía, y solo entonces le dejó salir.

-¡¿Pero… para que quieres todo esto, Jack?! ¡No lo entiendo!

-¡Cierra el pico! Eh… Un momento. Juraría haber visto algo detrás de esos arbustos… Pero parecía un perro más grande… Bueno, es igual. De lo que se trata, mi querido Joe, es de lo siguiente: Pondremos el muslo de ternera entre los arbolejos, frente a la escultura de ese roñoso, avaro y maldito imbécil que se hizo llamar nuestro amo-rechinó los dientes-Bueno, después, nos ataremos la cuerda alrededor del brazo, y, por el otro extremo, ataremos el huesecillo, y le pondremos en la punta, un poco de chicle pegajoso. ¿No te parece brillante?

-¿Y por qué tendría que parecérmelo, Jack?

-¡Inepto! ¡Ignorante! Porque, los perritos no resistirán la tentación de ir a por su querido muslito, pero… Cuando lo toquen, se quedarán pegados gracias al chicle con el que he rebañado el huesecito. Al tirar, para intentar desprenderse, las latas resonarán, y nosotros nos daremos cuenta, de que han mordido el anzuelo. Entonces, los traeremos hacia nosotros, y… ¡los mataremos!

-¡Fantástico! Yo propongo que les tiremos por un acantilado.

-¡Tú no propongas nada! ¡Yo soy el que propongo!-se señaló con el dedo índice-Les degollaremos. Menos sufrimiento para ellos y menos estrés para nosotros. Estamos bastante ocupados escondiéndonos de la policía.

-¡Cierto!

Lo colocaron todo como estaba previsto, y se echaron en el suelo, a esperar.

-¡Yogui! ¡Ven!-gritó Lazzie-¡Tengo una idea!

-Pero… es muy peligroso salir-dije yo, muy cauto.

-¡Tú ven!

Y me explicó su gran estrategia al oído.

Sigilosamente, Lazzie mordió con sus colmillos el extremo a donde estaba agarrado el huesecito, pero sin llegar a tocarlo para evitar quedarse pegada. Después arrastró el cordel sin que este resonara por culpa de las latas, y lo ató a la estatua de Johny Quebrantapiedras.

Esperó un rato.

Los Yakuza se adormecían por el cansancio.

Al final, Lazzie se acercó a ellos, sin que se enteraran, y rompió el otro extremo de la cuerda a la que estaban agarrados.

Ahora, la cuerda solo estaba atada a la escultura de Johny Quebrantapiedras. Así que, llevó el otro extremo hasta donde estaban los adormilados Jack y Joe, ¡y ató la pierna izquierda de uno con la pierna derecha derecha del otro!

Ahora, me tocaba a mí cumplir mi parte del plan.

Ladré, e hice tintinear las latas.

Los Yakuza, se levantaron rápidamente.

-¡Ah, han picado! ¿Dónde están? ¿Dónde están?

-¡Eh, un momento!

-¡Qué caemos!

-¡Diablos, todas nuestras piernas están atadas, no podemos movernos!

-¡Camina, camina! Venga, yo doy un paso con el pie izquierdo, y tú con el pie derecho.

-¡Eh, una fuerza nos impide andar!-era la estatua de Johny Quebrantapiedras.

Así que empezaron a tirar, hasta que desencajaron la estatua, ¡y ésta cayó sobre ellos!

Comenzaron a correr asustados.

-¡El fantasma de Johny Quebrantapiedras!

-¡Nos persigue!

-¡Qué nos atrapa!

Y, dando traspiés y teniendo mil y un tropiezos, ¡acabaron rodando colina abajo, atados a la estatua!

-¡Un fantasma! ¡Quiere vengarse de lo que le dijimos!

-¡Tú fuiste el que le llamaste “maldito”! ¡La culpa es tuya!

-¡Mentira!

Y rodando, rodando, con las latas haciendo un espantoso ruido, consiguieron alertar a toda la población de Odate.

Terminaron aterrizando, frente a la salida del parque. Cuando intentaron levantarse, se dieron cuenta de que no estaban solos.

El guardia al que antes habían amenazado, los observaba con una sonrisa satisfactoria, y detrás de él, media docena de policías también sonreían, junto a un gran furgón para meter a los presos.

-Bueno, je je… Nosotros… Ya nos íbamos… ¿Eh?

