Capítulo 7. Rumbo a Japón… No trabes amistad con un zorro

Bueno, después del dramón que os he plantado en la entrega anterior… Aquí viene una cómica entrega que espero que os divierta. Siento mucho lo de la última vez, pero los hechos reales que me sucedieron son los hechos y no se pueden cambiar… Aunque…, ¿me creeríais si os digo que en el último capítulo he tenido que censurar alguna cosa para que no os impresionase demasiado.

Patitas, y disfrutad este episodio, que espero, os haga reír.

VII) Rumbo a Japón… No trabes amistad con un zorro

-¡Volved aquí! ¡Malditos cerdos!-gritaba terriblemente mi padre hecho una furia.

Balto corría y corría, pero mi padre le pisaba los talones.

El bosquejo. Nos estábamos acercando.

Pero… ¡oh, no! ¡¿Qué era aquello? Un extenso ramaje, tapaba su entrada. Si no frenábamos, chocaríamos contra las ramas, y caeríamos, ¡contra el riachuelo que había debajo!

Balto se había dado cuenta. Pero no podíamos frenar, íbamos demasiado rápido.

Así que, decidió hacer una locura. Me dijo:

-Yogui, agárrate fuerte.

Estaba dispuesto a saltar el ramaje. Pero, si no esquivaba los fornidos árboles que por allí había, podríamos quedar aplastados en uno de ellos.

Entonces, ¡saltó!

Pude ver como subíamos más de trece patas torcidas (más o menos “ocho pies” o “dos metros y medio” para los bipes que estén leyendo) de alto, y aterrizábamos limpiamente en el suelo.

Mi padre no corrió la misma suerte. Sus ojos solo veían odio y vindicta, y no se fijó en aquellas ramas. De modo que chocó contra ellas, y cayó, en el riachuelo que crecía debajo.

Balto y yo, pudimos oír un chapoteo, y supusimos lo que había pasado. Entonces, comenzamos a caminar a paso ligero mientras buscábamos la salida.

Todo en el bosque era tenebroso y oscuro.

Todos los animales que por allí veíamos eran aves y murciélagos, que observaban con amarillos ojos amenazantes. El viento se oía fuertemente, y parecían ser llamadas de espíritus suplicantes.

De pronto, de entre tanta oscuridad, pudimos observar una pequeña luz, ¡era la salida! Estábamos salvados. Mi mamá tenía razón. Entonces, corrimos hacia ella.

Al salir, vimos una pequeña senda de baldosas amarillas en forma de cuesta, que conducía hasta la plaza central del pueblecito de Murias.

Balto y yo, nos dispusimos a bajar.

-Es increíble -repetía indignado Balto- Vas a ver a tu padre amistosamente, con ganas de volver a verle, y él intenta matarte, o lo que es peor, raptarte. Ese maltratador no se merece ningún respeto. ¡Pobre de tu madre! Ojalá consigamos que se vea libre de ese mentecato.

Yo no hablaba, solo escuchaba, estaba demasiado triste y desilusionado. Y aterrorizado.

Cuando conseguimos bajar la senda, Balto me volvió a hablar:

-Quédate aquí. Veré si consigo algo de comer para los dos.

Me eché a esperar en el felpudo de una pastelería. De pronto, una pícara voz pareció hablarme:

-Buenos días, cachorrito Yocki. ¿Qué tal con papi…?

Intenté no escuchar. Pero al final me di la vuelta, y pude ver al zorro con el que antes habíamos estado conversando.

Era de un aspecto flacucho. Tenía un aspecto descuidado y sucio, con todo el pelo revuelto. Era de un color naranja y rojizo, pero la suciedad que lo cubría hacía parecerlo más marrón de lo que era. Estaba subido al toldo de la pastelería y me miraba con su habitual maliciosa sonrisa.

Le miré triste, sin decir palabra. Él se bajó del toldo y se arrimó a mí:

-¡Oh…! ¡Pero… ¿a qué viene esa cara tan larga? Bueno, bueno. No te preocupes, que no hay nada que un buen pastel no pueda curar… ¿Ves esa señora? -y me señaló a la dependienta que había dentro de la pastelería. Era gorda y de un aspecto serio. -Bueno, ella es muy buena… Te dará todas las tartas que quieras. ¡Le encantan los perros! ¡Anda, entra allá, y anímate! ¡Pega unos cuántos ladridos para que se dé cuenta de tu presencia! -y me dio unos golpecitos suaves en mi hombro (si es que lo tengo).

