Capítulo 18: Batalla por el Hueso

¡¡¡Desenlace!!!

Después de un año en el que habéis seguido fielmente mi Gran Aventura sobre mis Orígenes, REAL, digan lo que digan algunos incrédulos, llega el ansiado desenlace, en el que tendré que decidir, si ser el nuevo Señor de los Huesos, o volver con mi familia.

Os dejo con la Lucha Final por El Hueso, y la Gran Batalla contra mi Padre.

XVIII) Batalla por El Hueso

Avancé un paso hacia mi padre. No estaba dispuesto a que le hicieran daño a Lazzie. ¡No lo consentiría!

Pero Balto me cogió por el rabo. No quería que me moviese más.

-¡Hay que darle el medallón, Balto, es nuestra única esperanza!

Balto no movió ni un dedo. Al parecer, aún no había cogido tanto cariño a Lazzie como yo, hasta el punto de querer salvar su vida, aunque todo el Reino Animal se hundiese en la discordia.

-No podemos darle el medallón, pequeño-dijo Balto-La matará igual.

-¿Cómo lo sabes?-susurré.

-No vamos a darle el medallón. Es cierto el refrán humano de los judíos, que dice “Quién salva una vida, salva al mundo”, pero es que si ahora salvamos una vida, el resto del mundo perecerá-dijo El Señor de los Huesos.

-Pero… ¡Señor!

-No te preocupes, Yogui. Ya se nos ocurrirá algo para despistarlo-dijo Balto.

-Créeme, Elegido Mío-volvió a hablar El Señor de los Huesos-No matará a Lazzie. No se atreverá a hacerlo, porque, en caso de que se le ocurra, ya no podrá continuar con ningún chantaje para conseguir El Hueso, y, además, tampoco podrá protegerse a si mismo, como está haciendo ahora, con la condición de dejar con vida a la niña si no le atacamos.

-Pero…

-Nada de “Peros”, Yogui-dijo Balto firmemente.

-¿Con que no queréis darme el medallón, eh?-dijo Truhán-Recordad que puedo apretar mis afiladas garras contra el sensible cuello de esta perrita en cualquier momento.

-Jamás conseguirás El Hueso-dijo Lazzie-Mátame. Pero después de hacerlo, serás tú el que muera a manos de nuestro Dios, El Señor de los Huesos, y no podrás hacer daño a más inocentes.

-¡Calla, perra! ¿No me vais a dar el medallón de verdad? Yogui, cariño…-se puso a reír como un loco-Si no me entregáis ese medallón, mataré a la chiquilla.

Nadie hizo ademán de intentar ofrecérselo, ni siquiera yo.

-Contaré hasta cinco, y si no me lo dais, esta niñita morirá-mi padre comenzó a enfurecerse-Uno, dos, tres, cuatro… Y…

En un rápido movimiento, como poseído por una fuerza mayor que mi voluntad, llamada “Amor”, salté sobre Balto, le arranqué el medallón, y se lo lancé a mi padre.

Él tiró al suelo a Lazzie, y se puso orgulloso el medallón.

-Un momento, aquí no hay ningún mapa. Solo es una maldita joya humana con un grabado mediocre. ¿Qué es esto? ¿Me habéis estado mordiendo la Pata Torcida?*¡Os voy a…!

-Detén tu furia, Hijo de los Lobos-dijo solemnemente El Señor de los Huesos-El camino hacia El Hueso, que en ese medallón está inscrito, solo podrá ser visto, por El Señor de los Huesos, es decir, yo, o el Descendiente Elegido.

-¡Ahhh! ¿Con que sí, eh? Yogui, tu papi y tú, vamos de excursión a buscar El Hueso. ¿Te parece bien?

Yo no contesté.

El Señor de los Huesos, me guiñó un ojo, y asintió.

-Será un placer…, señor-contesté.

Truhán me agarró bruscamente del cuello como había hecho con Lazzie, y me puso el medallón.

-Y ahora, dile a tu papi. ¿Qué ves?