-Sí, ya nos íbamos…

-Lo lamento, caballeros… No se admite la salida de perros enganchados a estatuas…

-¡Guau! ¡Lazzie! Tu idea ha sido fantástica…

-Es que tú no eres el único que tiene buenas ideas… Yo también puedo tenerlas…

-Claro…

-¿Paseamos un rato?

-Está bien…

Así que comenzamos a pasear tranquilamente por el parque… No me había sentido mejor en toda mi vida… A pesar de que la oscuridad reinaba aquella noche, parecía que la Luna había iluminado con todo su brillo a Lazzie, que relucía con todo su esplendor… Sus ojos brillaban a la luz de las estrellas, y, cada vez caía más en la cuenta, de que nunca había visto criatura más bella…

Los búhos nos observaban con sus enormes ojos, y entonaban una cálida y romántica canción, junto con todos los pajaritos y animalitos que por allí había…

-¿Sabes?-dijo Lazzie de pronto-Esto me recuerda a las noches que paseaba por los parques de Rusia con mi madre, en las noches cerradas… Cuando me entonaba esa canción, ese bello poema que nunca olvidaré…

La niña duerme, bajo el azul del cielo,

Y sueña con las doradas estrellas.

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella.

… Entonces me dormía, y ella me acostaba en su cálida espalda… Y ambas nos íbamos a acostar…

-Caramba, Lazzie… Eso es… Precioso.

-Lo es… Ojalá encontremos a El Señor de los Huesos… Y… yo pueda reunirme con mi abuelita, ya que es la única que ha conservado un alma…

-¡No digas eso! Seguro que tu mamá también está allí.

-Quizás, pero lo único que quiero ahora… Es encontrar a alguien de mi familia… ¡Oh, mi pobre abuela! ¡Murió por culpa de esos despiadados humanos! Pero algún día vengaré su muerte…

-Lazzie, vamos, cálmate…

-Yogui…

-¿Qué?

-Cuando encontremos a El Señor de los Huesos…

-¿Si?

-¿Te quedarás con él?

-¿Con El Señor de los Huesos?

-Bueno, sí, y… conmigo… ¿Te quedarás conmigo y con mi abuelita en el Paraíso de los Perros?

-Por supuesto, Lazzie… Jamás nos separaremos…

Me arrimé a ella.

-¡No quiero que nos separemos nunca!

-Siempre estaremos juntos, Lazzie…

-Verás, Yogui, yo… Tengo que decirte algo…

-No, Lazzie, tengo que decírtelo yo a ti… Yo… Te… Te…

-¿Quién es ese?

Nos detuvimos frente a la estatua de un pequeño niño semi-desnudo, con un arco y unas flechas…

-¿Ese? Creo que pertenece a la mitología, o religión, humana… Pero no creo que sea específicamente de Japón…

-¿Por qué tiene un arco?

-Bueno… Creo que es porque… Bueno, se dedica a disparar flechas desde el cielo… A quien le toque su flecha, se enamorará perdidamente del primer ser que vea…

-No creo que exista.

-Yo tampoco… Pero… En caso de que exista… Creo que a mí me ha dado-fui arrimando mi hocico, y le di un lametón…

-Creo que a mí también…-Lazzie me dio otro lametón…

La misteriosa figura observaba la escena con ojos relucientes… Estábamos solos… Era el momento…

Ambos nos dimos un lametón mutuo que me pareció que duró eternamente…

La sombra estaba a punto de saltar contra nosotros… Se estaba preparando… Cuando se iba a abalanzar…

-¡Lazzie! ¡Yogui! ¿Dónde estáis?

Gritó una voz…

-¡Lazzie, Yogui! ¡Yogui, Lazzie! ¡He encontrado algo!

CONTINUARÁ…

Capítulo 13: Persecución por Japón y Monos “Equizorrénicos”

Una alocada persecución


¡…Y llega la décimo tercera entrega…! ¿Casi nada, eh…? En este capítulo, que espero que os guste y os divierta, realizaré, junto con Balto, Lazzie, y un nuevo recluta para la pandilla, Crinés Rinés de Inés, el amigable caballo de la Corrida de Perros de Johny Quebrantapiedras, una alocada persecución por el zoológico, en el que nos disponemos a liberar también a todos los animales prisioneros, perseguidos por los malvados pero torpes Yakuza del Millonario Loco.

