Capítulo 9: La ley de los Humanos

Y ya van nueve…

En la que descubro cuáles son las verdaderas intenciones de Johny Quebrantapiedras…

IX) La Ley de los Humanos

La enorme máquina con cabeza de serpiente frenó en seco. Parecía que habíamos llegado. De pronto, unos hombres entraron en la habitación en la que estábamos encerrados. Eran unos cuatro o cinco. Cogieron nuestras cajas, y las sacaron sin ninguna delicadeza del lugar dónde antes nos habían encerrado.

Fuera, nos esperaban más hombres. Pero en mayor número. Esta vez eran unos diez o doce. Volvieron a amontonarnos en esa especie de trenecitos sin techo y en miniatura, y nos llevaron así un rato. Poco después, se pararon, y nos volvieron a coger. Esta vez nos metieron en el maletero de unos enormes coches. Yo estaba desconcertado. Pero Balto me dijo que no temiera. Estuvimos allí, enjaulados, durante unas dos horas.

Entonces, noté como el coche también se paraba, y unos forzudos hombres nos llevaron a los hombres durante unos minutos. Vi como nos íbamos acercando, a una impresionante y descomunal construcción, más grande que lo que yo había visto en toda mi vida, a pesar de que no es mucha.

Cruzamos un interminable jardín, y por fin, entramos en la fortaleza. Allí estaba todo muy oscuro. Depositaron nuestras jaulas en una gran estancia vacía, formando una gran fila, unas cajas encima de otras. Otros diez o doce hombres, vestidos de militares, acudieron a dónde estábamos, y se pusieron también en una fila frente a las celdas, para vigilar que algo extraño no sucediera, y que no nos escapáramos.

Una vez que todo estuvo en orden, aquellos humanos, pusieron la mano en la cabeza, como si de soldados se tratara, y gritaron: “¡Señor!”.

Fue entonces cuando vi, que una oscura sombra iba apareciendo entre la negrura. Parecía un hombre, pero con cabeza de ciervo, debido a una desmedida cornamenta, del tamaño de una trompa de elefante, o incluso más. Aquello me horrorizaba.

El hombre con cabeza de ciervo, fue avanzando por la estancia, observando a cada uno de los animales que allí se encontraban, y dando órdenes a sus fieles sirvientes. Órdenes tales como:

“Demasiado pelo. Córtaselo. Demasiado flaco. Demasiado gordo. Cástralo. Lo quiero en el circo. Véndelo a la empresa TIGER TRAINING. Deshazte de él. Lo quiero para desayunar.”

Lo decía con firmeza, e inspiraba temor.

Eran órdenes extrañas. No comprendía a que se refería en algunas ocasiones. Además, lo decía en una lengua humana que yo no había oído nunca, pero nosotros los perros entendemos todas las lenguas que hay en la Tierra, ya sean humanas o animales. Tenemos un sexto sentido para esas cosas.

En ese momento, estaba reflexionando donde me encontraba, y cuál era el dialecto que aquel hombre utilizaba al hablar. Estaba yo pensando en esas cosas, cuando me di cuenta de que el hombre con cabeza de ciervo, había llegado a donde yo estaba, y me miraba con penetrantes ojos. Entonces, me señaló con el dedo índice, y ordenó:

-Él. Lo quiero a él. Traédmelo para cenar. Ahora -y se alejó.

¡Oh, no! ¡Ay, de mí! ¡¿Por qué tenía que ser yo?! ¡Quería comerme! ¿Qué iba a hacer yo ahora?

Pero, Balto me susurró al oído:

-No te preocupes. Yo te salvaré.

Y cuando los hombres abrieron las puertas de la jaula, Balto se abalanzó sobre ellos. Pero los hombres fueron más rápidos, y le clavaron una especie de jeringuilla, con la que lo dejaron tirado en el suelo. No abrió los ojos.

-Tranqui, campeón-rieron los malditos-¿Con que tienes ganas de lío, eh? El sueño que vas a tener ahora, te sentará muy pero que muy bien. Ya verás cuando te despiertes, a ver si aprendes a comportarte, con los diez latigazos que el amo exige para el perro que desobedece sus ordenes ja ja ja.

¡Oh, Balto! ¿Qué te habían hecho? ¡Mi fiel amigo! En ese momento, fui yo el que juré, que tenía que salvarle, a él, y a Lazzie, y si era necesario, a todos los animales que eran víctimas de aquellos humanos.

Los hombres me condujeron hasta otra estancia, en la que se encontraba aquel hombre con cabeza de ciervo. Ahora por fin pude verlo con claridad. ¡Era Johny Quebrantapiedras! ¡Aquel millonario loco y excéntrico que había podido ver retratado en el periódico! ¡Asesino!