*Expresión canina, que, para las personas, significa “Tomar el pelo”, y en la que se basaron los ingleses para crear su equivalente “Morder la pierna”.

Yo no veía nada especial. Simplemente, la gruta en la que estábamos. Esperaba que una especie de luz o fuego iluminase el camino que había de seguir. Pero nada de eso ocurrió.

Ocurrió, algo muchísimo más fascinante.

De pronto, una luz fantasmal me cegó. Mis ojos cobraron un color azul pálido, como si estuviese dominado, y una especie de increíbles espíritus sin una forma permanente, surgieron del medallón, mientras emitían extraños cantares y rarísimos sonidos. Tendrían un tamaño aproximado, pues podían cambiar de forma y altura, de unas treinta patas torcidas, casi como una casa humana. Los espíritus, mediante sus extraños cantares, me invitaron a que les siguiera.

-Dile a tu papi. ¿Qué ves?-repitió mi padre, ya que yo había estado ausente durante más de dos minutos.

-¡Por aquí! ¡Hay que ir por aquí!

Y así, siguiendo a los espíritus, mi padre y yo nos adentramos en la mística gruta.

La cueva estaba llena de pinturas y grabados de la Historia de los Canes desde el Alba de los Tiempos. No pocas veces tropezábamos, y caíamos por grandes “toboganes” y cuestas empinadas.

Hasta que nos paramos. Una gigantesca roca, no nos permitía seguir. Los espíritus habían desaparecido, y el camino se acababa.

-¡Me has engañado! ¡Estúpido! ¡Todas esas caídas y esos tropiezos los he soportado para nada!

Y me iba a dar un gran zarpazo, cuando… Me pareció que la roca se iluminaba.

-¡Espere un momento, padre!

-¿Qué?

-He visto algo.

-¿El qué?-mi padre no podía ver a los espíritus, que volvían a aparecer de la nada, ni siquiera el enorme resplandor que la roca desprendía.

-¿No lo ve, padre? ¡Todo es real! ¡Es la roca de la historia! ¡Con la que El Señor de los Huesos mandó tapiar la entrada hacia El Hueso! Con los milenios que han pasado, la cueva se ha convertido en una gruta bajo tierra, pero ahí sigue la roca, y tras ella…

-¡El Hueso!-exclamamos los dos a la vez.

-¿Y cómo vamos a entrar, cariño mío?-dijo sarcásticamente, mientras rechinaba los dientes.

-La roca abrirá el paso al Heredero del Trono.

Me acerqué a la roca, y ésta, milagrosamente, se desplazó a un lado, para dejarme paso.

-Usted primero, padre, o el camino se cerrará.

Ambos entramos.

Estábamos en la Cueva de El Hueso.

Pero, ¿dónde estaba El Hueso?

Frente a nosotros. Allí, como para los humanos la Espada del Rey Arturo, El Hueso lucía esplendoroso suspendido en el aire, sobre una piedra, mientras una Luz Celestial lo iluminaba.

Mi padre se acercó sin precaución alguna. Parecía que se le había olvidado que podía haber trampas, y que yo, El Elegido, había de ir delante de él para protegerle.

Truhán se acercaba velozmente hacia El Hueso. Ya estaba llegando. Subió unas escaleras.

-Ahí está, ¿lo ves, hijo mío? El Hueso está esperando a que alguien lo luzca en su Pata Torcida, y su espera va a terminar dentro de poco. ¿No te hace feliz, que tu padre haya cumplido su sueño? Ya verás, ya verás… Cuando yo sea El Señor de los Huesos, los tres, mamá, tú y yo, viviremos como reyes, aquí, en la cueva. Y ya nada nos separará, seremos muy felices. Y tú, podrás jugar con un Hueso de mentira para ti solo. Ya verás, ya… Y todos, esos malditos, que me tacharon de loco y maltratador, de lunático, de malvado, tendrán su merecido. Todos sufrirán la ira, que no pude descargar contra mi cruel padre. Él sí que era cruel. Pero, no te preocupes, mamá y tú, seréis la excepción. No tendréis nada que temer. Viviréis casi tan bien como yo.