XIII) Persecución por Japón, y monos “equizorrénicos”


-¡Monóru! ¡Contrólate! ¡No te dejes dominar por esas supersticiones!

Los ojos de Monóru, se pusieron rojos, comenzó a dar estridentes gritos, y tomó la postura de una bestia salvaje. Se arrancaba el pelo, y se golpeaba el pecho… Se revolcaba por el suelo. Sus dedos se convirtieron en garras, ¡y sus dientes en afilados colmillos!

-¡Monóru! ¡Por favor!

-¡Huiiiiiiid!-gritó con furia.

-Vamos, Yogui, Lazzie, ¡corred!-exclamó Balto.

-Pero… no podemos dejarlo así…-dije visiblemente preocupado.

Pero Balto no nos dio tiempo a quejarnos, ni a Lazzie ni a mí. Nos cogió por el cuello, y empezó a correr velozmente.

¡Pero! ¡Horror…! Monóru, no había podido controlarse, y corrió a perseguirnos sanguinariamente, sin poder evitarlo.

Balto corría como podía.

Pero Monóru, era un ágil simio, y saltaba de Palos de Luz en Palos de Luz (O “Farolas”), y de vez en cuando, intentaba tirarse sobre nosotros.

La gente que por allí pasaba, era inevitablemente empujada por Balto, y éstos se quedaban muy sorprendidos, al mirar al cielo, dónde había un mono salvaje saltando de tejado en tejado.

Llevábamos un buen rato corriendo en línea recta, por las calles principales de la ciudad.

Entonces, el mono chocó contra un aparato de esos que emite colores (“Semáforo”) y se quedó inconsciente. Balto frenó en seco. Se quedó un tiempo parado, y después, dijo:

-¡Rápido, por aquí!

-Pero hay que ir a ayudarle-dije.

-Nada de eso. ¿No supones lo que hará cuando se despierte?-me contestó Lazzie por Balto.

En vez de seguir en línea recta, giramos a la derecha, por un pequeño callejón, muy estrecho, en el que Monóru no podría columpiarse por los tejados y los Palos de Luz, ya que no había nada.

Estuvimos unos minutos corriendo por el callejón, cuando nos dimos cuenta de que no era necesario; nadie nos seguía.

-¡Hay que ir a ver a Monóru! ¡Igual le ha pasado algo grave! ¡Y si no venís conmigo, iré yo solo!-seguí en mi cabezonería.

-¡¡Ni hablar!!-dijeron Lazzie y Balto a la vez.

Yo bajé la cabeza. Al menos me alegraba de que los dos conectasen.

Pero, de pronto, un alarido se oyó, y unos ligeros pasos se empezaron a oír, rodeados de silencio.

-¡Oh, no! ¡Hay que darse prisa! ¡Ya viene!-dijo Balto.

Nos volvió a coger por el cuello, y volvió a correr.

Pero de nada le sirvió. Ya se notaba como una sombra se acercaba rápidamente.

Pero Balto, siguió corriendo. Hasta que se dio cuenta, de que aquello era un callejón sin salida.

Nos paramos frente a un contenedor de basura, el cual no sé qué pintaba ahí, pero allí estaba.

Ahora Monóru se acercaba despacio. Nos miraba relamiéndose.

Balto nos protegió detrás de sí.

Monóru, cogió carrerilla, ¡y se lanzó contra Balto!

-¡Al suelo!-gritó Lazzie.

Y, en un instante, hizo que Balto y yo nos tiráramos al suelo igual que ella.

Monóru había pegado un gran salto para abalanzarse sobre Balto. Ahora, sin poder hacer nada, ¡se metió en el contenedor de basura! Lazzie cerró la tapa en ese mismo momento.

Se oyeron gritos dentro del cubo, pero ya no podía salir. Estaba atrapado entre todos aquellos residuos.

Balto y yo le dimos las gracias a Lazzie, y le sonreímos. ¡Nos había salvado la vida! Bueno, al menos a mí. (Balto está semi-muerto).

Los tres comenzamos a andar a paso ligero, saliendo de aquel putrefacto callejón de basurero.

Llegamos a la calle.

Caminamos juntos, conversando amenamente, como buenos amigos.

Pero, yo me fijé en la gente de Japón, que seguía mirándonos y sonriéndonos.

Me di cuenta de que también había humanos desgraciados y pobres.