Sus aliados me acercaron hasta dónde se encontraba, y me depositaron en la abundante mesa que tenía frente a él. Johny estaba sentado en una lujosa silla delante de mí, y me dijo:

-Hola, perrito. Ahora estás en Japón. Me presento. Yo soy el famoso Johny Quebrantapiedras. Y tú, te llamarás a partir de ahora Tokobetsu Na. Significa “Especial”. Como ves, te estoy hablando en español, porque tú no eres de aquí, ¿verdad?

Aquel hombre hablaba conmigo como si yo fuese a contestarle. Notaba un tono de burla en él. Como si pensase que yo no comprendía lo que me estaba diciendo. Pero… lo que más me sorprendió en ese momento, fue… ¡Japón! Así que lo habíamos conseguido. ¡Habíamos llegado! De todos modos, estaba desconcertado, porque… Bueno, había oído que los chinos tenían la fea costumbre de comer perros, pero… ¿los japoneses también?-retrocedí unos pasos.

A pesar de su crueldad, no parecía que Quebrantapiedras quisiese hacerme daño a mí, al menos en ese momento. La mesa estaba repleta de jugosos alimentos, y la boca se me hacía agua. Johny Quebrantapiedras me invitó a comer.

-Vamos, Tokobetsu Na, come. ¡Come!

A pesar de que le odiaba con todas mis fuerzas, y no quería acceder a su petición, acabé aceptando. Hacía mucho que no comía algo.

Fui comiendo sin pudor todo lo que había por allí: Manzanas, Pasta, Ensaladas, Huevos…

-Prueba también este delicioso guiso de carne- me dijo Johny, mientras me acercaba con su rechoncha mano el plato.

Yo lo olisqueé. Y me quedé observándolo fijamente sin comerlo. Había algo en ese plato que no me gustaba. ¿Estaría envenenado? ¡No! ¡No podía ser!

-Supuse que te darías cuenta-dijo el archimillonario extravagante-De que ese plato es un perro muerto, guisado.

Me quedé petrificado. ¡Aquel hombre era un Cantropófago!

-¿Sabes, Tokobetsu? Eso es lo que hago con las mascotas que me decepcionan-me miró fijamente.

¡Yo no me llamaba Tokobeso ni Tokobatsu! Yo era Yogui, y él no tenía derecho a cambiar mi nombre.

-¡Pero bueno!-siguió diciendo el humano-Estoy seguro de que tú-me tocó mi nariz suavemente-no me decepcionarás. Por tu propio bien. Verás, Tokobetsu Na. Tengo grandes planes para ti. Al igual que los tenía con ese traidor de Chimanire No. Nunca fue un perro sangriento, como yo deseaba. Era manso y tranquilo. Ni siquiera sabía dar muerte a un conejo, los días que salíamos de caza. Pero espero que tú sí-rió pérfidamente-De todos modos, los planes que tengo para ti, no están relacionados con la caza, ni la violencia. Pero sí con saber poner cara de perrito bueno jo jo- ¿Qué diablos quería decir?-Verás, Tokobetsu. Mañana por la noche, tengo una importante conferencia: “Pequeño Corazón Animal”. Ja ja.

Una reunión, con Causa Benéfica, para proteger a los animales. Todos los presentes, llevarán un animal al que hayan rescatado. Por ejemplo, un jabalí al que unos furtivos iban a dar caza. Incluso yo, el anfitrión, también he de hacerlo. Los animales a los que has acompañado en tu viaje en el tren, son, al menos la mayoría, animales en peligro de extinción. Llevaré todos esos animales a la reunión, y les diré a todos los que allí se encuentren, que los he salvado de una segura muerte. Todos hablaremos durante unas horas sobre paparruchas sobre los derechos animales, y,-sonrió- al final de la reunión, todos los presente me darán esos valiosos animales en peligro de extinción a los que han salvado, ¡a mí!-no pudo contener su risa-Puesto que piensan que yo les llevaré a un lugar seguro-siguió riendo sin parar-Imagínate, Tokobetsu Na. Me haré rico. Esos animales están muy bien de precio. En especial sus pieles. Por supuesto, me quedaré la mejor parte. Por ejemplo, siempre me ha gustado coleccionar cabezas, ja ja ja. Y las manos de los gorilas, que seguro me traerán, también me encantan.

Yo estaba aterrorizado. Tenía mucho miedo a aquel hombre. Él pareció darse cuenta.

