Capítulo 16: Bienvenidos a Orbis Natura

¡A por El Señor de los Huesos…!

¡Estamos a punto de encontrar nada más y nada menos, que a El Señor de los Huesos! Queremos que nos diga cuales son nuestros verdaderos papeles en la vida, que nos de un cargo entre los Perros la Luz. Ya que no podemos regresar con los malvados humanos, pero, cuando lleguemos, él nos dará una gran sorpresa…

¡Nunca olvidaré el tiempo que estuve junto a él!

Pero, bueno, no os diré más… Descubridlo vosotros mismos…

XVI) Bienvenidos a Orbis Natura


Avanzamos por la mística gruta, sin saber adónde íbamos. Todo era oscuro. Los suelos estaban húmedos, y las paredes llenas de esqueletos. Sin duda, era una verdadera tumba. De pronto, nos paramos frente a unos huesos desperdigados por el suelo.

-¿Será alguno de estos El Hueso?

-No lo creo. Esto es… Un cadáver… -sugirió Balto.

-Es… Hachiko.

Inmediata e instintivamente, todos nos apartamos del muerto. Decidimos seguir caminando.

En la tumba reinaba un silencio sepulcral.

Pasado un tiempo, nos dimos cuenta de que la gruta se dividía en dos caminos, y decidimos seguir el derecho, ya que es el lugar que ocupa mi Pata Torcida.

Al seguir esa ruta, notamos como una especie de canto espiritual, propio de los fantasmas, resonaba en la lejanía. Aceleramos el paso. Hasta que nos paramos. No había salida. El camino no seguía a ninguna parte. Se terminaba.

Quisimos dar la vuelta, pero algo nos lo impidió. Ese “algo” era un… ¡Espíritu!, el cual no paraba de roer un hueso de jabalí. Nos quedamos observándole largo y tendido, sin que él se percatara de nuestra presencia. Cuando pasaba un rato, y le parecía que había roído bastante un extremo del hueso, se dedicaba a roer la otra punta.

Estaba sentado encima de toda una montaña de huesos y esqueletos, de más de veinte patas torcidas, como habíamos comentado hace tiempo, medida perruna equivalente a casi cuatro metros humanos.

Y a pesar de disponer de todos los huesos que desease, solo parecía querer roer, ESE hueso. Su apariencia es difícil de describir. No tenía color, era transparente. Sus ojos eran lo único en color que tenía. Unos ojos amarillos azulados.

Tenía el aspecto de un viejo labrador, con unos largos bigotes descomunales que le llegaban hasta las rodillas, y unas uñas afiladas como sables. Toda una aparición. De vez en cuando, aparecía y desaparecía, cambiaba de forma, o dejaba solamente visible su cabeza, que daba vueltas como una pelota, hasta que volviese a aparecer su cuerpo entero. Eso sí, siempre sin soltar su hueso.

Ya que nos estaba dando la impresión de que pretendía seguir allí hasta la eternidad, fui yo el que intenté iniciar la conversación.

-Mi muy amable señor, ¿podría indicarnos a mis compañeros y a mí, dónde se encuentra El Señor de los Huesos?

Sus ojos se abrieron como si de pelotas de tennis se trataran, se quedó un rato pensativo y exclamó…

-¿Estáis muertos?

-No… Creemos que no, señor.

-¿Que hacéis aquí, pues?

-Veníamos a buscar a El Señor de los Huesos.

-¿Por qué queréis encontrarlo?

-Porque pensamos, que yo soy El Elegido, ya sabe, el Descendiente que tiene la pata tan torcida como su ancestro, y que podrá obtener El Hueso.

-¿Lo pensáis, o lo sabéis?

-¿Por qué siempre contesta con otra pregunta?

-¿Acaso no puede tratarse de mi manera de ser?

Me resigné.

-¿Sabe usted dónde está El Señor de los Huesos?

-¿Por qué lo iba a saber… Yo?

-Bueno, pues, porque hemos entrado en los dominios del Gran Perro, ¿no? Y usted es un espíritu…

-¿Y no creéis que para dejaros entrar, he de saber si de verdad eres Su descendiente?

