Capítulo 5: Historias

¡¡¡Nueva entrega del cuento!!!

YOGUI:

Los Orígenes

De los Canes

V) Historias

– ¿Qué hace un cachorrrito cassero como tú, en un lugar frrívolo como esste?…

Una de las sombras habló con una melosa pero inquietante voz.

Entonces, pude ver su rostro.

Una cicatriz cubría su ojo izquierdo, de forma que éste desprendía un extraño brillo.

Y, entonces, un rayo de Luna le iluminó al completo.

Era un gato, negro como la oscuridad de aquella noche, pero reluciente como el fuego que su ojo desprendía.

-¡Atrás! -ladré desesperado. Me había dado cuenta de quienes eran en realidad- ¡Conmigo no podréis!-y avancé unos pasos.

-Porr favorr. ¡No hables assí de unos dessdichados mininoss que ssolo pretenden ayudarrrrrte!

-¡Largo he dicho! -Bramé yo.

-Ven con nosotross -siguió susurrando con su desagradable siseo. -Nossotross te ayudaremos, cachorrrrito.

-¡Marchaos!

-Me han contado que tienes prroblemass, ¿no?

-¡¿Cómo sabéis eso?!

-¿Porr qué sino te habrías escapado de cassa, con prrovisiones para un larrgo viaje? -dijo mirando mi gran invento del abrigo puesto al revés.

-Esscucha, cachorrito, ven con nossotrosss. Nossotross te querrremos. No te prrreocupess por tu familia. Ellosss te han abandonado. Ven, ven, y no temasss… -Los demás gatos empezaron a hacerme retroceder hacia un gigantesco precipicio, repleto de maleza, que es el lugar en dónde viven salvajemente todos los odiosos felinos de mi ciudad.

-Ellos no te quieren -comenzaron a corear todos los gatos al unísono -¡Venn con nossotrrros!¡Veeen!¡VEEEN!

-Olvídate de tu familia, y ven a vivir con nosssotrrrosss. -continuó el gato líder -¿Acasso te han dado a comer de ssu plato? ¿Y dorrmirrr en su cama? ¿Y te han trrratado verrrdaderamente como a uno de ellos? ¿Como a un…¡humano!?

Ahora que estaba conociendo el mundo salvaje, me di cuenta de que todos los animales tenían rabia al hombre. Todos decían lo mismo, y me estaba dando cuenta, de que tenían razón. Dí un paso al frente, me agaché ante el Felino Mayor, y, firme, le dije:

-Aquí estoy para servirle, mi señor. Ahora soy uno de vosotros.

-Brravo, bravo, mi cachorrrito. Perrro, perrmíteme que me prrresente. Yo soy Felino, el General de los Gatos. Él -dijo señalando a un gato que se había posado sobre una roca con aire de superioridad- es Minino, el Coronel, y él, -esta vez señalando a un gato que avanzaba unos pasos hacia Felino con aire majestuoso- es Mezquino, Capitán de la Orden Gatuna. Todos prrretendemos ayudarrr a los pobrrres como tú, que no tienen a nadie en la vida… – y me puso una pata en el hombro- Desde ahora yo te nombrrro,… Ejem, perrrdona, yo me he prrresentado pero aún no conozco tu nombrre.

-Yogui, señor.

-¿Shoggui?¿Yyyogui?¡Yyogui no esss nombrre para ti… ¡Atención, todos! -Y, con otro gesto majestuoso, levantó sus patas delanteras -A partir de hoy, -dijo poniéndome una pata en el hombro- como celebración por tu ingreso en la Orden, te llamarrás Tino, el Cauteloso, Teniente de la Orrden Gatuna.

Yo me volví a agachar ante él, orgulloso de mí mismo.

-Perrro, alto. Antes de todo, hay que hacerrr algo para ser un Miembro de la Orrden… -y se mesó las barbas, para después, lamerse una zarpa.

-¿Hacer? ¿Qué hay que hacer, señor?

Antes de todo, debes entrregarrr tu collarrr, como símbolo de tu libertad…

Me acordé de lo que me había dicho Ahahaar, y no traicionaría mis principios.

-No, mi collar no -pedí yo.

-Sssí, pequeño, sssí -y extendió la pata.

-¡NOOO!- vociferé de nuevo.

Los gatos se miraron unos a otros con una sonrisa maligna, y empezaron a dar vueltas a mi alrededor diciendo “¡SSSÍ. Ja, ja, ja, ja, ja!

Entonces, volvieron a hacerme retroceder hacia el Gran Precipicio.