Cada vez estaba más convencido de que era un verdadero lunático. Mucho más equizorrénico que aquellos desgraciados monitos tan agradables. Pero esta vez no me enfrenté a Truhán, por miedo. Tenía que esperar el momento oportuno.

Mi padre ya estaba delante de El Hueso, a punto de realizar su sueño y pesadilla que no le dejaba dormir.

-¿Lo ves, hijo? Nunca había visto nada igual. Su resplandor me ciega.

Y eso si que era cierto. Nadie vivo sobre la Tierra había visto nada igual. Ese resplandor, era divino, digno de pertenecer a los dioses. A simple vista, era un hueso natural, normal, vulgar y corriente, colocado en vertical. Pero, sin contar que estaba flotando en el cielo, algo te decía, que no era un hueso corriente, de esos que se han de roer.

Mi padre estiró su garra para cogerlo. Y cuando lo tocó…

Un ruido ensordecedor se oyó.

Subí las escaleras para acercarme a mi padre.

-¡Ahhhh!-Truhán pegó un gran alarido.

Se miró su zarpa. Un enorme escozor la recorría. Esperaba ver sangre. Pero vio una brillante cicatriz, que relampagueaba, y que cruzaba su zarpa entera. También la herida parecía ser celestial, como se la hubiese hecho un ser de otro mundo. Además, era un milagro que hubiese cicatrizado tan pronto. El Hueso era peligroso. No me cabía duda. Las advertencias de las Antiguas Leyendas no eran en vano.

-¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no he podido tocar El Hueso?

-Padre. Solo El Elegido puede sacar El Hueso de su Lugar Sagrado. Una vez que así lo haya hecho, solo lo podrá tocar el que El Elegido decida, entregándoselo de su pata (Entregándoselo de su mano, para los humanos).

-Bien, hijito mío. Entonces vas a coger El Hueso, y vas a dármelo a mí, ¿verdad? Que soy el que más lo necesito…-Truhán sonrió malévolamente.

Miré hacia El Hueso. Una fuerza divina me invadía y me hipnotizaba. El Hueso me atraía literalmente hacia él. Tenía miedo.

Lo cogí cuidadosamente con la boca. Cerré los ojos. ¿Qué iba a ocurrir? ¿El Hueso me mataría? Los abrí. No había ocurrido nada. Bueno, una cosa. El Hueso brillaba con más resplandor que nunca.

-Mi amor…-Truhán movió su zarpa en señal de que se lo entregase-Dámelo. Dame El Hueso-sus ojos relucían.

Me lo pensé. Miré hacia El Hueso. Miré hacia mi padre.

-¡Cójalo!

Y lancé El Hueso por los aires.

-¡Ya eres mío, por fin!-gritó mi padre.

Pegó un ágil salto, y lo cogió con la boca.

Durante unos segundos tampoco ocurrió nada. Mi padre se relamía.

Entonces, unas luces iluminaron la sala. Miles de espíritus, diez veces más grandes que los que me habían guiado hasta El Hueso, comenzaron a salir del Sexto Elemento. Mi padre comenzó a elevarse por los aires. No se atrevía a soltar El Hueso.

-¡Suéltelo, padre! ¡Suéltelo!-grité.

-¡No lo haré! ¡Esta es otra de tus tretas! ¡No seré tan tonto de soltar mi amado tesoro una vez que lo he encontrado!

Un gran agujero negro se abrió a lo lejos, en el cielo.

Mi padre siguió ascendiendo, y ascendiendo hacia él.

-¡Socorro! ¡Socorro!-gritaba exasperado.

Los espíritus se lo llevaban.

Éstos empezaron a invadir su cuerpo.

De repente, sus ojos se cayeron uno tras otro. Y sus orejas, fueron lo siguiente. Después sus patas torcidas.

Todo su cuerpo se fue mutilando poco a poco, dolorosamente para mi padre.

Su nariz, su hocico, su mandíbula, su cuello.

Parecía un verdadero monstruo.