Encontramos a tres o cuatro, tirados en las aceras. Uno de ellos estaba a punto de morir.

Me dio una gran lástima. Ya no sabía si creer lo que me había dicho Balto, cuya opinión, como recordaréis, era bastante positiva sobre las personas, o si creer a Lazzie, que trataba a los humanos de “Seres Salvajes sin escrúpulos”.

Nos detuvimos frente a un pequeño bar. Allí había algunos alimentos desperdigados por el suelo. Nos dedicamos a comer las migajas que encontramos. Algunas personas que allí estaban, nos daban de comer a la boca, sobre todo a mí, porque soy muy guapo (No es por presumir) y a Lazzie. Aunque, en realidad, ella nunca aceptó la comida que le quisieron dar. No se fiaba de ellos.

Pero, entonces, ¡vimos llegar a uno de los Yakuza de Quebrantapiedras! Pero eso no era lo peor, ¡traía a Crinés Rinés consigo!

Balto nos ordenó que nos escondiéramos tras un muro. Pero, cuando levanté la vista, ¿a que no adivináis lo que encontré? Un cartel en la pared, sobre Johny Quebrantapiedras. Era como una pesadilla, como si me persiguiera.

Tenía una foto del malvado. Pero no parecía el mismo. Tenía aspecto débil y desganado.

-¿Alguien de aquí sabe leer humano?-dije yo, aún sabiendo que es una pregunta que no tiene respuesta.

Pero, a pesar de aquel pequeño imprevisto del Yakuza, la suerte vino hacia nosotros esta vez, pues una pareja con un bebé en un carrito de coche, se acercó casualmente a leer el cartel en voz alta. La mujer habló:

-“Se cancela la Conferencia Pequeño Corazón Animal, por el estado grave de su productor, el Danshaku Juan Isaac de la Torre*, popularmente conocido como “El español Johny Quebrantapiedras”. Su mansión se ha derrumbado por causas desconocidas, y ninguno de los animales que estaba entrenando ha sobrevivido. Nuestro querido protector de animales está en condiciones pésimas, y no se sabe si sobrevivirá”.


La señora añadió:

-¡Caramba, pobrecito! Siempre me ha caído muy bien. ¡Una gran persona! ¡Qué lástima que estas cosas pasen!-y se alejó junto con su familia.

*Danshaku: Título Nobiliario Japonés equivalente a “Barón”, perteneciente al Kazoku, hereditario del Imperio Japonés que se mantuvo entre 1869 y 1947.

-¿Querido protector de animales? ¿Ningún animal ha sobrevivido?-Balto rechinó los dientes.

-¡Todo lo que la prensa y los malditos humanos se inventan!-dijo ofendida Lazzie.

-¡Lógico! ¡Él no podía dejar que nadie se enterara de lo que había ocurrido en realidad! ¡Que un “Puñado de animales” se rebelaran contra él! ¡Y tampoco podía permitir que descubriesen que en realidad es un furtivo!-dije indignado.

-¡Y por ello, seguro que ese mafioso, ha mandado a todos esos Yakuza, que trabajan para él para realizar actos viles y propios de ladrones, aunque nadie lo sabe, a capturar a todos y cada uno de los animales que se hayan escapado, para que así la gente no descubra la verdad! ¡Habrá que tener los ojos bien abiertos!-dijo Balto.

-¡Al menos ahora ese sinvergüenza irá adónde tiene que ir!

-¡No tardará en morir!-añadió Lazzie.

-¡Ey! ¡Ey!-gritó una voz.

Salimos cautelosamente del muro.

Crinés Rinés de Inés nos llamaba.

-¡Ey! ¿Es que no vais a ayudarme? ¡Yo os auxilié una vez! ¿Lo recordáis?

-¿Qué hacemos, Balto?-pregunté.

-¡Si te ayudamos, nos capturarán también a nosotros!

-Ya… Pero, ¿no vale la pena intentar devolverme el favor? También a mí me pudieron haber pillado, cuando os ayudé a escapar… Por cierto. Para que podáis dormir tranquilos. He leído ese cartel. Es una farsa. Todos los cautivos han conseguido escapar de la mansión. La ONG “Animales en Acción” los está transportando secretamente a todos a sus casas. No hay de qué preocuparse. Y ahora, para agradecerme dicha información… ¿por qué no me ayudáis?