De repente, resbalé, ¡y caí! Pero me agarré con mis patas al borde del Barranco. El gato me miró con una mirada sin compasión, y me agarró fuertemente con sus zarpas a las mías, al tiempo, que, con la boca, intentaba quitarme mi collar.

-Tú lo has querrido, pequeño -sonrió malévolamente- Ahorra yya no hayy vuelta atrásss. ¡Maldito zopenco bobalicón e inocente! ¡Ja, ja, ja!¡Hasta siemprrre… Tino!¡Ja, ja, ja!¡Teniente, ja! -parecía que le estaba dando un ataque de risa, hasta que de pronto, se calmó, me miró con sus centelleantes ojos, y acto seguido me dio un zarpazo, ¡y me quiso empujar hacia el abismo, no sin antes decir -¡Venn, que te ayudarremosss,… a saltarrr al prrrecipicio!

-¡Y yo os voy a ayudar a todos vosotros a largaros de aquí a la velocidad del rayo!- bramó una voz de trueno.

Entonces, Felino y los demás gatos, vieron, sorprendidos, como un enorme perro-lobo aparecía de entre las tinieblas y se abalanzaba sobre ellos.

Todos los gatos se aterrorizaron y se pusieron erizados como nunca había visto en un gato. Empezaron a chocar unos con otros intentando huir, hasta que, al final, ellos mismos acabaron despeñándose, tirándose por el barranco. Sin embargo, como es fácil adivinar en un micho, no les ocurrió nada en absoluto, y bien pude ver como se peleaban e insultaban desde abajo.

El gran perro me dio la pata y me ayudó a impulsarme para subir del borde del precipicio al que me estaba sujetando mientras mi vida pendía de un hilo.

-Me parece que esto se está convirtiendo en costumbre, pequeño -Y comenzó a avanzar mientras yo le seguía como podía -Y bien te dije que no hicieses que se convirtiese en ello.

-¡Tú!¡Eres tú!¡Eres tú!

– Sí, soy yo, pero no hace falta que despiertes a todo el vecindario para decirlo, pequeño.

-¡Oh, eres increíble, primero me salvas de Látigo, a quien nadie deja de temer, y hoy vences a la Peligrosa Banda de Gatos, a quien nadie a conseguido vencer! ¡¿Cómo puedo agradecértelo?!

-Yendo a casa, pequeño, yendo a casa -e hizo ademán de irse.

-Pero, cualquier cosa menos eso, ¡tengo una importante misión que cumplir!

-Escúchame, pequeño,…

– Ah, sí -le interrumpí -Pero primero, dejémonos de “pequeños” y “cachorritos”. Yo me llamo Yogui, Yo…gui.

-De acuerdo, Yogui, verás…

-¿Cómo te llamas tú?

-Balto… Mi nombre es Balto.

-Gracias por decírmelo, es un nombre muy bonito -y le lamí una pata.

El se rió y contestó:

-¡Ah, por cierto, un pajarito me ha dicho que necesitas esto… -dijo al tiempo que me guiñaba un ojo y me mostraba, ¡el palo de Látigo!

Me quedé petrificado, pero él se volvió a reír. Así que, cogí el palo y lo metí en mi “abrigo al revés”, mientras asentía con la cabeza dándole las gracias.

-Se lo daré a Loli, pero cuando vuelva de mi misión. No puedo echarme atrás. Lo siento, Balto.

-Pero, pequeño -parecía haberse vuelto a olvidar de mi nombre -Escúchame, ellos… te quieren… Digan lo que digan los gatos… Ellos te quieren y están preocupados por ti. Has de volver a casa.

-¿No eras tú el que decía que los humanos eran unos monstruos que maltrataban a los animales? -le dije para contrarrestar lo que él había dicho.

-Mira, pequeño… Yogui, lamento lo que te dije ayer. Estaba equivocado. Tú me has hecho recordar, que yo también tuve una familia.

– ¿Tú? ¿Tú tuviste alguna vez una familia?

– Sí -contestó suspirando hondo.

-¿Te abandonaron? ¿Qué pasó? ¡Cuéntamelo, por favor, Balto!

-De acuerdo. Lo haré -Esta vez fue él el que me pegó un lametón -Esto se ha de contar, como un Cuento de Gamusinos (Cuento de Hadas, para los bipes), pero, es mi historia.