-Bueno… Tal vez…

-¿Me dejas ver tu pata, por consiguiente?

Dio la vuelta al hueso que estaba royendo.

-Claro, aquí tiene…-y estiré mi pata torcida.

Se agachó, y la analizó minuciosamente.

Entonces, comenzó a hacerse invisible lentamente.

-¡Espere, señor! ¿Cómo encontraremos a El Señor de los Huesos?

-¿Y no deberías mejor, dejar de hablar, y ser más observador?-fueron sus últimas palabras, antes de desaparecer del todo.

Y, puede que tuviese razón, pues la enorme montaña de huesos, fue abriendo un hueco en su interior, que nos absorbió a todos, en un descuido.

Pensamos que este era nuestro final, pero cuán equivocados estábamos, porque, una vez encerrados entre los esqueletos, el hueco se volvió a abrir, y nos expulsó hacia fuera.

Pero, al salir, no nos encontramos de nuevo con la tumba dónde habíamos estado antes, sino que nos encontramos justo enfrente, de un can que bien podría haber sido El Señor de los Huesos.

Era un perro viejo y grisáceo, con unas largas barbas, pero era muy, muy similar a mí. Un gran manto de piel de lobo, cubría su espalda. Sobre su cabeza, lucía una corona fabricada con ramas, y pequeños huesecitos que la decoraban. Se encontraba echado, con una pose que me recordó también a mí. Todos nos situábamos, en una cueva, que parecía la boca de un perro, repleta de estalagmitas que formaban los dientes, de las que caía agua a un ritmo regular.

Nos miraba atentamente mientras se mesaba las barbas. Sin embargo, fue él esta vez el que inició la conversación.

-¿Balto? ¿Balto? ¿Eres tú?

-¿Señor?-dijo Balto-¿Señor de los Huesos?

-¡Balto!

-¡Señor!

-¡Que alegría verte por aquí! ¡No recibía una visita como esta desde hacía miles de años!

-Disculpadme si he dejado mi puesto como Perro de la Aurora Boreal, que vela a todos los Canes de la Tierra. Si lo he dejado, ha sido solamente por unos días.

-¡No tienes por qué disculparte! ¿Acaso uno no puede tomarse unas vacaciones decentillas? Además, es un placer para mí que hayas venido a visitarme.

El que parecía ser El Señor de los Huesos, se agachó buscando algo. Pareció encontrarlo, cuando cogió un colmillo de elefante hueco, y lo puso bajo las estalagmitas, esperando a que el colmillo se llenase de agua.

-¿Te apetece un poco, de Agua a la Estalactita?

-¡Claro! Pero… ¿Vos no bebéis, mi Señor?

-Yo no necesito beber ni comer…

-Yo tampoco, Señor, estoy muerto igual que usted…

-¡Claro! Pero yo llevo millones de años sin hacerlo, tú solo unos ochenta, y nunca sienta mal un buen cuenco de Agua a la Estalactita, ni siquiera a los muertos… Y, perdonad el recibimiento de mi guardián… Siempre ha sido así… Pero es un perro de muy buen corazón, los años le han vuelto un poco majara… Se llama Adjudant, Khan de los Canes, y es el perro doméstico que más años ha vivido en la superficie terrestre… Es un perro indio, y salvó a un pequeño niño de un gran incendio… Cuando intentó salvar a los demás, murió entre los escombros del fuego. Pero yo, como El Señor de los Huesos, tenía pensado darle mucha más vida… Bueno, lo dicho, ¡Bienvenidos a Canis Natura!

-¡Un momento! Pero… ¿Sois vos en verdad El Señor de los Huesos?-interrumpí yo la conversación.

-¡Claro que sí, pequeño!-dijo Balto-¡Te presento al mismísimo Gran Perro, El Señor de los Huesos!

-¡Caramba, encantado de conoceros!

-¡Oh, que muchacho más majo! ¡Me recuerdas a mí cuando era chiquito! ¡Si hasta tienes la pata torcida! ¿Cuántos años llevas muerto? ¡No recuerdo haberte quitado la vida! ¡Ni a ti, ni a tu compañera!