El matón lo sujetaba firmemente por las riendas. A pesar de estar encima de él, no se había dado cuenta de qué estábamos allí, pues estaba tomando algo alegremente en la “Barra del Bar”.

Balto, después de observar la situación con detenimiento, dijo:

-Está bien. Está bien. Te ayudaremos.

Y, de pronto, pegó un ladrido tan descomunal que hizo, literalmente, caerse al Yakuza del caballo, y mancharse todo su oscuro traje, su bombín, e incluso sus gafas negras, de sake del bueno, cosecha del 97.

-¡Muchísimas gracias!-dijo Crinés, y todos juntos comenzamos a correr.

El matón, se levantó rápidamente, y telefoneó a alguien dando gritos. Al parecer se había dado cuenta de quiénes éramos, y de qué entre los animales estaba yo, el predilecto de Quebrantapiedras.

Enseguida apareció otro matón, ataviado igual que el primero, montado en una vieja mula, que apenas podía andar.

Nosotros ya nos alejábamos.

El matón Nº 1, tiró al Yakuza Nº 2 de la mula, y juntos, desaparecieron por una callejuela.

-¡Uf! Ha faltado poco-dijo Crinés.

-¡Y aún falta máááás!-grité, al ver aparecer por otra callejuela, un lujoso coche negro, que corría a toda pastilla hacia nosotros. Dos hombres lo pilotaban, riéndose sin parar.

Los cuatro, volvimos a correr, esta vez más que nunca.

El coche iba demasiado deprisa.

Corríamos por la calle, ladrando desesperados, sin parar. Las personas, esta vez, no solo tenían que dejarnos paso a nosotros, ¡sino al coche!

Nos metimos en un mercadillo, con la esperanza de que aquella máquina diabólica se detuviera, pero no tuvimos esa suerte.

El coche no se detenía. La gente se tenía que tirar al suelo para dejarle paso. Todos lanzaban por el aire los bolsos y bolsas con comida o cosas compradas allí, debido al susto.

Pero aquel automóvil, se llevaba por delante los tenderetes, y puestos del mercadillo.

En unos segundos, allí todo era alboroto, desastre y desorden. ¡Las personas pegaban gritos y lanzaban la ropa que habían comprado contra las paredes!

Sin embargo, el coche, aunque a la fuerza, consiguió pasar sin detenerse.

Nos estaba alcanzando.

Decidimos dar vueltas a una gran fuente. El coche nos perseguía sin parar un instante. Pero, debido a su rapidez, se desvió, y chocó contra una enorme verja que había frente a la fuente, consiguiendo derribar a la primera. Parecía que el coche se había estropeado.

Aprovechamos el disturbio, y entramos al recinto que protegía las ahora caídas rejas.

Al entrar, ¡¿qué nos encontramos?! ¡Pues un gigantesco zoológico! Los habitantes nos miraban extasiados. No acostumbraban a ver a congéneres suyos en libertad.

Pero aquella tranquilidad duró poco. El coche cogió impulso, y volvió a correr como un loco, a pesar de que los Guardias del Zoo le ordenaban que frenase.

Todos empezamos a correr de nuevo, como si aquello fuera una estampida.

Los visitantes también tenían que abrir paso al auto.

Los Yakuza, abrieron las ventanillas, ¡y sacaron, pistolas con dardos tranquilizantes para adormecernos! Empezaron a disparar sin ni siquiera observar a quien apuntaban.

Gritaban histéricos palabras que no logré descifrar:

-話して。/なんなの?/どうぞ。 、笑さあ!あなたは彼らに与えなければならない!
-あなたは、あなたは最善を尽くして放つください!
-それは何を誰がそれをしない問題ありません*

*-¡Dispara! ¡Venga, tú puedes!

-¡Tú apuntas mejor!

-¡Nada de eso! ¡Dispara ya, ja ja ja!

Pero el no apuntar, les traería serios problemas.

El Yakuza Nº 2, disparó de tal forma, que le dio a una pobre señora que estaba dando de comer a las palomas.

ばか!*-le dijo el Yakuza Nº 1 despreciativo.

*¡Idiota!

Así que se bajó del coche, a pedirle amablemente disculpas a la buena señora:

申し訳ありませんが、奥様!すみません!これは私のアシスタントのぎこちなさが原因です。本当に! *-y hasta se quitó cortésmente el bombín.