Y yo, tonto de mí, confié en él, y le hice caso. Entré en la pastelería, y le pedí en mi idioma amablemente a la pastelera un pequeño bizcocho para comer. Ella me miró y se quedó callada unos instantes. Fue arrimándose a la esquina de la pared dónde tenía su escoba, y una vez la tuvo en mano, comenzó a dar alaridos y a perseguirme. Yo salí corriendo como pude, pero ella me persiguió, y no pareció contenta, hasta que, de un escobazo, me lanzó a un cubo de basura.

Salí todo dolorido y magullado, intentando quitarme toda la basura que tenía por el cuerpo, incluido una piel de plátano en la cabeza.

Entonces, miré al zorro enfadado. En ese tiempo, él había aprovechado para zamparse más de una docena de pasteles en tiempo récord, aprovechando que la buena señora pastelera no estaba en la tienda.

Ahora él estaba paseándose gustoso, por encima de un puesto de manzanas, escogiendo las más ácidas, aprovechando que el señor estaba hablando despistado con el heladero de al lado.

El zorro se percató de que yo estaba observándole y me dijo:

-¿Qué…? Hay que sobrevivir de alguna forma… Jo jo… Aunque haya que sacrificar a un hermano para seguir viviendo tú -dijo irónicamente. -Por cierto, ¿por qué no mueves el rabito como todos tus compadres hacen, ¿eh? -y me miró con sorna.

Yo seguí sin moverme.

-A propósito, ¿quieres una manzana? ¡Te refrescará, estoy seguro!

Y estaba dispuesto a lanzármela a la cara, por el simple hecho de divertirse y burlarse de mí, cuando, de repente, alguien lo cogió del rabo y lo dejó suspendido en el aire… ¡Era Balto! Le soltó y Don Raposu cayó al suelo. Balto lo miró despreciativamente y le puso una garra encima.

-¡Tú! –gritó -¡No toques a mi amigo! -le dijo amenazándole con su otra garra.

-¿Yooo? -dijo burlón el zorro, intentando defenderse -¡Jamás! ¡No le pensaba hacer nada! -Balto fue apretándole la garra en el cuello. El zorro tragó saliva -¡Por el Código Animal! ¡Todos somos iguales, nacimos iguales, vivimos iguales, y un día seglemos paglte de la natuglaleza. Igual que tú, heglmano! ¡Pogl favogl, no me hagas daño!

Balto le miró sin compasión. Sin embargo, aflojó la zarpa, para que el zorro pudiese hablar mejor.

-Está bien, está bien. Pero para que te dejemos con vida, tendrás que servirnos de ayuda -dijo Balto haciéndose el interesante delante del zorro.

-¡Ayuda! ¡Claro! Haré lo que queráis. ¡Os traeré la comida durante una semana!

-No se trata de eso, Zorro. Queremos que nos ayudes a hallar el lugar donde reposan los huesos de alguien más.

-¿Qué? -exclamó el zorro.

-¡Queremos que nos ayudes a encontrar la Ciudad Perdida del Hueso! -le expliqué yo.

-¡Ah, cosas de perros, ¿eh?! Pero… dejadme que os explique una cosa… No… soy… un… perro…, ¿entendéis? ¡No sé dónde cuernos está esa Ciudad Perdida, ni ese fiambre!

-¡Pero sólo queremos que nos lleves al lugar dónde está!; ¡nosotros averiguaremos dónde está el lugar! –le miré con ojos suplicantes -No queremos que nos lleves hasta la Ciudad Perdida, sino al lugar dónde está, ¿comprendes?

-¿Sabes cuál es el sitio dónde se esconde la Ciudad Perdida? ¿Por qué no me lo dijiste? -se extrañó Balto.

-Se me olvidó -me avergoncé.

-Bueno, ¿y dónde está? -terminó el zorro.

-En Japón -y mostré una sonrisa triunfal.

-¡¿En Japón?! -se enfureció Balto -¡¿Quieres que vayamos hasta Japón?!

-Bueno… -no sabía por qué me lo decía.

-¡¿Tienes idea de dónde queda eso?! -siguió diciendo Balto.

-No… ¡Pero seguro que cerca!

-Este es el problema de un perro casero… No conoce el mundo ni se ha enfrentado nunca a él. Está acostumbrado a ir en esas cosas a las que los humanos llaman “coche” a los pies de su amo. -Balto suspiró, y después esbozó una leve sonrisa, que terminó en otro suspiro de resignación.

-Bueno, podremos tramar algo, y meternos en un camión, como hicimos la última vez, ¿recuerdas? -intenté calmar un poco la situación.