-Bueno, es que…-contestó Balto-Para eso venimos. Señor, Yogui y Lazzie son… Mortales.

-¿Mortales? ¿Están vivos? ¡Pero, Balto! ¿Cómo se te ha ocurrido guiarles hasta aquí? ¡Es un grave desacato a las reglas!

-Lo sé, Señor… Pero este es un caso especial, Señor…

-¿Cómo va a ser especial?

-Señor, hemos pasado muchas penurias para llegar hasta aquí… No nos puede expulsar ahora. Verá, hemos averiguado el enigma, y hemos entrado a la Tumba de vuestro descendiente Hachiko, el Perro del Polen, que no se separa de sus amigos, el cuál, casi tiene la pata tan torcida como vos, y casi logra ser el que obtendría el Hueso. Pues… Lo que sucede… Es que Hachiko, no es el Elegido. Pero, Yogui, es también un descendiente suyo.

-Ya, ¿y qué? ¡Este chucho! ¿No pretenderás decirme que él sí es el Elegido?

-Pues, Señor, es justo lo que pretendía decirle.

El Señor de los Huesos, se quedó atónito. También se quedó un rato observando mi pata.

Cuando parecía haberse calmado, clamó.

-¡¿Y lo has traído aquí?! ¡¿Sabiendo el peligro que eso supone?! ¡Hay miles de descendientes detractores, crueles, infieles y blasfemos, que desean hacerse con el Hueso! Y tú les guías hasta aquí. Pues te diré una cosa, Balto. Este chucho, desaparecerá de aquí, en cuánto de una patada con mi Pata Torcida en el suelo. ¿Queda claro? ¡Y muy probablemente, te quite tu alma, Balto, o al menos tu Aurora Boreal! ¡Has puesto en peligro a El Hueso! ¡Y con él a todo el Mundo Animal! ¡Y a la Ciudad de Canis Natura, dónde ahora estamos, el Paraíso en el que los perros han de descansar en paz…! ¡¡¡Eternamente!!! Pues mi querido Elegido, va a dejar de serlo en cuánto se muera… ¡¡¡Eternamente!!!

-¡Espere! ¡No, Señor! Yogui solo quiere encontrar su destino. Ha sido una mascota toda la vida, y considera que quiere ser algo más en la vida, quedarse con usted a vigilar El Hueso. Él no quiere nada de apoderarse de los animales.

-Tienes razón, Balto… No creo que este encantador cachorro quisiera hacer daño a nadie. Pero es que esos bárbaros, me persiguen. No pueden encontrar El Hueso, o será el fin para todos los animales que habitan este planeta.

-Pero… ¿Vuestros propios descendientes, quieren hacer el mal?

-Sí, Yogui. Te lo explicaré todo desde el comienzo. Hace millones y millones de años, los perros aún no eran perros, sino lobos. Lobos salvajes. Y no tenían contacto alguno con los humanos. Pero hubo un lobo, llamado Pata Torcida, que tenía la pata más torcida que jamás se hubiera visto, y que era discriminado por sus compañeros. Sin embargo, Pata Torcida, trabó amistad con los humanos, y a pesar de que esto provocó un rechazo aún mayor entre sus congéneres, logró, después de una ardua batalla contra malvados y envidiosos lobos, que iniciase una época de paz entre los humanos y lobos. Todos se ayudaban mutuamente, y uno era imprescindible para la supervivencia del otro. Pata Torcida era el rey. Además, también consiguió que las diferentes tribus de lobos no se peleasen por ser ellos quienes tuvieran en su poblado el Hueso para vigilarlo. Como sabrás, El Hueso fue otorgado a los Reyes Perrunos, fieles ayudantes de los Reyes Magos, por el Dios Cristiano, para que ellos se ocupasen del Mundo Animal, y ellos, a su vez, confiaron la tarea de vigilar El Hueso, a sus congéneres Canes, sin dejar de proteger ellos también El Hueso.

-Sí, me sé la historia.