*¡Disculpe, Señora! ¡Todo esto es culpa de mi torpe ayudante! ¡No era mi intención…!

Sin embargo, la única respuesta que recibió fue un bolsazo de parte de la anciana, antes de que cayese grogui al banco.

El Yakuza se volvió a subir al coche, y continuó la alocada persecución. Aunque los matones, decidieron seguir disparando. No aprendieron la lección.

Todos corríamos como podíamos. El coche ya parecía que nos iba a pisar las patas. Pero, a mí, se me ocurrió una gran idea.

-¡Código Animal! ¡Código Animal!-¿Os acordáis de lo que era, verdad?

Balto, Lazzie, y Crinés, me siguieron el juego. Todos juntos gritamos:

-¡Código Animal! ¡Código Animal!

Los animales que habitaban allí, repetían entre ellos “¡Código Animal! ¡Alguien ha dicho “Código Animal”!”

Las jirafas levantaban sus larguísimos cuellos por encima de las vallas, y decían “¡Código Animal!”

Los cocodrilos abrían sus grandes fauces y lo gritaban por todo lo alto.

Los guepardos corrían de un lado a otro de su celda para proclamarlo.

Nosotros seguimos gritando.

-¡¡¡Código Animal!!! “¡Todos somos iguales, nacimos iguales, vivimos iguales, y un día seremos parte de la naturaleza. Igual que tú, hermano!”.

-¡Es el Código Animal!-exclamaron todos los animales.

De pronto, empezaron a acudir bandadas de pelícanos cargados de agua por los aires.

Tiraron el agua por las ventanillas del coche, uno a uno. Los Yakuza querían hacer algo, pero no podían.

Los elefantes comenzaron sacaron su trompa por una reja, ¡y arrancaron una rueda del automóvil! A pesar de todo, éste se mantenía firme.

Pero los elefantes lanzaron la rueda contra el coche, como si de un frisbee se tratara, consiguiendo hacerle chocar.

Los rinocerontes golpearon sus jaulas hasta escapar, y se lanzaron contra los Yakuza. Éstos comenzaron a cerrar las ventanillas.

Los tucanes y pájaros carpinteros se metieron dentro del coche a picotear a los Yakuza.

Los pelícanos trajeron más agua de los acuarios, y la derramaron por el suelo para que el coche resbalara.

Las serpientes se enroscaron a uno de los Yakuza.

Los alces pegaron cornadas al coche, y los ciervos consiguieron desinflar una rueda.

Las mofetas desprendieron todo su olor dentro del coche.

Y los conejos japoneses hicieron muestra de sus conocimientos karatecas.

Los leones se dedicaron a obstruir el paso del vehículo.

Los tigres también entraron en el automóvil y “mordisquearon” a los Yakuza.

El problema fue, que con tanto lío, los matones dejaron de mirar por dónde iban, ¡y chocaron contra la prisión de los monos esquizofrénicos!

La puerta se derribó, ¡y todos los simios salieron de su celda!

Éstos, ahora que se sentían libres, comenzaron a destruir todo lo que había en el coche. Arañaron los asientos, arrancaron el volante y el freno, ¡y zarpearon los rostros de los Yakuza intentando matarlos!

Entonces, vi como otro macaco de cara roja, que aparecía de la nada, saltaba las verjas del zoológico, y se lanzaba también contra los Yakuza. Me sonrió mientras pasaba de largo. No me cabía duda. Era Monóru. Había aprendido a controlarse. Y esa era su manera de darme las gracias.

El Yakuza Nº 1 no aguantó más. No estaba dispuesto a que nos escapáramos. Volvió a colocar el volante, en su sitio, y, pese a las complicaciones, se lanzaron contra nosotros, intentando desprenderse a la vez de todos los animales.

Nosotros estábamos huyendo hacia la salida.

Los matones aceleraron al máximo.

Nos miraban vengativos.

¡Nos iban a alcanzar!

Pero, entonces, un bondadoso elefante arrancó un semáforo de la acera, alargando su trompa lo más que pudo, y lo puso en medio del camino de los matones.

Conseguí traducir su conversación:

-¡Está en rojo!-gritó el Yakuza Nº 1-¡Hay que pararse!-regañó al Yakuza Nº 2 por su mala conducta-¡Frena, frena!

-¡No puedo, no hay freno!