-¡Japón está tan lejos que ni cien camiones nos podrían llevar hasta allí!

-Oh…

-Ya está. Ya podrá buscar el astuto zorro Don Roposu Artartu o como se llame una solución -Balto parecía desesperado.

-¡Ey, ey, chavales! -dijo el zorro que ya no estaba sujetado por Balto -No todo está perdido. Yo puedo ayudaros -dijo con su sonrisita maliciosa, y, en un intento de mofarse de los perros, comenzó a mover el rabo para parodiar nuestro elegante movimiento de cola.

Pero, de repente, pegó un enorme aullido que rasgó el aire.

Una mojada figura miró hacia el cielo. Era una llamada de alerta.

-Nada, nada -se disculpó el zorro -Tu amiguito -y miró hacia Balto -me ha dejado un tanto dolorido el rabo je je. Nada importante.

-Bien, ¿y cuál es tu brillante solución? -Balto estaba enfadado.

-Fácil.

Ágilmente se subió a la estantería de un kiosco, y cogió un periódico.

-Ya es noticia -abrió el periódico -Que el multimillonario japonés y organizador de cientos de conferencias sobre la protección animal Johny Quebrantapiedras ha venido a Murias, a publicitar su nueva conferencia sobre los animales en peligro de extinción, “Pequeño Corazón Animal”.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Quiero decir, -y se rió, sí, malévolamente -que después de dar discursos por toda España acerca de su proyecto “Pequeño Corazón Animal”, y pasearse por su pueblo, a pesar de que ha vivido toda su vida en Japón, él partirá hoy por la tarde desde esta pequeña villa donde él nació, al país de los Akitas, al Japón, que es precisamente… , dónde queréis ir.

Entonces, nos señaló con su pata una imagen del tal Johny Quebrantapiedras que aparecía en el periódico.

En la foto se mostraba a un hombre obeso, y sonrosado. Mostraba una especie de risita maléfica. Se le podían ver unos enormes dientes, sucios y amarillos. Pero lo más importante, es que todo su cuerpo estaba ataviado… ¡con pieles de animales! Llevaba un abrigo blanco, de piel de oso. Éste estaba adornado con colas de pavos reales en la espalda.

En la cabeza, se podía notar que tenía un tipo de turbante de piel de serpiente, repleto de colas de mapache y plumas de águila. Sobre él, llevaba una cornamenta de ciervo, a modo de adorno.

-No os preocupéis -dijo el zorro de pronto -Todo lo que lleva es falso. Solo es un fanático de los animales ja ja.

-Espero que así sea-dijo Balto, que por primera vez, parecía alucinado de la excentricidad y extravagancia de aquel hombre.

-Bueno, nos vas a ayudar a llegar hasta Japón en el coche de Quebrantapiedras, ¿o no?-le pregunté yo.

-Por supuesto, por supuesto… Pero… necesito pasta… Ya sabéis… Pasta…-e hizo un extraño gesto con los dedos.

El muy cobarde nos estaba chantajeando. Pero, no nos quedaba otro remedio que hacerle caso.

-De acuerdo-Balto estaba malhumorado-Ten.

Le extendió una bolsa de gusanitos que había conseguido.

-No, no, no. No quiero vulgares gusanos, quiero… pasta- y volvió a hacer el mismo gesto.

-Muy bien. Aquí tienes-Balto seguía malhumorado, pero no le quedó más remedio que extenderle una bolsa de macarrones precocinados y un trozo de pizza.

-¡Oh, pasta, me encanta la pasta, adoro la pasta!-Don Raposu se estaba tragando el trozo entero de pizza sin masticar.

Minutos después, una vez que se hubo zampado el trozo entero y comió algunos macarrones, volvió a hablar.

-Muy bien, ahora quiero… cocido. Jo jo-y repitió el gesto que no sé aún que significa.

Pero Balto no parecía muy dispuesto a seguirle el juego.

Me pidió que le dejase mi abrigo al revés, y fue sacando diferentes cosas, entre las que había comida y cocido. Al Señor Arteru de Arredrayáu se le hacía la boca agua, pero cuál no sería su sorpresa, cuando Balto eligió de todas esas cosas, un cepillo que se movía (eléctrico) y que el zorro nunca había visto. Balto cogió a Don Raposu, lo sujetó de nuevo con una garra, y puso en marcha el cepillo de dientes, que daba vueltas y vueltas, y hacía un ruido infernal. Para el zorro era una máquina de tortura. Así que comenzó a gritar:

-¡De acuerdo! ¡De acuerdo! ¡Hablaré! ¡Hablaré!