-En fin, el reinado de Pata Torcida fue una Época Dorada para el mundo, y el perro comenzó a nacer. Pero, una vez muerto Pata Torcida, algunos lobos se revelaron contra su ley, y secuestraron a los descendientes que él había dejado, educándolos en maldad y en la propia filosofía de los lobos, solo unos pocos lograron escapar. Así pasaron varias generaciones, habitando los descendientes del pobre Pata Torcida, entre los lobos, con sus mismas sanguinarias ideas, y sin saber siquiera quienes eran en realidad. Hasta que yo, hice lo que hice, ya conoceréis la historia, y vencí a los lobos, regresando con mi verdadera familia. Como sabéis, me enviaron para que les trajese información sobre El Hueso, y para que les guiase hasta él. Pero me enamoré. Y me arrepentí para siempre de lo que estaba haciendo. Como veis, todos merecemos una segunda oportunidad. Somos libres de escoger, y podemos cambiar. Pero todos cometemos errores. A pesar de que, cuando les dije la verdad a todos los animales del bando de los Reyes Perrunos, se enfurecieron, me ayudaron, gracias a mi amada, que les convenció a todos, y a que vieron que estaba profundamente arrepentido. Por ello, volví con los lobos, y les llevé hasta una cueva, dónde les encerramos. Pero me oculté en esta gruta para proteger El Hueso, y nunca más volví a salir. Fue un paso más hacia la formación completa del Can. Sin embargo, los perros no se formaron del todo hasta los tiempos del famoso Rey Yogui I, el primer perro que existió, miles de años después de que yo me ocultase aquí. Tu nombre desciende de ese perro, Yogui. Es un honor llamarte así, como él.

-Gracias…

-Pero, has de saber, que ese nombre desciende a su vez de Yocki, que significa en una antigua lengua, “Pata Torcida”. Yo me llamo Yocki.

-¿Yocki?-recordé a Don Raposu instantáneamente.

-Sí, Yocki. Tu nombre, en efecto, proviene del mío-sonrió-Además, ¿nunca te has parado a pensar que eres un perro muy especial?

-Bueno… Todos somos especiales.

-Exacto. Pero un perro tan especial como tú, ha de tener una raza. Y así es.

-¿¿En serio??-estaba fascinado.

-En serio. Tu raza es la más maravillosa y legítima de todas las razas caninas, ya que, posees la raza de ese primer perro que existió, Yogui. Por eso te llamas así. Tu raza proviene del aspecto original de los primeros canes.

-¡Guau! ¿De veras?-cada vez me asombraba más.

-Ajá-asintió El Señor de los Huesos-Pero, no cambiemos aún de tema. Yo volví a conseguir, bueno, más o menos, lo que hizo mi ancestro Pata Torcida, del que proviene mi apellido: Que no hubiese guerras entre los lobos y los perros o sus diferentes tribus. Sin embargo, a pesar de que los lobos están desterrados a los bosques, en los rincones más recónditos de la Tierra, condenados a no relacionarse con nadie que no sea de su especie, existe un grupo llamado “Lobuista”, que curiosamente está formado mayoritariamente por mis variados descendientes, que desea conseguir El Hueso para fines bélicos.

-Sé lo que es eso… Mi padre… Es uno de ellos…

-¡Oh, que terrible! ¡Pobre cachorrito mío! Bueno… Así que lo que quieres, es vivir aquí conmigo. Te advierto que es horriblemente aburrido… Pero… ¿acaso no tienes familia?

-Bueno, sí, mi Padre, el Lobuista, y…

-No, no, no, no me refiero a esa clase de familia… Cuando yo vivía muchos perros habitaban con los humanos, como si fueran sus hermanos, y nunca se separaban de ellos. Hace mucho que no salgo fuera, ¿acaso las cosas no siguen siendo así?

-Sí. Sigue habiendo humanos y perros juntos-dije yo.

-¡Pero son unos monstruos!-“saltó” Lazzie-¡Tienen a sus mascotas como juguetes, y no les dejan conocer la libertad! ¡Les hacen creer que ellos también son personas, y no les cuentan ni tan solo quién sois vos!

-Tal vez si no les cuentan quién soy yo… Es porque no lo saben.

-¡Ya, pero son malvados, y…!