“Érase una vez, muy lejos de aquí. Un lejano pueblo, en la punta de la tierra, donde las montañas se mezclan con el cielo y la nieve baña el mundo. Allí, había un perro-lobo cuyo único sueño era poder hacer carreras de trineos. Pero no le consideraban un perro apto para este trabajo. Nadie quería acercarse a él. Así pues, creció vagabundo en las calles de aquel pueblo llamado Nome. Sin embargo, el perro amaba a los niños y los quería con locura. Los niños jugaban con él cuando sus padres no los veían, ya que querían que se apartasen del perro. Pero este perro siempre ayudaba a los niños en todo lo que podía. Quizá alguna pelota se perdía en la nieve, y él ponía todo su empeño en rastrear la zona hasta encontrarla.

Un día, una enfermedad arrasó el pueblo de Nome, una enfermedad mortal que solo afectaba a los niños pero era capaz de darles muerte, se llamaba, difteria. La medicina para curarlos, solo se podía encontrar cruzando las montañas, en una gran ciudad que quedaba a más de mil millas de Nome. La única manera de llegar allí, en aquella época invernal, en la que era casi imposible atravesar las montañas, era mediante trineos empujados por perros. Era su oportunidad única, pero nadie le aceptó para el trabajo, por ser un perro-lobo. Pasaron días y semanas, y llegó a Nome la noticia, de que, el trineo se había perdido, y el perro guía se había roto una pata y estaba en estado grave. Así que, el perro-lobo, no perdió un segundo, y comenzó a correr y a correr hacia dónde estaba el trineo, con la esperanza de salvarlos a todos. Consiguió llegar hasta dónde estaban, y, a pesar del peligro que suponía aquel viaje a través de las montañas, consiguió llegar a su destino, y regresar al pueblo de Nome con las medicinas para salvar a todos los niños. Aquel día, un niño le miró a los ojos con una sonrisa agradecido, sacó un medallón de su cuello, y se lo puso al perro-lobo. Aquel medallón ponía:

“Balto: Resistencia- Fidelidad- Inteligencia. Perteneciente a Boby Kamarát”.

Aquel día, no solo conseguí una aceptación en la sociedad, sino que conseguí lo más importante para mí: una familia. Aquel día, dejé de ser un perro vagabundo.”- una lágrima se escapó de los ojos de Balto.

-¡Balto! ¡Eres un héroe! Pero… ¿cómo has llegado a parar aquí?

-Los dioses me encomendaron una misión. Proteger al mundo, y velar por la seguridad de las personas y seres vivos del planeta. El Señor de los Huesos me regaló una luz celestial para mí. Creó la Aurora Boreal.

Si Dios creó para Noé el arcoíris el Señor de los Huesos me hizo un presente aún mayor. Ese sería mi hogar cuando la muerte llamara a mi puerta. Habría de vivir entre las estrellas, a cambio de no perder mi alma. El alma de un perro solo se puede conservar si haces un acto por los demás, sin dejarte llevar por el egoísmo ni la ambición. El Señor de los Huesos hace un ritual en tu honor, y te regala uno de los fenómenos de la naturaleza. Yo me gané uno que ni siquiera existía antes.

-¡Balto! Yo… ¡Estoy fascinado! ¡Ojalá yo me ganase un alma inmortal!

-Puedes creer que es grandioso. Pero para mí se convirtió en una condenación. Ver morir a mis seres queridos uno tras otro, a Boby, a su madre, a sus amigos. Por eso Dios quiere que vivamos menos que las personas. Nosotros no podemos soportar ver morir a nuestros amos… Y yo… seguir vivo. Pero, lo peor de todo, es que un objeto con peso y forma no puede ser transportado por un alma.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir… Que mi más preciado recuerdo, mi único recuerdo de Boby, no puede ser llevado al cielo, conmigo. Por ello, el Señor de los Huesos, me prometió guardarlo, en un lugar especial, en su Guarida Secreta, que yo no conozco por no ser elegido para quedarme en tierra con el Señor de los Huesos y otros santos normales.

-¡A eso te referías con que tu lugar está en las estrellas! Pero… ¿no tienes el medallón?

-No… Desgraciadamente, no.

-Balto, escucha… Quizá podamos recuperarlo. Yo busco mis Orígenes, y busco al Señor de los Huesos para que me diga la verdad. Si lo encontramos, podrás volver a tener ese medallón en tus patas, aunque sea por última vez.

Balto me miró triste:

-Había olvidado lo que era tener una familia. Había olvidado el amor. Había olvidado incluso lo que es tener una conversación con un amigo. Yogui, tú me has devuelto la alegría y las ganas de vivir. Tú me has traído de nuevo la felicidad. De no ser por ti, seguiría quieto en las nubes, sin hablar, ni siquiera reír. Al verte, supe que tenía que ayudarte. Algo me lo decía.