Su cabeza quedó suspendida en el aire, mientras sujetaba El Hueso.

Cada vez estaba más cerca del agujero negro.

Los espíritus comenzaron a entonar otro de sus impactantes y extraños cantares.

Revoloteaban alrededor de la cabeza de Truhán.

-¡¡¡¡¡Socorro!!!!!-seguía gritando mi padre sin recibir ayuda.

-Lo siento…, padre.

-Yogui, ¡¡¡Yogui!!! Espera, hijo. Veo la Luz. Quiero despedirme de ti. ¡La Luz! ¡La Luz me persigue! ¡Toda mi vida ha pasado en un segundo por delante de mi mente! Lo veo todo con claridad… ¡Dios, Dios me espera! ¡Y me mira con compasión! ¡Mi vida! ¡Toda mi vida desperdiciada! ¡Una vida sin sentimiento, llena de sufrimiento, obsesiones y maldad! ¡Todo está lleno de errores! ¡De malos actos! ¿Qué he hecho? ¡He seguido el camino de mi padre! ¡Me he convertido en el ser que odié! ¡Y he matado a docenas de mis hijos! ¿Qué he hecho? ¡He sido peor que mi padre! ¡Horror! ¡No! ¡¡No!! ¡Yogui, ¿me vas a perdonar?! ¡Porque tú eres el que me tiene que perdonar! ¡No yo a ti! ¡Tú me has querido, te hiciese lo que te hiciese! Pero yo a ti no… ¡Solo he sido un viejo lunático! ¡Durante toda mi vida! Y ahora ya no hay vuelta atrás… ¡No he tratado a mis hijos como se merecían! Yogui… ¡¡¡Hijo Mío!!!

Uno de los espíritus, el más gigantesco de todos, adoptó la forma de un gran hombre, con cabeza de carnero, unos grandes cuernos, y unos afilados dientes.

Y se abalanzó sobre mi padre.

-¡Ahhhhh!-fue lo último que dijo Truhán, antes de que el Carnero se lo tragara y se adentrase en el Agujero Negro, que desapareció en el acto.

Una luz fulminante iluminó la sala. Yo no podía ver nada.

Cuando se apagó, todo estaba como si no hubiera pasado nada. El Hueso se encontraba a mis pies, y en frente de mí, todos mis amigos: Lazzie, Balto, El Señor de los Huesos, y Laica, la abuelita de Lazzie.

Fue en ese momento, cuando me di cuenta, de que no solo estaban ellos. El lugar había cobrado vida.

Toda esa gruta vacía, se había transformado en un Verdadero Paraíso, repleto de prados, y angelitos y espíritus corriendo por doquier.

-Ahora sí…-dijo El Señor de los Huesos-¡Bienvenidos a Canis Natura!

-Señor-dije yo triste-¿Habéis otorgado un alma a mi padre?

El Señor de los Huesos bajó la cabeza.

-Estas cosas se deben hacer en el mismo instante en que uno muere. Además, ha de haber hecho algo muy importante en la vida. Algo bondadoso, y lleno de valor.

-Mi padre se ha arrepentido de todo en el último momento, con valor. Lo único que deseaba era que yo le perdonara. Rectificó, aunque fuese al final de su vida.

-¿Y quién te dice, Yogui, que los demás no lo hagan, cuando son iluminados por la Luz de El Señor?

Me arrimé a El Señor de los Huesos.

Él me abrazó.

-Bueno. Al menos permíteme felicitarte. Si bien es cierto que has matado a tu padre, has conseguido que se arrepintiera, y has salvado, no solo a mí, ni a Canis Natura, si no a todo el Mundo. Si tu padre no llega a morir, nunca hubiese encontrado la Luz. Es increíble como te diste cuenta. Tu inteligencia es asombrosa. Sabías que, El Hueso, una vez sacado de su Lugar Sagrado, no puede ser tocado por nadie, a menos que El Elegido se lo dé directamente a quien lo desee. Pero, tú lo lanzaste al aire. Es decir, en realidad no se lo diste a nadie. Solo dejaste de tenerlo entre tus patas. Y nadie puede tocar El Hueso a menos que El Elegido se lo dé. En El Hueso se guardan las memorias de las Divinidades y Reyes, de los Ancestros del Pasado. Allí se conserva su espíritu. Y es lo que hace al Mundo girar. Si bien mantiene el Delicado Equilibrio de la Naturaleza, es un Elemento Peligroso, lleno de Poder. Como lo es el Arca de la Alianza para las personas.