Pasaron unos segundos que para el zorro se hicieron interminables, y Balto lo soltó.

En ese momento, Don Raposu Arteru de Arredrayáu, recuperó su chulería, se irguió, y comenzó a hablar:

-De acuerdo. De acuerdo. Os llevaré hasta el lugar donde las grandes serpientes que hacen ruido, transportan incansables a cientos de viajeros.

Sonrió maliciosamente.

-¡En marcha!-El zorro comenzó a andar.

Balto y yo nos miramos el uno al otro, pues no sabíamos lo que aquello quería decir, o si era otra de sus bromas sucias, pero decidimos seguirle…

Caminamos durante horas. Atravesamos bosques y grutas, montañas y montes, de los que el zorro hablaba como “grandes atajos”…

Nunca se me olvidará el momento en que tuvimos que atravesar aquel río…

-¡Ey, amigos, me temo que tendremos que cruzar…!-gritó Don Raposu.

-¡¿El río?! ¡¿Estás loco?!-Balto estaba alucinado.

-No os preocupéis, je je. Haced lo que yo.

De pronto, se subió a un árbol, mordió una pequeña rama con sus afilados dientes y la arrancó de cuajo. La tiró al río, y saltó sobre ella. De otro salto, había conseguido atravesar el torrente.

Balto arrancó una enorme rama, y, aunque inseguro, la lanzó al río. Me cogió del cuello y nos subimos a ella. Nos tambaleamos, pero, finalmente, conseguimos llegar a la otra orilla. Claro que, no salí de aquella calentito y seco. Estaba empapado y echando chorros de agua.

Si bien antes poco podía ver de forma positiva, “nada” era la palabra que describía lo que ahora veía de esa forma. Así que, para intentar entretenerme mientras continuábamos nuestra travesía, me puse a pensar en palabras que empezasen por “p”, en honor al nombre de mi especie, “perro”.

Pero ni siquiera eso logró animarme. Solo me salían palabras negativas. Primero pensé en “Perverso”, después en “Púa”, y, en la palabra “Pérfido”. Y otras palabras que no se pueden ni mencionar. Era terrible. Ahora me doy cuenta de que hay palabras mucho más bonitas, que aquel día no podía ver, tales como “Paz”, “Pan”, la misma “Positivo”, “Próvido”, e incluso “Pluscuamperfecto”, que aún no sé lo que significa pero lo averiguaré.

Estaba yo con estos menesteres, cuando de pronto, el zorro apartó un gran arbusto que no nos permitía ver nada, se dio la vuelta y nos dijo:

-¡Bienvenidos a Mieres!

Miré hacia abajo, pues estábamos en una pequeña montaña, y pude ver el movimiento acostumbrado en la ciudad en la que yo siempre había vivido. Ruido de motores, de pitidos, gritos de personas… Aquello, efectivamente, era la ciudad.

-Bien -dijo Balto-y ahora, ¿cómo podremos ir hasta Japón? ¿Dónde está ese Johny Quebrantapiedras?

-Tranquilo, chaval. Tranquilo… A partir de aquí, el camino es sencillo. No necesitaréis que os acompañe.

-¿Cómo? ¿Nos dejas, tramposo animal? -Balto estaba a punto de sacar el cepillo de dientes.

-No os abandono. Tranquilos. Os vigilaré desde aquí arriba hasta que vea que os metéis en el lugar adecuado -se rió- En cuánto bajéis de este monte, habréis de cruzar la calle. Una vez que lo hagáis, encontraréis delante de vosotros un gran edificio de color granate. Arregláoslas para entrar. Haced lo que os plazca. Vuestra cabeza no está tan hueca como aparenta -y me dio unos golpes en el cráneo, para ver como sonaba. Luego, prosiguió -Una vez entréis allí, habréis entrado en la estación. Allí os encontraréis con multitudes de serpientes ruidosas y gigantes, y pasajeros humanos esperando a subirse a ellas. Habréis de escoger la serpiente más grande de todas. La roja. ¿Queda claro? ¿Alguna pregunta? -nadie contestó -Venga, pues id largándoos. Esa serpiente os conducirá hasta Japón. -Bajó el tono de voz -Pero no tenéis ni idea de lo que os espera allí -Volvió a subirlo -¡Adiós, compañeros! -Nosotros fuimos yéndonos.

-Y esta es una de las ocasiones, en las que se pone a prueba la astucia del Zorro, y de Don Raposu Arteru de Arredrayáu, el más astuto de los Zorros. ¡Que les sirva de lección a los demás! ¡Con los zorros hay que tener cuidado! ¡Esos estúpidos acaban de emprender un viaje… del que no regresarán… ¡Hacia la Muerte! ¡Ja ja ja!