-¿Qué, Tokobetsu? ¿Me tienes miedo? ¡Oh, no! ¿Será por esta horrible cornamenta?-me acarició melosamente-No te preocupes-vi como se quitaba la enorme cornamenta y la depositaba a un lado de la mesa-¿Ves, Tokobetsu? ¡No pasa nada! Mira, Tokobetsu. Con el dinero que recaude al vender las pieles o colmillos de esos animales, construiré un Museo de Animales Disecados en mi pueblo natal, ¡Murias! ¿No es maravilloso? Y lo mejor de todo, la gente confía en que esos museos se deben a mi famosa excusa: “Debido a la avaricia humana, dentro de unos años, los animales aquí disecados habrán dejado de existir. Es mi deber, por lo tanto, disecar al menos un ejemplar de cada especie, para que así las generaciones futuras puedan contemplarlos”-siguió riendo sin parar.

¡Aquel hombre estaba loco!

-Y bueno, Tokobetsu. Tú serás mi representante en la reunión. Tu graciosa carita y figura, hará que mucha gente participe en la reunión, y ya sabes lo que eso significa: Más animales y dinero para mí- definitivamente era un enfermo-Pero, para que la gente acuda. También tienes que dar pena. ¿Te importará si mis hombres te muelen a palos mañana por la mañana y te marcan una cicatriz con fuego al rojo vivo? Ja ja ja ja ja ja ja ja ja… -reía como un poseído- Diré que fue culpa de tu anterior dueño, debido al maltrato animal, y que yo te salvé. Así, la gente se apenará de ti y participará en la Conferencia. ¡Ay, precioso! Pero no te preocupes, será la única vez en tu vida que sufras más. Después, te convertirás en mi adorada mascota, para siempre. Y vivirás como un rey el resto de tu vida. ¿Qué me dices a eso, eh? ¡Oh, cielos! ¡Ojalá te hubiese encontrado antes! Tendrías que haber viajado conmigo, en el vagón de viajeros, y no en el vagón de carga y mercancías-se quedó callado unos momentos. Después exclamó extasiado-¡Ja ja ja ja! Gracias a ti, voy a hacerme de oro-sus ojos brillaron-Bueno, pues mañana, viajaremos a la estación de tren, y celebraremos la reunión, frente a la estatua del Gran Perro.

¿El Gran Perro? ¿A qué se refería?

-Bueno, mi querido Tokobetsu Na. Ven conmigo, te quiero enseñar una cosa.

Me cogió en cuello, se puso su cornamenta, y echamos a andar. Me llevó a una sala gigantesca, donde había una cama llena de comodidades. Parecía su habitación. Me hizo mirar para la pared de la sala. Lo que vi, hizo que me entrasen ganas de llorar.

Lo que vi, fueron cabezas de animales por todas partes, decorando la pared. Manos de gorilas adornaban las estanterías. Las mantas de la cama eran de piel de oso, según me contó, la cabecera de la cama era de marfil de elefante, la almohada tenía plumas de pavo real dentro de su funda.

-¿Te gusta, Tokobetsu? ¡Espero que te guste, porque va a ser a partir de ahora tu nuevo hogar! Pero si te ha gustado esto, te encantará lo que vas a ver ahora.

Me sacó de la habitación, y por una pequeña puerta, salimos de la casa y llegamos al jardín. Por allí, atravesamos unos matorrales. De pronto, Johny Quebrantapiedras se paró frente a una gran roca.

Gritó: “¡Ábrete, Sésamo!”, y la roca se abrió a la mitad. Johny entró conmigo. Yo estaba asustado. Pero, al entrar, pude ver que detrás de la roca, se escondía un guardián de Quebrantapiedras.

-Hola, Animarutoreña. ¿Qué tal?-dijo secamente.

-Bien, Señor, muy bien.

-Quiero que prepares una corrida.

-Ahora, mismo, Señor. Voy a avisar a los demás.

-Bien, Tokobetsu-dijo Johny Quebrantapiedras dirigiéndose a mí-No te preocupes por el truco de la roca. Era falsa. Pero es que quiero mantener este lugar en secreto, hasta que lo perfeccione del todo. Lo que estás a punto de presenciar, es un invento único, especial, e inigualable, inventado por mí, tomando como referencia las populares fiestas españolas. Cuando este espectáculo salga a la luz, la gente se morirá por ir a verlo, y yo conseguiré unos cuántos millones de yenes. Ja ja. Estoy seguro de que será todo un éxito, en especial en China. Les gustan mucho los perros muertos.

¿Pero qué pretendía hacer? ¿Otra locura aún mayor que cocinar a un pobre perrito inocente?

Caminamos por un suelo de arena y tierra, parecido al de un circo. Aquel sitio era un recinto cerrado, más o menos circular. El techo era muy alto, y estaba hecho de ramaje, por lo que podía entrar algún que otro rayo de sol. Subimos a una especie de gradas, y nos sentamos en el centro. Momentos después, el guardián que antes nos había abierto la puerta, salió con varios hombres más, y diez perros. Los humanos vestían trajes extraños. El guardián mismo llevaba una especie de capa de color rojo, creo, otro humano traía unos palos alargados con pinchos, y otro salía con un gran caballo con los ojos tapados. Por supuesto, no le vi los ojos, pero el caballo parecía triste. Al menos me daba esa impresión.