Por mucho que El Señor de los Huesos me felicitase, yo no dejaba de sollozar en su regazo.

-Bueno, Hijo de los Canes. Ahora, es tu Deber, y un Gran Honor, colocar El Hueso en el Lugar que le corresponde, hasta que otro Elegido, de buena fe, y bondadoso, venga a sacarlo de aquí.

Cogí El Hueso. Esta vez ya no temblaba. Estaba seguro de mí mismo. Por fin sabía quien soy, cuál es mi lugar, y cuál es mi destino. Con valor, coloqué El Hueso en su Lugar Sagrado, y Él solo, comenzó a flotar.

El Señor de los Huesos asintió.

Lazzie y Balto me sonrieron.

-Bueno, Hijo de los Canes. Ahora, has de pedirme algún favor para que te lo conceda-dijo El Señor de los Huesos-Te lo mereces.

-Yo solo quería que mi padre tuviese un alma.

-Ya que tú no pareces muy dispuesto a pedirme un favor, te lo concederé yo por mi propia cuenta.

Desde el cielo, vinieron flotando pequeños angelitos. Eran perritos, cachorritos que al parecer habían fallecido muy jóvenes. Pero eran una multitud. No sabría contarlos.

Me alegraron mucho. Eran muy mimosos, y cariñosos. Me robaron el corazón. Uno de ellos quiso jugar a tirarme del rabo, y otro a tirarme de la oreja. Tres o cuatro se tiraron encima de mí.

-¿Quiénes son?-dije riendo.

-Son tus hermanos fallecidos. Todos los hermanitos que tu padre mató. Sabía que te haría ilusión verlos aquí tan felices. Ellos sí que consiguieron un alma. Después de todo, son mis descendientes, y sería una injusticia dejarles a los pobrecitos sin vida tan jóvenes. ¿No?

-¡Oh, Señor! ¡Miles de gracias!-exclamé extasiado. Me fijé en que tenían una pequeña torcedura de pata.

-Y otra cosa más…

Una preciosa perrita pequinés se fue acercando hacia nosotros. ¡Era mi madre!

-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Te quiero!-me abracé a ella, y volví a sollozar.

-No llores, mi niño. Mi condenación ha acabado. El Señor de los Huesos me ha liberado. La muerte ha sido un regalo para mí. Y Él me ha curado de todas mis heridas. Ahora estoy sana y contenta.

-¡Oh, madre, estoy tan feliz por ti!

Me di cuenta de que su enorme cicatriz que le recorría el cuello había desaparecido.

-Bien-El Señor de los Huesos suspiró-Y ahora ha llegado el momento de tu decisión final. ¿Te quedarás aquí, serás el nuevo Señor de los Huesos? ¿O volverás con tu familia, que te quiere y te añora?

Recordé mi visión en el ojo de El Señor de los Huesos.

Dí un paso al frente.