Así que, chocaron contra el semáforo, y el Yakuza Nº 1 salió disparado por los aires, yendo a caer, a la fuente que había frente al zoológico.

Desde luego, no salió del agua muy feliz, a pesar de que debió de ser un baño la mar de refrescante.

Pero nosotros ya nos habíamos alejado.

-¡Guau! ¡Ha sido genial!-dijo Crinés-¿Repetimos?

-Ni sueñes que voy a volver, a provocar a esos locos-dijo Balto muy enfadado.

Y yo, a pesar de que estaba de acuerdo con que había que repetir, no dije nada.

Caminando, nos encontramos de repente a tres camaleones frente a nosotros.

-¿Os habéis escapado del zoológico?-dijo Lazzie-Porque… ¿Qué puede hacer sino un camaleón aquí?

-Bueno… Somos de la ONG “Animales en Acción”. Sus representantes.

-¡¿¿En serio??!-exclamé.

-En serio… Y, bueno… Aquí tenemos el certificado que lo demuestra. Me extendió una carta.


-¡Encantado!-dije-Pero es que… yo no sé leer…

-¡Mentiroso!-dijo uno de los camaleones al que me había dado la carta-¡Eso es una carta que encontraste en el buzón de correos!

-¡No es cierto! ¿Osas contradecirle a tu superior?

-¡No, yo soy el jefe!-dijo el que había tachado de mentiroso al que me había entregado la carta.

-¡Qué va!-saltó el tercero, que aún no había dicho nada-¡Yo soy el jefe!

Y los tres se empezaron a pelear.

-¡Chicos, chicos!-dijo Lazzie-¿Qué queréis?

-Bueno… nosotros…-dijo el primero que había hablado antes-Nosotros queríamos comunicarles que el traslado de los animales secuestrados ha sido un éxito. Todos están de nuevo refugiados y calentitos en sus respectivos hogares. Y, de paso, queríamos felicitarles, por su magnífico trabajo. Por ello, queríamos condecorarles con la medalla de los que luchan por los animales-me entregó una tapa de una botella de Coca-Cola-Y queríamos decirles que ya son miembros de la ONG-hizo ademán de marcharse.

-Ah, sí-dijo el tercer camaleón-Y queríamos entregarles esto-los tres se alejaron.

En el suelo, habían dejado un periódico que parecía recién fabricado, frente a nosotros.

El segundo camaleón se dio la vuelta.

-Los titulares dicen… ¿Estamos ante una Rebelión Animal? Se descubre la verdad sobre la cancelación de “Pequeño Corazón Animal” y la destrucción del Palacio de Johny Quebrantapiedras. Se dan a conocer también sus verdaderos objetivos, y el maléfico trasfondo de la conferencia. Ahora, una nueva Rebelión, organizada por los mismos animales, tiene lugar en el Zoológico Petto. El farsante Johny Quebrantapiedras, fallece hoy a la 9:00, no por la intoxicación ni grandes quemaduras que ha sufrido, sino porque le da un infarto al enterarse de la revolución que se montó en Petto, y de que los animales se han vuelto a escapar. ¿Sus misteriosas últimas palabras? Aquí las transcribimos: “¡¡¡¡Tokobetsu Na!!!!”

Felicidades. Por si os preguntáis de dónde salen estos papeles, han sido robados de la fábrica por unos Hurones miembros de la ONG y de la Causa. Al parecer la noticia, ha causado mucho revuelo-añadió el camaleón antes de irse.


-¡Lo conseguimos, Lazzie!-dije yo.

-Bueno-dijo Balto-Ahora yo voy a irme a buscar un Cementerio de Perros, y encontrar la Ciudad Perdida.

-¡Yo te acompañaré!-dijo Crinés-¡Se dónde hay un cementerio!

-Muchas gracias.

-Nosotros también iremos-dijimos Lazzie y yo.

-¡No! ¡Es muy peligroso! Yogui, tu padre nos perseguirá para ver si encontramos algo, y si lo hacemos, te capturará. No podéis ir con nosotros.

-Lazzie y tú podéis ir a daros una vuelta por el parque que hay a dos manzanas-dijo Crinés.

-Exacto. Allí os encontraremos. ¿Todo ha quedado claro?-dijo Balto.

-Bueno. Está bien-dije yo.

Y ambos nos pusimos en marcha.

Una misteriosa figura se movió entre las sombras.

CONTINUARÁ…