-¡Bien, Señor Quebrantapiedras! ¿Qué can prefiere que sea sacrificado? ¡A su elección lo dejo!

Johny Quebrantapiedras gritó:

-Deseo que sea sacrificado el perro del centro, el quinto.

Entonces me di cuenta, de que el perro del centro, era Balto. ¡Lo habían llevado hasta allí para sacrificarlo, esos malditos!

Comencé a ladrar para que Johny Quebrantapiedras rectificara.

-¡Oh! ¿Pero qué te pasa, Tokobetsu? ¿No te gusta el perro del centro? ¡Veo que me sigues el juego! ¡Bien, que sea pues el de al lado, también es fornido y válido para la corrida!

Johny había elegido a un perro de color marrón, como un bulldog pero el doble de grande y gordo. Se parecía a Quebrantapiedras, solo que en vez de ser una persona, era un perro.

Animarutoreña, el guardián, ordenó que el resto de perros fuesen devueltos a sus jaulas, y dejó al enorme perro en el centro de la plaza.

-¡Bien, un Bulldog, un Perro-Toro, el más adecuado para las corridas, de Perros!

El guardián, que vestía muy lujoso, se puso en el extremo opuesto de la plaza, y lanzó una especie de grito a la vez que movía la capa roja, para que el bulldog viniera hasta él. El bulldog así lo hizo. Se abalanzó sobre él, y el guardián lo fue esquivando. Así lo hizo durante un buen rato.

Después, el hombre que estaba encima del caballo cogió esos palos con pinchos de los que os he hablado antes, y se lanzó sobre el pobrecito perro. Le fue clavando varios de los palos, que le hacían sangrar a más no poder.

El pobre perro, ya solo se arrastraba a duras penas por el suelo, lanzando aullidos de dolor que solo yo comprendía.

El guardián que vestía lujoso, se acercó lentamente al perro, sacó un puñal, y se lo clavó en el corazón. El perrito escupió al guardián con sus babas, y lanzó su último gemido.

El guardián, sin compasión, le arrancó una oreja, y se la tiró a Johny Quebrantapiedras. Después se inclinó ante él.

-¡Bravo, bravo! ¿Te ha gustado, Tokobetsu? ¡Quiero ese perro para cenar pasado mañana junto con Tokobetsu! ¡Mañana cenaré fuera!

-Como usted ordene, mi señor. Así se lo diré a los cocineros.

-Bueno, Tokobetsu, vámonos. Ya hemos visto bastante. Pero no lo olvides. Más vale que mañana inspires compasión a la gente, o tu destino será el de ese estúpido perro, o aún peor. Quién sabe, tal vez te aplaste como suelo hacer… ¡con las piedras! Ja ja ja…

Cogió una roca del suelo y la hizo convertirse en polvo. Cada vez le tenía más miedo. Y ahora ya comprendía su apodo.

Cuando salimos del recinto, dimos un paseo por el jardín durante unos minutos, y después, Johny Quebrantapiedras me llevó a mi jaula. Camino a ella, me estaba acariciando el cuello, y se dio cuenta de que en él tenía un collar.

-¡Oh…! ¡Así que mi pequeño Tokobetsu Na tiene dueño! Aquí pone… ¿Yogui…? ¡Bah!-me arrancó el collar bruscamente, y lo tiró al suelo-¡Tú eres mi Tokobetsu Na, y nadie va a negármelo! ¡Aprende a vivir sin ese endemoniado collar! ¡Se quedará frente a tu jaula! ¡Y si no aprendes a ignorarlo, y a olvidarte de tu antiguo dueño, tu castigo será terrible! ¡Maldito perro!

Y se fue furioso de la sala.

Todos los vigilantes se fueron y nos dejaron solos. Ya era de noche y teníamos que dormir.

Me di cuenta de que en la jaula que había debajo de mí, estaba Lazzie. Aquella noche pude por fin estar tranquilo, sabiendo que ella estaba a salvo.

Balto estaba en mi misma jaula, aunque yo aún no me había dado cuenta pensando en Lazzie, y me dijo una sola palabra, pero que expresaba todo su agradecimiento gracias a su cariñoso tono de voz:

-Gracias.

Yo le sonreí.

-Bueno. Tú me salvaste dos veces. Ahora solo me queda otra vez más para saldar la deuda.

No obstante, me había asignado una misión a mí mismo. Ningún animal que allí estuviera, quedaría prisionero. Antes de la masacre que aquel millonario loco tenía preparada, todos escaparíamos de allí.

CONTINUARÁ…

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