-Señor, cuando empecé esta aventura no me lo podía creer. Sentía que estaba soñando. Estaba alucinado, porque pensaba que por fin había encontrado mi verdadero lugar en la vida. ¡Yo era nada menos que el descendiente de El Señor de los Huesos, y Su Elegido! Estaba convencido que me quedaría a vivir con vos, y sería El Señor de los Huesos. He pasado muchas penurias, pero también he conocido a muchos compañeros agradables. Algunos consideran al hombre una bestia, otros aseguran que tiene corazón. Cuando llegué con vos, lo último que me esperaba era que fueseis del segundo bando. Y ahora me preguntáis, ¿de qué me ha servido, pues, este viaje? Y yo os responderé… Me ha servido para saber que nadie se ha de avergonzar por lo que es. Porque, hasta el detalle más extraño, y que puede parecer horrible, es el que más especiales nos hace sentir. ¿Quién iba a pensar que una Pata Torcida, era Símbolo de Dioses? En esta travesía, me he dado cuenta de que en la vida, hay que mirar siempre hacia adelante. Hace unos días, mi pequeña concepción del mundo era de un parque donde jugar, de una casa donde comer, y de una cama donde dormir. Para mí, los humanos eran unos seres que se limitaban a comprarnos, y a darnos mimos, y nosotros éramos, su entretenimiento. No nos importaba. Los perros, las mascotas, nos conformábamos con rebozarnos por el barro día y noche. Nuestra vida no es complicada. Es despreocupada. Y así pensaba que había de seguir. ¿Qué más da lo que haya tras unas vallas, si sé que jamás voy a cruzarlas? Vos, Señor de los Huesos, me habéis enseñado algo muy distinto. La vida es una aventura, y hay que saber disfrutarla. Cada día, es un nuevo día, cada día, un sueño se cumple. Hay que mirar más allá de lo que ves, y disfrutar cada aventura que corres. Porque cada día, ha de ser mejor que el anterior. Pero, lo más importante de todo, es que hay que tener a alguien con quien compartirlas: Los amigos. Pero, ¿Qué importa si esos amigos son gatos, tigres, perros, marcianos, gordos o bajos? No importa si son diferentes a ti, por el exterior, lo que importa es que puedas confiar en ellos. El viaje me ha servido para saber esta Gran Verdad, Conocer la Aventura; Conocer como se ha de Vivir. Y si bien ahora sé que mi destino es volver allá donde viví la mayor parte de mi vida, y aprender a disfrutar la vida con mi familia humana, no me importa haber hecho este viaje, que me ha llevado a regresar al lugar dónde partí. Porque esta Gran Aventura, es la que me ha enseñado por qué lo he de hacer.

Volveré con mi familia, que, humana o no, es mi familia, y estoy dispuesto a pasar allí los últimos días de mi vida, y gozar allí de esa Carretera Sin Fin que es la Vida.

El Señor de los Huesos me miró con orgullo.

-Habéis elegido sabiamente. ¡Oh, Señor de los Huesos!-me dijo él.

Me acerqué a mis amigos.

-Adiós, mamá. Te echaré de menos.

-Algún día nos volveremos a ver, mi niño, y entonces mi felicidad será la mayor. Aunque tenga que esperar quince años para que esto ocurra.

-Adiós, Lazzie.

Ella no dijo nada. Solo acercó su boca a mi hocico, y ambos nos dimos un Profundo Beso.

Y llegó la despedida que más dolor me producía, por mucho que amase a Lazzie.

-Adiós, Balto.

-Adiós, mi pequeño.

-Me llamo Yogui-sonreí nostálgico.

-Balto. Yo me llamó Balto-me dio un abrazo-Yo volveré a la Aurora Boreal…, Yogui. Pero nunca me separaré de ti. Desde los altos cielos te observaré nostálgico día y noche, esperando que un día nos volvamos a reunir, y también esperando que no te metas en ningún lío, no vaya a ser que tenga que volver a rescatarte-los dos reímos-Pero, Yogui. Por las noches, antes de acostarte, no te olvides de mirar por tu ventana, porque allí estaré yo, y mi Aurora Boreal, resplandeciente, sonriéndote.

Y de nuevo comencé a sollozar. Esta vez más que nunca.

-Balto, creo que esto te pertenece. Supongo que se lo devolverás a El Señor de los Huesos-le ofrecí el collar y el medallón.

-Yogui, para que nunca te olvides de mí mientras vivas, y para que veas que siempre estaremos juntos, te doy mi preciado collar. Espero que cuando te asomes a la ventana cada noche, pueda ver como de maravilloso lo luces.

-Balto, no sé qué decir.

-No digas nada.

Nos dimos otro caluroso abrazo.