Pero el aunque muy astuto, desafortunado Don Raposu, no había notado que una oscura figura se le había ido aproximando poco a poco. La figura le cogió del cuello en un ataque sorpresa y le lanzó al suelo.

-¡Idiota! ¿Y ahora cómo podré meterme en el tren sin ser descubierto? ¡Me prometiste que me los traerías, y solo has conseguido que no pueda alcanzarles aún! ¡Imbécil!

Hizo ademán de apretar su zarpa contra el cuello, y de clavarle sus afiladas uñas en él.

Unas gotas de sangre salpicaron el tronco de un árbol cercano.

-Bien, Balto. ¿Tienes algún plan para entrar ahí?

Balto y yo nos habíamos parado frente a la entrada del edificio de color granate del que nos había hablado el zorro.

-No sé -Balto estaba pensativo -Tú sígueme la corriente -y me guiñó un ojo.

Una niña en un carrito de coche con su muñeca se aproximaba junto con su padre y su madre al edificio.

-Cógele la muñeca y lánzasela a ese señor con barba del maletín -dijo Balto rápidamente.

-¿Qué? ¿A quién? ¿Por qué?

-¡Tú haz lo que te digo!

-Está bien…

Con un gesto veloz, le arrebaté la muñeca a la niña y se la lancé a la cara del señor con barbas y un maletín que Balto me había dicho.

La niña comenzó a gritar: “¡Mi mumeca! ¡Mi mumeca! ¡Mi Bie-Bar! ¡Bie-Bar!”

Fue increíble pero aquella “chavalina inocente” se lanzó contra el señor que tenía su querida muñeca Bie-Bar, y empezó a tirarle de las barbas.

-“¡Tu me la as bobado! ¡Ladón! ¡Ladón! ¡Tu me la as bobado! ¡Devuélveme a mi Bie-Bar! ¡Ladón!

Pero el señor, intentando defenderse, lo que hizo fue empezar a pegar maletinazos a diestra y siniestra, con tal pulso que dio a todos los que estaban en el edificio. Así que las dos señoritas que estaban en recepción, tuvieron que ir a calmar la situación, pero también fueron víctimas de la niña y de su mal humor, que estaba tirando de los pelos a todo el que pasaba por allí.

En menos de dos minutos, en aquella sala se había armado un alboroto que no hubiese sido yo capaz de armar en un día.

-¡Ahora! -dijo Balto.

Y los dos entramos muy dignos en el edificio, sin que nadie nos detuviera.

Segundos después un enorme perro entró en el lugar.

La situación se había calmado un poco, así que una encargada se dio cuenta de la presencia del perro, y, después de peinarse un poco, se dirigió a él.

-¡Ey, perrito! ¡Fush, fush! ¡Largo! ¡Vete de aquí!- decía mientras movía el brazo.

Pero no le dio tiempo a decir mucho más, porque el perro lanzó un estruendoso rugido, y se abalanzó sobre ella.

En ese momento Balto y yo nos paseábamos por la cafetería, buscando aquellas serpientes.

Entonces, nos percatamos de la presencia de unas puertas de cristal. Decidimos traspasarlas.

Efectivamente, tras ellas, estábamos en una especie de parking de serpientes al aire libre. Aquellas cosas eran unas enormes máquinas alargadas, que emitían ruido y hacían “Chucu-chucu-chucu-chucu-chu-chu-chu”. Recordé haberlas visto en algunas películas de mis falsos padres, en esas películas de Vaqueros, Indios, Desiertos, o como ellos lo llaman: “Oeste Americano”.

Ambos, Balto y yo, estábamos un poco confusos, pues no sabíamos distinguir el rojo. Pero al fin nos detuvimos ante una enorme máquina que nos pareció el más grande.

A diferencia de los demás, éste tenía las puertas en forma triangular, y solo se podía entrar por la parte de atrás, que tenía una especie de tapa que se abría y se cerraba. Debía pertenecer a Johny Quebrantapiedras. A lo mejor, aquel Johny Quebrantapiedras era tan excéntrico que hasta quería tener un tipo de “Serpientes especiales”, diferentes a las demás.

La tapa estaba recubierta de piel de leopardo, naranja con manchas negras. En aquel momento, estaba abierta, y la “Serpiente”, lista para marchar.

Bien -dijo Balto -A la de tres, saltaremos a la Máquina, ¿de acuerdo?

Uno, dos, y….

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