-¿Y qué, mi pequeña? Desde los tiempos de Pata Torcida, los humanos y los perros han sido como auténticos congéneres. Ellos son diferentes de nosotros, y a veces pueden cometer errores. Pero nos quieren, al igual que nosotros les queremos a ellos, y a veces somos injustos. Tienen errores, pero… ¿quién no los tiene? Ni siquiera las divinidades son perfectas… Pero nos perdonamos los unos de los otros, y aprendemos, enmendamos errores… Y admitirlo es de sabios. Que haya humanos malvados, no significa que sean todos igual. ¿O acaso entre los perros no están los perversos Lobuistas? Los seres vivos somos libres de decidir que camino hemos de tomar… Algunos se hacen malvados, otros sabemos escoger el camino correcto… Estoy seguro de que tú, mi niña, podrás encontrar una buena familia humana, que te acoja…

Yo agaché las orejas. Estaba más confundido que nunca. La mayoría de animales a los que había conocido habían tratado a los humanos de “Bárbaros”. Esperaba encontrar mi camino, con El Señor de los Huesos. Que él me guiase y me ayudase también a plantar cara a los humanos, y a iniciar un Reinado de los Perros sobre los humanos. Lazzie y otros tantos me habían incitado a ir por el camino de la guerra, del odio, del rencor. Y cuando he encontrado por fin a El Señor de los Huesos, me dice que he de volver con los humanos, mi verdadera familia.

-Así que te has escapado de casa, ¿eh?

-¿Cómo sabéis vos eso?-pregunté sorprendido.

-Yo lo sé todo. Y tus dueños anhelan verte otra vez. No importa la raza, ni la especie. Todos somos hermanos. Y ellos también son tu familia.

-Pero…

-Vé, mi pequeño, por el ojo de la sabiduría.

Entonces, se arrancó el ojo de cuajo, y me lo acercó. En él veía, a mis tristes dueños, sollozando por mí.

Yo no sabía que pensar. Verlos tan tristes me dio muchísima nostalgia y lástima. Sentía que debía regresar con ellos, pero… ¿Había hecho este viaje para nada? ¿Cómo era eso posible?

El Señor de los Huesos, se volvió a colocar su ojo.

-Haz lo que desees. Eres libre de decidir. Pero, ellos, han sido los que te han criado, y lo que han vivido toda su vida contigo. Los perros, necesitamos a unos hermanos de otra raza para ser felices, y compartir nuestros sentimientos. Los perros y las personas, estamos unidos. Por cierto, Yogui, supongo que sabrás que eres el Elegido, y lo que conlleva serlo. Si deseas quedarte, tendrá que ser como El Señor de los Huesos, y yo descansaré en paz. Si decides convertirte en lo que yo soy ahora, no podrás irte. Tienes que proteger El Hueso, hasta que un nuevo Elegido, decida ocupar tu puesto. Pero solo hay un Elegido cada cien millones de años. Hasta entonces tendrás que esperar.

Me quedé pensativo.

Pero los milagros no habían hecho más que empezar.

-¡Ah, socorro! ¡Me duele! ¡Me duele mucho! ¡Creo que voy a morir!-exclamaba Lazzie.

La garrapata había conseguido adentrarse en su corazón, y sacarle toda su sangre.

-¡No puedo más! ¡Estoy muriéndome! ¡Socorro! ¡Que alguien haga algo!

-¡¡Apartaos!!-gritó El Señor de los Huesos.

Se acercó a Lazzie.

-Insecto cobarde y minúsculo, que te atreves a perjudicar a los demás de la única manera que puedes, alimentándote vilmente de su sangre. Sal del cuerpo de mi hermana, de mi hija legítima. Sal de su alma, porque jamás te apoderarás de ella.

¡Polvo eres, y en polvo te convertirás!

Un rayo de luz invadió la estancia. Lazzie abrió los ojos que antes, sin que le quedasen fuerzas, había cerrado, y sonrió.

-¡Hija mía! ¿Estás bien?-El Señor de los Huesos la abrazó.

-¡Lazzie! ¡Querida!

-Yogui, gracias por estar a mi lado.

-Jamás te abandonaré.