Pude notar, como el calor del cuerpo de mi querido Balto, iba convirtiéndose en aire que yo trataba de estrujar contra mi pecho.

Las maravillosas luces de la Aurora Boreal recorrieron el umbral.

Supe que Balto se había marchado.

Me acerqué a El Señor de los Huesos.

-Adiós, Señor.

-Llámame Yocki.

Me giré.

-¡Adiós a todos!

Lazzie lloraba en brazos de su abuela.

Yocki o El Señor de los Huesos me habló.

-¿Ves esa pequeña roca de la que mana agua?

-Sí, Señor… Este… Yocki. Señor Yocki, permítame al menos…

-Crúzala. Cruza la pequeña cascada que forma el agua que cae de la roca, y te encontrarás allá donde tus dueños estén.

Y cuando yo parecía dispuesto a cruzarla…

-¡Yogui, espera!-Lazzie se bajó del regazo de su abuela-Abuelita Laica, esto es lo que llevo soñando durante mucho tiempo. Tenerte junto a mí. Y espero que cuando yo muera, pueda volver a hacerlo, pero, por el momento, creo que mi destino está junto a Yogui-y me dio un nuevo beso-Perdona que esta necia te rompa el corazón.

-Me rompería el corazón que te quedaras si ese no es tu deseo. Porque lo que más anhelo, es la felicidad de mi única nietecilla.

Y Lazzie y su abuela comenzaron a cantar cogidas de la patita.

La niña duerme, bajo el azul del cielo,

Y sueña con las doradas estrellas.

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella…

Aquella que más brilla, su abuelita,

La quiere para ella…

-Adiós, abuelita.

-Adiós, mi querida nieta.

Y se separaron.

Y, Lazzie y yo, juntos, el uno con el otro, cruzamos la pequeña cascada.

El otro extremo no era ninguna otra gruta. Ya no estábamos en ese Mundo Mágico. Nos encontrábamos bajo una pequeña fuente de la que caía agua sin parar.

Mucha gente se movía por las calles aquel día. ¡Claro! ¡Era Noche de Reyes! Y todas las personas acudían a ver la Cabalgata de los Reyes Magos.

Entre todas las personas que pasaban, vi a unas que me resultaron muy familiares. ¡Era mi familia! Corrí a saludarlos.

-¿Yogui? ¿Yogui? ¡Es Yogui!-gritó el niño.

-¡Yogui! ¡Yogui!-exclamaron todos los demás-¡Oh, qué alegría verte, mi amor! ¿Dónde te habías metido? ¡Llegas justo a tiempo! ¡Serás un verdadero regalo de Navidad! ¡Estábamos muy preocupados buscándote! ¡Qué susto nos has dado! Por cierto-dijo mi dueño dirigiéndose a otro de mis familiares-¿Sabías que el otro día la Mansión de Johny Quebrantapiedras, ese falso protector de animales, se derrumbó? ¡Y todo apunta a que fue provocado a posta por los animales, que no querían morir! ¡Son verdaderamente listos! Lo más curioso de todo, es que la “Rebelión” parecía ser dirigida por un perro con una pata torcida. ¡Ni que fuese nuestro Yogui!

Entonces, mis dueños vieron como una perrita se acercaba tímida y asustada hacia ellos.

-¡Oh, que cielo de perrita! ¿Así que te has traído a una amiga, eh, picarón…? ¡Que ni castrado…! Me recuerda mucho a la perrita astronauta protagonista de una serie que veía de niño… ¡La llamaremos Lazzie! Y ahora, corramos todos juntos a ver la Cabalgata, o llegaremos tarde.

Y todos fuimos corriendo a ver la Cabalgata de Reyes.

Es maravilloso compartir las ilusiones de otros con las nuestras.

Mientras veía la asombrosa cabalgata, que me fascinó por completo, pensaba en lo fantástico que sería que los Reyes Perrunos apareciesen en el regazo de los Reyes Magos. ¡Seguro que estaban muy ocupados organizando los regalos para la noche!

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