Yo le sonreí.

-Pero no te vayas confiando que yo nunca fui ningún buenazo cariñoso. -y rió- Y verás, lo siento mucho, pero no hay ninguna forma de que podamos hacer nuestros sueños realidad. No sabemos dónde está el Señor de los Huesos. Lo lamento.

– Verás, Balto. Cuando tú te fuiste…

– Te encerraron en la perrera -terminó él- Si me preguntas por qué no te saqué de allí es porque sabía que en ese lugar solo se dedican a encerrar a los perros que están sueltos por la calle o se han escapado de casa, y los devuelven a sus respectivos hogares. No son ningún dragón feroz ni demonio como algunos piensan.

-Ya, eso ya lo vi. Pero allí encontré a un antiguo conocido, que un día se perdió. No tenía collar porque los gatos de los que me salvaste se lo arrebataron. Pero el caso es que, con el paso de los años, en su vida callejera aprendió muchas leyendas perrunas. Entre ellas, supo de un acertijo que desvela el lugar en dónde mora el Señor de los Huesos.

Era algo así:

Dónde el Reino Perdido esté

Y también el Hueso verás,

Estarán los huesos,

De alguien más…

El mejor amigo del hombre,

Nunca se separará,

De lo que por la Muerte,

Separado está…

Y este viejo acertijo prueba,

El Dicho, que dice verdad.

¿Te dice algo?

-No, Yogui, pero creo que, me has devuelto la confianza, y, voy a ir contigo. Te voy a ayudar a encontrar a El Señor de los Huesos. Pero no pienso hacer de nodriza -dijo riéndose.

-¡Guau! ¡Mil gracias, Balto! ¡Sabía que me ayudarías! ¡Yupi! -me extasié yo.

-Pero, Yogui, solo aceptaré ir contigo con una condición. No digas nunca que tu familia no te quiere -me dio unos golpecitos en la espalda.

-De acuerdo. Hecho -lo mismo hice yo, bueno, le di los golpecitos en la pata porque a la espalda no llegaba.

-Pero, veamos, ¿dónde piensas buscar primero? -me preguntó Balto.

-Bueno, Balto. He descubierto que mi familia vive en un pueblecito del concejo de Mieres llamado Murias. ¿Sabes dónde está?

-Creo que sí, de todos modos, lo averiguaremos -dijo Balto muy alegre. Era verdad que había recuperado la felicidad.

-Verás. Ni siquiera recuerdo a mi familia. Necesito recuperarlos. Necesito volver a verlos. Quiero encontrar a mis verdaderos padres. Si no, siempre quedará un hueco en mi interior. Y, tal vez ellos nos ayuden.

-Está bien. Mañana por la mañana, nos encaminaremos hacia Murias. Pero, primero, hay que dormir. Vámos a acostarnos.

Balto buscó unos cuantos periódicos tirados por el suelo, y los depositó detrás de unos arbustos, en un parque. Balto decidió que aquella noche dormiríamos allí. Pero nadie nos podría ver, porque los arbustos nos ocultaban. Aquello no era lo mismo que pasar una noche en la perrera. Aquella noche, sí, no tenía a mi familia, pero tenía un amigo, alguien a mi lado, que me daba calor. Me arrimé a él, me recosté sobre su pata, y me dormí profundamente. Balto me lamió, y me miró tiernamente. Me empezaba a coger un gran cariño.

A la mañana siguiente, cuando la aurora comenzaba a salir entre las montañas que se veían a lo lejos, Balto me dijo dulcemente:

-Vamos, dormilón. Es hora de levantarse. Hoy nos espera un largo día. Me pegó unos lametones en la oreja. Fue increíble dormir, al aire libre, entre las estrellas, y despertarse también a cielo abierto, mientras los pájaros trinaban maravillosamente entre los árboles.

Yo, ni corto ni perezoso, me levanté. Balto había conseguido una bolsa de gusanitos que encontró tirada en el suelo. Así que, después de desayunar, ambos nos pusimos a andar, nos pusimos en camino. Mientras el cielo rojizo comenzaba a aclarar, el mundo empezaba a cobrar vida, y el sol aparecía en el horizonte, ambos estábamos… Rumbo hacia la aventura.

Inicio –  Capitulo 4Capítulo 6: La Verdad sobre el Comienzo

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