-Querida hija-interrumpió El Señor de los Huesos-Algo me dice, que deseas que te conceda algo.

-Sí, Señor. Mi madre murió asesinada cruelmente por unos humanos, que me hicieron coger odio hacia ellos. Vos me habéis hecho ver, que no todos han de ser así. Muchos, pueden comprendernos, y amarnos, igual que los canes, nos amamos entre nosotros. Sin embargo, mi familia se ha ido encontrando a lo largo de los años, únicamente con hombres despiadados, según tengo entendido. Mi amada abuelita, a la que yo, ni siquiera conocí, falleció también por culpa de humanos. Mi mamá me decía cuando era niña, que ella había conseguido un alma, que vos le habíais otorgado. ¿Es eso cierto? ¿Podré ver a mi abuelita? ¿También a mi madre?

El Señor de los Huesos agachó la cabeza.

-Lamento lo de tu madre, la cuál arriesgó su vida por salvarte. Pero, no fue suficiente para que le pudiese otorgar un alma. Solo puedo dar un número limitado cada cierto tiempo. Pero tu abuela… Al parecer no sabes su historia. Ella arriesgó su vida por el mundo. Y hay posibilidades de que la conozcas-sonrió.

El Señor de los Huesos se apartó.

Tras él se encontraba una anciana perrita, tan linda, que podría ser un hada.

-Hola, mi niña-dijo dirigiéndose a Lazzie-Mi querida nietecita…

-¡Abuela!-Lazzie corrió a abrazarla.

-Tu abuela, querida cachorrita-dijo El Señor de los Huesos- Es la Perra de las Estrellas, el más importante puesto que se le puede conceder a un espíritu. Se llama Laika, y nació en Moscú. Fue enviada desde Rusia, por los humanos, en un aparato volador, como un ave, al espacio. Fue el primer ser vivo en ir al espacio. Desgraciadamente, la avaricia de esos humanos no conoció límite, y volvieron a enviarla en otra misión, para que llegase hasta la Luna, y la pisase. Ella luchó por conseguirlo. Pero murió a las pocas horas del despegue. Me compadecí de ella, y le di un alma sin pensármelo. Es el mayor y más importante Perro de la Luz de todos.

Pero Lazzie no escuchó mucho a El Señor de los Huesos. Ella había encontrado a su abuelita, que además, era mucho más importante de lo que ella hubiese imaginado nunca. Pero se conformaba con haberla encontrado. Y juntas comenzaron a cantar…

La niña duerme, bajo el azul del cielo,

Y sueña con las doradas estrellas.

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella…

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella…

-Me alegro de que todos hayáis encontrado lo que buscabais. Creo que ahora ya habéis dado con vuestro destino. Será un placer teneros aquí como huéspedes-dijo El Señor de los Huesos.

-Aún no hemos terminado de pediros todo lo que queremos-dijo Balto.

-¿Ah, no? Te escucho encantado, Balto. ¡Habla! ¿Qué ocurre? ¿No quieres volver al cielo, ni abandonar a tus amigos? ¿Es eso, verdad? No te preocupes, puedo conseguir que alguien ocupe tu lugar en el cielo. Puedes quedarte aquí, y ser… El Perro de la Lluvia, y el del sentimiento, que llora, y que ama. ¿Te parece bien? Si en unas semanas alguien no ha ocupado tu puesto como Perro de la Aurora Boreal, de la fidelidad, y la valentía, entonces tendrás que volver. Pero te prometo que en unos meses encontraré un sustituto.

-No es eso, Señor. ¿Usted se acuerda?

-Bueno… ¿Acordarme de qué, Balto?

-De que, bueno, en mi forma inerte, invisible, incolora.– En fin, en mi forma de espíritu que he de adoptar para ir al cielo… No puedo llevar objetos conmigo, porque yo no tengo peso. Soy como el aire.

-Ya lo sé. Yo también puedo adoptar esa forma, claro. ¿A qué viene todo esto?

-Vos me prometisteis que cuidaríais mi preciado medallón, y que le daríais un lugar muy especial. No voy a descuidar mi puesto. Tan solo ver por última vez ese medallón de mi querido dueño. Poder volver tenerlo en mis patas, aunque sea por última vez, y me iré.

-Vaya, con que te refieres a eso.

-No pretendo ser desconfiado. Sé que vos le disteis un lugar especial y lo estáis protegiendo, pero quisiera poder verlo.

-Verás, Balto. Es un deseo imposible. ¡Por mi Pata Torcida! No puedo concedértelo.

-¿No me lo habéis guardado? ¿Me engañasteis?

-¡No pienses eso de mí, por favor! Es solo que… Tú me lo confiaste, y yo te lo guardé. Ese era el trato. No vas a poder volver a verlo en toda tu vida.

-¿Cómo? ¡No me hagáis esto, Señor! ¡Necesito verlo! ¡Tocarlo! ¿No le guardó ese lugar especial…?

-¡Claro que sí…! ¡Y tanto…! Pero… Verás, Balto. Nadie podrá volver a tocar tu medallón.

-¿Y eso por qué?

-No te lo puedo decir…-El Señor de los Huesos agachó la cabeza.

Me arrimé a Balto.

-Lo siento mucho, de verdad. Lamento que tu viaje hasta aquí no haya servido de nada… Pero nosotros te apoyaremos.

-No os preocupéis. Este viaje me ha dado uno de los mayores regalos que pudiese desear: Teneros a mi lado.

-Si El Señor de los Huesos, no te da el medallón, Balto, yo me marcharé contigo. Moriré si es necesario. Tengo un alma garantizada ya que soy el Elegido, e iré contigo al cielo. No te abandonaré.

-Gracias, Yogui. Pero tu destino está aquí. Si El Señor de los Huesos no me da el medallón tendrá algún motivo. No se ha de despreciar. Quédate con él, Yogui.

-No, estoy muy indignado. El Señor de los Huesos ya no es mi amigo.

-¡Os lo suplico! No malinterpretéis las cosas. Yo también lamento no poder darte el medallón.

-Y si tanto lo lamentáis, ¿no podríais al menos explicar a sus humildes siervos la razón de su elección?

-No. Lo lamento.

-Pues nos da igual que lo lamentéis. Yo me voy con Balto.

-¡No os vayáis! No es por cabezonería por lo que no os muestre el medallón.

-¿Por qué, pues, Señor?

El Señor de los Huesos suspiró.

-Porque… el medallón muestra el camino a El Hueso. ¡Es un mapa! He convertido el medallón en un objeto mágico, que muestra la ruta hacia El Hueso, y que solo puede ver, guiado por espíritus, El Elegido.

-¡Por favor, Señor! ¡Solo déjeme tocarlo!

-Lo siento mucho, pero no.

Tanto Balto como yo empezamos a comprender sus razones. Nadie podía saber donde estaba El Hueso, ni podía dejar de estar en un lugar seguro que El Señor de los Huesos tuviese bien vigilado.

-No importa, Señor-dijo Balto-Yo lo comprendo. Bueno, Yogui, Lazzie, espero que viváis muy felices aquí y desearía veros de nuevo algún día.

-Supongo que esto es una despedida-dijo Lazzie-Eres uno de los más maravillosos perros que he conocido.

-Gracias, Lazzie.

-Yo me iré contigo-exclamé.

-No, Yogui. Hazlo por mí. Quédate.

-Te echaré de menos, Balto… Hasta siempre.

-Hasta siempre, mis pequeños.

Balto estaba a punto de marcharse. El Señor de los Huesos estaba realmente apenado.

-Espera, Balto-dijo el Gran Perro mientras volvía a suspirar.

Se quitó su manto de piel de lobo, y dejó ver el colgante sujetado por su cuello. Se lo arrancó y se lo puso a Balto.

-Tenlo tú. Confío en ti, y sé que no caerá en manos de ningún desalmado Lobuista. Tienes entre tus patas el mapa hacia El Hueso. ¡Protégelo!

-Vaya, vaya… ¡Que interesante, abuelito mío!

Todos nos dimos la vuelta y miramos hacia el fondo de la cueva.

Era mi padre.

CONTINUARÁ…

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